Lo que uno hace es el discurso

Rafael Uzcátegui

En el sugerente texto “Se la narrativa. Cómo cambiar la narrativa podría revolucionar el activismo en derechos humanos”, Krizna Gómez y Thomas Coombes dan algunas ideas para enfrentar la retórica populista, que desde Estados Unidos pasando por Turquia, India, Rusia y Venezuela, está haciendo retroceder a los valores que le daban sustento a la dignidad humana. Si bien su reflexión esta focalizada a los activistas de ONG, los planteamientos pueden ser de utilidad para todo el actual movimiento democrático venezolano, ante la ausencia de una promesa de futuro que sea más atractiva y seductora para las mayorías que los delirios emanados desde el bolivarianismo. En una conceptualización que comparto, entienden a los populismos como aquellos procesos políticos con dos componentes fundamentales: Su antipluralidad, promoviendo la discriminación como cemento de construcción para su base de apoyo, y en segundo término, basan su actuación en una supuesta confrontación contra unas “élites” definidas por el líder carismático, responsables de todo lo malo que sucede en el país.

¿Cómo se enfrentan a los populistas? En primer lugar, comprendiendo sus estrategias. Gómez y Coombes las han agrupado en tres tipos principales: Controversia, crisis y conflicto. “Los populistas prosperan en la controversia -afirman- porque es en tales entornos donde exageran su importancia: una mano firme en medio de la confusión y las proyecciones inciertas sobre el futuro. Además, al promover la confusión en la imaginación del público, distraen la atención sobre el propio incumplimiento de sus promesas”. La crisis, real o inventada -aseguran-, real es un mecanismo de cohesión de sus seguidores detrás de la autoridad incontestable del caudillo, funcional a la derogación de derechos y persecución a la disidencia. Por último, sobre el conflicto, apuntan: “Los populistas modelan su identidad como una oposición a algo o alguien”. A diferencia de los autoritarismos y dictaduras del pasado, que aspiraban a la eliminación física de sus adversarios, los populistas modernos necesitan la existencia de ese “otro”, en cuyo antagonismo se justificarán las medidas excepcionales -que terminan por convertirse en permanentes- para perpetuarse en el poder.

Para enfrentar narrativamente estas estrategias proponen responder a cada uno con un valor opuesto: la controversia con la cultura, la crisis con la cooperación y la reconstrucción de la comunidad al fomento del conflicto. En vez de reaccionar automáticamente a los mensajes populistas, aconsejan crear sus propios marcos de mensajes alternativos, pues la refutación en sus mismos términos, por ejemplo “los defensores de derechos humanos no son imperialistas”, significa reforzar el concepto mismo de ser manejado por intereses foráneos, dejando la sospecha en el aire, precisamente el objetivo de las salas situacionales populistas.

¿Cómo se construyen este tipo de mensajes? Para iniciar entendiendo el componente lógico y subjetivo de las personas: “Los seres humanos entienden el mundo que los rodea a través de una combinación de pensamiento emocional y racional, pero la ciencia del cerebro nos muestra cada vez más que el pensamiento emocional subconsciente es el más dominante de los dos, incluso en dominios racionales como la ley (…) Si pensamos que estamos usando un lenguaje neutral, científico o legal, nuestras palabras pueden ser interpretadas por otros de la manera que nosotros no esperamos”.

Seguidamente explican los componentes de la vocería pública, que deben tomarse en cuenta para la elaboración de un contradiscurso al populismo: Historias, narrativas y marcos. Las historias serían cómo se cuenta un momento o evento específico. Cuando se repiten, las historias comienzan a formar una narrativa consistente. Por su parte, una narrativa sería “La forma en que los eventos o historias se conectan y presentan para formar una nueva creencia, una comprensión de “sentido común” de lo que está sucediendo”. Finalmente, un marco serían las “Palabras, imágenes, metáforas u otros desencadenantes que hacen a la audiencia interpretar una historia a través de una cierta narrativa”. Cuando las personas encuentran nuevas ideas, información, historias o experiencias, los interpretan usando los marcos narrativos existentes que esos estímulos activan en su cerebro. Estos marcos se encuentran en las mentes de nuestra audiencia si los activamos consciente o inadvertidamente. Como el estratega político Frank Luntz escribe: “Puedes tener el mejor mensaje del mundo, pero la persona que lo recibe siempre lo entenderá a través del prisma de sus propias emociones, preconceptos, prejuicios y creencias preexistentes”.

Como lo dejan suficientemente claro en el documento, no se sugiere que formular un lenguaje políticamente correcto, o conseguir eslóganes viralizables, transformará mágicamente la realidad: “Mostrar es mucho más poderoso que contar. Lo que uno hace es la narrativa, lo que uno dice es simplemente el intento de enmarcarlo”, indican. ¿El movimiento por la democracia en Venezuela está prefigurando, aquí y ahora, el modelo de sociedad que desea para el futuro? La fragmentación y luchas intestinas actuales sugieren lo contrario. Los gremios y organizaciones de la sociedad civil pudiéramos comenzar a revertir la separación, la principal victoria de la dictadura madurista, si comenzamos a ejercitarnos en la reconstrucción del sentido de pertenencia a la comunidad “Venezuela”, la promoción incesante de la cooperación y las experiencias culturales compartidas pudieran comenzar a sanar las fisuras que el daño antropológico ha creado en el tejido asociativo que posibilita una actuación política, en sentido amplio, común por el cambio.

Sociólogo y Coordinador General de Provea

El daño antropológico a los venezolanos

Rafael Uzcátegui (*)

Los amigos jesuitas ligados al Centro Gumilla, en la búsqueda de una categoría que pueda sintetizar la situación actual de los venezolanos, han utilizado “daño antropológico” para describir la profundidad de su deterioro. La frase no es original, pues ha sido desarrollada en Cuba para precisar la profundidad de la intervención estatal en las relaciones sociales y la psiquis de sus habitantes.

Raúl Fornet-Betancourt afirma que hay un daño antropológico cuando además del deterioro en los órdenes social, político y cultural existe, fundamentalmente, un daño a la condición humana como tal. Una lectora de nombre Nora publicó, en la columna de opinión del periódico uruguayo El País, que “Se habla de daño antropológico cuando la persona deja de sentir aprecio por su propia vida, cuando pierde la conciencia de sí misma como obrera de su destino y se abandona a los dictámenes con que la someten fuerzas de dominación obligándola a hacer y pensar de una manera dirigida. Más aún, cuando se la obliga a dejar de pensar”. Por su parte, cavilando sobre su propia experiencia, Dagoberto Valdés Hernández lo ejemplifica como el cubano al que le han bloqueado una gran parcela de su libertad interior y que ve sistemáticamente suplantada su responsabilidad individual por el paternalismo de Estado, transformándose en un perpetuo adolescente cívico. “Sufre un bloqueo -asegura-, el peor de todos, que es el embargo de proyectos de vida independiente sin los que se desmigaja el alma humana y se fomenta un desaliento existencial”. Por su parte Francisco Javier Muller citando el libro de Luis Aguilar León, “Cuba y su futuro”, agrupa 6 tipos de daños antropológicos específicos: 1) El servilismo, 2) El miedo a la represión, 3) El miedo al cambio, 4) La falta de voluntad política y de responsabilidad cívica, 5) La desesperanza, el desarraigo y el exilio dentro del país (insilio) y 6) La crisis ética.

En su adaptación a nuestro contexto los pensadores del Gumilla han orbitado en torno a la implosión del proyecto de vida de la mayoría de los venezolanos, de cómo su manera de ser, estar y proyectarse en el territorio se ha trastocado irreversiblemente para mal.

Sobre este asunto la diferencia entre Chávez y Maduro es que el primero focalizó la extensión del daño a sus adversarios, instaurando la discriminación como política de Estado, mientras el segundo “socializó” el daño antropológico a toda la población, incluyendo a sus propios seguidores. Y esto lo descubren amargamente la quinta oleada migratoria compuesta por funcionarios y militantes del chavismo, o funcionarias como Alejandra Benitez tuiteando sobre la evaporación de sus sueños como consecuencia del aislamiento internacional de la dictadura. El resto del país, la mayoría, ha enterrado sus ensoñaciones en las profundidades del congelador.

No solamente los destinos individuales han sido trastocados, sino la propia imagen que los venezolanos tenían de sí mismos, su identidad, los referentes que le daban sentido como país. El chavismo demolió la historia, colocando en su lugar no el “hombre nuevo” sino una gran desolación. Conversando con Margarita López Maya concluíamos que una tarea urgente, de tantas pendientes, es la reconstrucción de la memoria -en mayúsculas y minúsculas- para intentar verter contenido en ese gran signo de interrogación de cuál será el imaginario de los venezolanos de la transición. A falta de una narrativa, poder comenzar el trabajo desde los márgenes, con tres imaginarios que, aun con todo lo que ha pasado, pudieran convocar a los nacidos en esta ribera del Arauca tricolor: La memoria deportiva, la memoria gastronómica y la memoria musical.

A diferencia de los topos del Arco Minero, apenas estamos excavando en la superficie de la extensión y profundidad de la ruptura de nuestro tejido asociativo. Pero la contemplación y el discernimiento deberán ir aparejados de la propuesta y la acción. A pesar del retroceso del pensamiento académico y el exilio de la mayoría de los intelectuales. Y con todo el debilitamiento de la sociedad civil y la casi desaparición de los hilos subterráneos de apoyo mutuo.

(*) Coordinador General de Provea

Mediapart: En Venezuela, la oposición busca confrontación musical

La oposición al presidente venezolano Nicolás Maduro también se está desarrollando en la escena musical. El chavismo siempre ha podido contar con el compromiso de los artistas a su lado. Hoy, el equilibrio de poder se invierte.

Jean Baptiste Mouttet
Mediapart 

Son las 2:30 p.m.en Caracas, este jueves 19 de septiembre, cuando el diseñador gráfico José Guillermo Mendoza es arrestado por la Policía Nacional Bolivariana (PNB). Estaba a punto de entregar el material para hacer las portadas del CD que la ONG de derechos humanos Provea coprodujo: “Ministro: ¿Cuál es su trabajo? Un extraño tributo al punk venezolano”. Fue transferido al Helicoide, un edificio que parece un montículo de termitas que sirve como centro de detención del Servicio de Inteligencia boliviano (Sebin). Las ONG están dando la alarma, las redes sociales están en pánico. José Guillermo Mendoza será liberado al día siguiente, poco antes del mediodía.

¿Su crimen? El material cultural que llevaba sería “subversivo”. Los agentes del orden hicieron foco en una foto en particular. Representa a un miembro del gobierno con cabeza de cerdo, disfrazado, cubierto con medallas y enchufes eléctricos, el símbolo venezolano de pistones y corrupción…

El enchufado, como personas “conectadas” a la red corrupta de aquellos cercanos al poder, están acompañados por dos secuaces. Uno, en la boina roja, representa a un miembro de un colectivo, estos grupos que apoyan al gobierno, a veces armados en la mano. El otro, vestido de negro, es un policía de las Fuerzas de Acción Especial (FAES). La violencia del comando ha sido reiteradamente criticada, ya sea por el informe de derechos humanos de la ONU publicado en julio o por Human Rights Watch. Según la ONG estadounidense, la policía ha matado a unas 18,000 personas desde 2016. Una parte importante de estos asesinatos serían ejecuciones extrajudiciales.

Esta puesta en escena es el soporte del clip de la canción “Miraflores”, interpretada por el grupo Agente Extraño. Las palabras encajan perfectamente con los críticos actuales: “Quiero trabajar en el gobierno / No sufrir escasez […] / Quiero trabajar en el gobierno / Para ser parte de la corrupción. ”

Sin embargo, esta canción es un tema emblemático de Sentimiento Muerto, una banda de rock de la década de 1980. Alberto Cabello escribió “Miraflores” en medio de la Cuarta República, mucho antes de que Hugo Chávez llegara al poder. El CD es una compilación de sonidos de rock de las décadas de 1980, 1990 y 2000.

El arresto de José Guillermo Mendoza no sólo pone de manifiesto una intimidación entre otros del madurismo contra las ONG. Revela una batalla cultural que se libra entre artistas de diferentes tendencias políticas. La ONG Provea ha decidido ser actor. Como parte de su programa Música por Medicinas, junto con Redes Ayuda, otra ONG venezolana de derechos humanos, los CD se intercambian por fármacos y luego se distribuyen. “Es una forma de hablar de los derechos humanos en otro idioma, y ​​así llegar a los más jóvenes. Es una forma de crear conciencia tanto dentro como fuera del país “, dijo el líder de Provea, Rafael Uzcátegui.

Rafael Pire (guitarrista y voz) y Ernesto Rojas, alias Cuerdas Duras (bajista y voz), del grupo punk Agente Extraño, presumen de “clamor popular” contra Maduro y convocan a “elecciones libres con observación internacional”. Sin embargo, el grupo rechaza cualquier instrumentalización. “Nuestro punk está en contra de la política en general”, dicen los dos hombres. “Parte de la oposición colabora. Mire estos grupos ya quemados que han ido a pactar con el régimen”.

La oposición tradicional, por supuesto, se hizo cargo del campo, convirtiendo en una confrontación musical el enfrentamiento entre Juan Guaidó, quien se declaró presidente, y Maduro. Con el fin de movilizar a la multitud para llevar la ayuda humanitaria, financiada en gran parte por los Estados Unidos, el multimillonario y jefe de Virgin Galactic Richard Branson organizó el 22 de febrero en la frontera entre Colombia y Venezuela el concierto y el gran espectáculo Venezuela Aid Live. Los maduristas respondieron al mismo tiempo, del lado venezolano, con el concierto Para la Guerra Nada.

El éxito se debe poco a los esfuerzos de comunicación de las ONG o la instrumentalización de la oposición. También nace espontáneamente cuando es la voz de las dificultades diarias de los venezolanos. “Huí”, de Reymar Perdomo, es un ejemplo.

La cantante describe en palabras simples la ola migratoria. “Me fui, me fui … Con la cabeza llena de dudas, pero me fui … […] Me robaron, mi maleta me la quitaron. Me quedé con mi dinero porque lo tenía en la mano. Seguí adelante, atrás, no vuelvo”. Un rotundo “Maduro, coño e ‘tu madre” puntúa la canción y claramente hace que el presidente chavista sea culpable de esta debacle económica que obligó a muchos venezolanos a abandonar el país. El gobierno minimiza aún más el alcance de las salidas. En una entrevista con el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa en Rusia Today en septiembre, Nicolás Maduro aseguró que solo “entre 300,000 y 700,000” venezolanos han emigrado en los últimos tres años. Para las Naciones Unidas, más de cuatro millones viven en el extranjero. Solo entre noviembre de 2018 y mayo de 2019, el número de migrantes aumentó en un millón.

El rap venezolano, con sus descripciones de la violencia de los barrios de clase trabajadora y la pobreza, también contra del discurso oficial. Es un guijarro en el zapato del chavismo durante mucho tiempo. “Todos los días matan. Vuelan todos los días. Si eres un asesino y no tienes dinero, te decoran “, cantó Prieto Gang en 2011 en “Petare, Barrio de Pakistán”.

“La universidad todavía está estática. Las autoridades son cínicas. Por cierto, mataron a algunos niños que se manifestaban pacíficamente “, dice Akapellah en” Milki “, publicado en 2016.” El rap más vendido nunca ha funcionado para el gobierno ni para la oposición », Asegura el estudiante de doctorado y especialista de Venezuela Fabrice Andreani. Los grandes nombres del hip-hop venezolano como Canserbero (fallecido en 2015) o su antiguo aliado Apache responden duramente a las críticas del gobierno o de sus seguidores con rimas (aquí y allá, respectivamente). La confrontación cruza los géneros y las clases sociales.

“Al menos bajo Chávez no había más niños de la calle”

Para Rafael Uzcátegui, autor del libro Educación anterior: una historia incompleta del punk venezolano (Provea, Redes ayuda, 2019), no hay duda de que “el chavismo ha perdido esa batalla”. Se dice que la oposición musical a Maduro creció “en 2014, cuando comenzó un ciclo de manifestaciones, y más específicamente en 2017”. En ese año, el arte y en particular la música acompañaron las manifestaciones contra el autoritarismo del gobierno. Una de las figuras del movimiento es un violonchelista, Wuilly Arteaga, de origen modesto y entrenado en Sistema Nacional de Orquestas, acompaña todas las manifestaciones. Detenido, permaneció en prisión durante 19 días, donde dice que fue torturado.

Con diez años de existencia, Agente Extraño relata la evolución de su compromiso: “Al menos bajo Chávez no había más niños de la calle. Luego aumentaron las desigualdades sociales, los casos de corrupción se multiplicaron. Había muchas dudas sobre su muerte. Maduro ha usurpado el poder. Hay un colapso tan grande en la sociedad que el compromiso es necesario. ”

Esta batalla cultural es aún más crucial ya que la música ha acompañado durante mucho tiempo la revolución bolivariana. “Un movimiento social apoyó el proceso expresándose a través de canciones. Un proyecto político personalista se ha hecho cargo gradualmente. Con la muerte de Hugo Chávez [5 de marzo de 2013 – nota del editor], la desaparición de este movimiento se ha acelerado “, explica el jefe de Provea. “Otro movimiento social ha llenado el vacío”, dijo.

La espléndida era de los grandes conciertos gratuitos que seguramente llenarían a sus invitados extranjeros como Manu Chao o Ska-P, su público joven que escuchó las palabras de Dame Pa Matala, un grupo venezolano con sonidos de reggae y ragga, ha quedado atrás. Por supuesto, algunos artistas se han mantenido leales, como Dame Pa Matala, el metalero Paul Gillman o incluso el cantante de música tradicional llanera Cristóbal Jiménez, diputado del Partido Socialista en la Asamblea Nacional.

Otros han cruzado el Rubicón. El llanero Luis Silva, reputado chavista, hizo una incursión en la frontera en febrero pasado e interpretó a Venezuela antes de pedir ayuda. Muchos son más discretos. Manu Chao insistió en su página de Facebook que no estaba participando en ninguno de los dos conciertos celebrados en la frontera colombiana en febrero pasado. En el apogeo del chavismo, había muchos artistas que podían subir fácilmente a escenarios financiados por el gobierno. Esto es lo que ha sido criticado por Reymar Perdomo. Ella no lo niega, pero especifica que nunca ha sido “chavista o madurista”. La música también sigue los caprichos de las curvas de popularidad de los políticos.

Gilles Grivolla, un saxofonista francés que ha tocado durante casi diez años en Venezuela, sigue apegado a esta “revolución bolivariana que se hizo en la música”. Él culpa al oportunismo por el desarrollo de ciertos artistas: “Desde 2005, se abrieron los grifos. Algunos artistas no identificados lo aprovecharon y luego [en estos tiempos de crisis – nota] olvidaron “lo que le deben, según él, al gobierno.

Los proyectos culturales del estado se han centrado en la música más tradicional, desde la salsa hasta la música llanera. “Antes de Chávez, la historia de la música venezolana había sido barrida. Era necesario encontrar una identidad cultural ”, explica. Los programas promueven instrumentos tradicionales. Por ejemplo, el Festival Internacional La Siembra del Cuatro se organiza cada año. Se han hecho esfuerzos para que la Unesco reconozca las tradiciones como patrimonio inmaterial de la humanidad: canciones de los llanos en 2017.

Madera y su música afrovenezolana, once de los cuales perdieron la vida el 15 de agosto de 1980 cuando su barco se hundió en las aguas del Orinoco, es uno de esos grupos que, según el gobierno, representa el patrimonio nacional. Rafael Quintero, la voz de Madera, quien ha compartido el escenario durante mucho tiempo con Gilles Grivolla, detalla las fuentes de financiación: el Ministerio de Cultura asigna “subvenciones anuales a organizaciones o individuos cada año”, el Centre National du Disque ( Cendis) promueve y produce música, y el “ayuntamiento de Caracas” organiza eventos.

El cantante y compositor descarta de antemano las acusaciones de clientelismo: “Los que obtienen ayuda son los grupos más organizados, que logran establecer proyectos consistentes. Agente Extraño responde con una sonrisa: “¡Cendis nunca aprobará ninguno de nuestros proyectos!” Para los opositores de Maduro, está claro que Chavismo ha construido una frontera impermeable entre los artistas que lo apoyan y los demás.

Félix Allueva ha estado organizando el festival Nuevas Bandas durante treinta años, sin fines de lucro y con fondos de mecenas o del sector privado, que promueve grupos venezolanos de pop, rock y música urbana. Recuerda que en 2008, la empresa pública de telecomunicaciones Cantv estaba lista para financiar su proyecto. Sus posiciones contra la política cultural eran correctas en la ayuda esperada. “El gobierno nunca ha desarrollado cultura”, dijo. No hay planes a largo plazo. Solo saca de las arcas para mantener a flote a ciertos grupos. ”

Chavismo ha intentado incursionar en todos los géneros musicales, con más o menos éxito. Con respecto al rap, Hugo Chávez y Nicolás Maduro han delineado algunos pasos de hip-hop, han presentado grupos de artistas de graffiti y música, el éxito no ha estado ahí. “Trataron de convertirlo en una especie de disidencia autorizada, como lo que hizo el castrismo en otros lugares …”, sostiene el estudiante de doctorado Fabrice Andreani.

Cualquiera sea su lado, los artistas se encuentran en una observación común: las dificultades de dar vida a la música en Venezuela. En estos tiempos de crisis o “guerra económica”, dependiendo de qué lado esté, las fuentes de financiación se agotan, los cortes de energía pueden sabotear un concierto y muchos artistas migran. Luego actúan como portavoces de la música nacional, la realidad del país y exportan la “polarización” política que divide a Venezuela.

Eficacia y legitimidad en el asalto a la Asamblea Nacional

Rafael Uzcátegui (*)

Los recientes hechos ocurridos alrededor de la Asamblea Nacional pueden leerse como parte de los ataques del gobierno de Nicolás Maduro contra los actores sociales independientes del país, bajo la estrategia que César Rodríguez y Krizna Gómez describieron en su texto “Encarar el desafio populista” (https://www.dejusticia.org/wp-content/uploads/2018/04/Encarar-el-desaf%C3%ADo-populista-WEB.pdf): el socavamiento de dos de sus pilares de actuación fundamentales: Su eficacia y legitimidad.

Estos dos investigadores han documentado los ataques contra los defensores de derechos humanos en diferentes partes del mundo bajo gobiernos y movimientos populistas, encontrando patrones similares para países como Estados Unidos, Hungría, Rusia, Filipinas, India y Venezuela, que no pudieran agruparse bajo la –cada vez más caduca- perspectiva izquierda versus derecha: “los gobiernos populistas han estado aprendiendo entre sí –afirman- hasta el punto que se han realizado ataques iguales en países de distintas regiones”.

Efectivamente, un actor político o social basa sus actuaciones en el logro de objetivos, la eficacia, y la valoración del resto de los actores y sus bases de apoyo, la legitimidad. En el caso de la Asamblea Nacional conformada mayoritariamente por la oposición, en la erosión de estos dos aspectos se pudieran resumir los ataques que comenzaron el propio mes de diciembre de 2015, hasta el cénit del pasado 5 de enero de 2020. Y esto ha sido así por el poderosos mensaje que se transmitió aquel diciembre: por primera vez de manera indiscutible, los antagonistas al bolivarianismo se transformaron, con dos millones de votos de margen, en mayoría electoral y social del país. El 11 de diciembre Venezuela experimentó la sensación que era cuestión de tiempo, mediante los mecanismos de participación político-electoral que seguían, de promover un cambio en el país. Esto alentó a Nicolás Maduro al abandono de la simulación democrática y transformar a su gobierno en una dictadura del siglo XXI. Revertir lo que había pasado, a toda costa, no sólo tenía el componente simbólico y político del ejercicio del poder de manera omnímoda. Como está previsto en la Constitución, aprobada por el propio Hugo Chávez en 1999, cualquier contrato con un tercero debe contar con la aprobación de la mayoría parlamentaria. La profundización de la emergencia humanitaria compleja y las sanciones individuales y financieras contra Venezuela resintieron la imposibilidad de conseguir nuevos financiamientos debido a este veto.

El primer gran ataque contra la eficacia de la Asamblea Nacional fue la calificación de “en desacato” por parte del controlado Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), a pesar de las gestiones formales de los diputados, relativas a los parlamentarios de Amazonas, para dejar de ser calificados de esa manera. Luego vino el ahogo presupuestario, los constantes asedios de fuerzas del chavismo –tanto los grupos de civiles armados como de fuerzas policiales y militares- a los días de sesiones, la neutralización de los parlamentarios más carismáticos mediante la persecución y el exilio, el bloqueo informativo por parte de la hegemonía comunicacional estatal. las reiteradas decisiones adversas sobre su actuación, el hecho legislativo propiamente dicho, por parte del TSJ y, finalmente, la creación irregular de un órgano paralelo, la Asamblea Nacional Constituyente, sacrificando con ella el último valor simbólico positivo que le quedaba al chavismo: La Carta Magna de 1999. Paralelamente se desplegaron los frentes de ataque a su legitimidad, tanto como poder institucional independiente como a sus integrantes. La primera fue el retiro en masa de los parlamentarios oficialistas, dando contenido a la versión que sólo representaba a un sector del país y cuyas líneas de actuación eran decididas en otro lado del mundo. Seguidamente por una paciente generación de condiciones para que diputados, con o sin resistencia, se incorporaran a la fabulosa maquinaria de corrupción y enriquecimiento súbito creado por el chavismo realmente existente, para luego ser debidamente ventilado en la opinión pública. También debemos incluir los esfuerzos oficiales en agrandar las contradicciones internas de la oposición, que han incluido la utilización de bots para sobrerepresentar matrices de opinión en redes sociales.

Este escenario contó con un ingrediente adicional luego de la fraudulenta elección presidencial de mayo de 2018 y la transformación de Nicolás Maduro, el 10 de enero de 2019, en un presidente de facto. Juan Guaidó logró recomponer la crisis de representatividad –aunque fuera circunstancialmente- de los sectores opositores, tanto a nivel internacional como local. El apoyo de una cincuentena de países y las multitudinarias movilizaciones simultáneas en más de 25 lugares de Venezuela durante enero y febrero de 2019, focalizaron los esfuerzos en dinamitar la eficacia y la legitimidad del propio Guaidó. Otra discusión es que tanto sumaron sus propios errores e improvisaciones para materializar el anunciado “cese de la usurpación”, lo cierto es que su figura no sólo unificó durante los primeros meses del año pasado a la mayoría de las bases democráticas del país sino que también personalizaron los ataques del autoritarismo.

Al intentar cuestionar su figura como presidente de la Asamblea Nacional –que genera más apoyos internacionales e institucionales que la de “presidente encargado”, aunque una sea consecuencia de la otra-, Maduro intenta implosionar su legitimidad. Al imponer una junta directiva sin él, que simule ser de oposición y sea cercana a los deseos de Miraflores, su eficacia. Por otra parte, siguiendo el razonamiento en términos de eficacia y legitimidad, los autoritarios pueden pagar un alto costo político a cortísimo plazo matizado luego por la liberación de presos políticos y, especialmente, por decisiones que anuncien la realización de elecciones parlamentarias, en un momento en que ha aumentado la desconfianza ciudadana en la posibilidad de una solución institucional a la crisis venezolana.

La existencia de tres Asambleas Nacionales, contando la Constituyente, ha variado el escenario sociopolítico en momentos de gran incertidumbre, donde la única certeza es el agravamiento de la crisis económica y la salida forzada de los venezolanos que no puedan participar en el naciente espectro dolarizado del país. A todos los gremios nos tocará pensar como ser más eficaces y legítimos en estas circunstancias, especialmente al liderazgo político, donde las decisiones y estrategias sean consecuencia del mayor de los consensos y consultas posible. Cómo enfrentar a una dictadura ha sido un aprendizaje de todos, y aunque todavía estemos encontrando el camino para ser más eficaces, la ausencia de victorias parciales o totales no harán mella de nuestra legitimidad, todo lo contrario.

Un comentario final con una alegoría histórica. ¿Tenía sentido, en julio del año 2000 en el Perú bajo dictadura, dedicar los mismos esfuerzos para cuestionar la figura de Alejandro Toledo y la de Alberto Fujimori? ¿Era eficaz -para quien deseaba regresar a la democracia- el atacar la convocatoria de la movilización de los “Cuatro Suyos” ese mes, liderizada por quien luego sería presidente del Perú, debido a que no se tenía la identidad política “toledista”? En ese contexto, de autoritarismo extremo, graves violaciones a los derechos humanos y ausencia de instituciones al servicio de la ciudadanía, ¿era pertinente en ese preciso momento –aunque una bola de cristal nos revelara el destino del economista y político peruano- la consigna “Ni Fujimori ni Toledo”?

(*) Coordinador General de Provea

Public Radio International: Rabia contra la crisis: la escena punk de Venezuela encuentra una nueva voz en Bogotá

Luke Taylor

El guitarrista deja de jugar con sus pedales cuando el cantante principal, vestido con largas rastas y jeans negros, se acerca al borde del escenario.

“Este está dedicado a la policía”, le dice a la multitud, antes de bajar y unirse a ellos.

La banda crea un agresivo muro de ruido cuando la cantante principal, Susana González, grita letras políticas criticando la opresión y la brutalidad policiales.

Es un sábado por la noche en un espacio cultural nuevo y elevado en un barrio arenoso en Bogotá, la capital de Colombia, y de las ocho bandas en la alineación, cuatro provienen de la vecina Venezuela.

Bogotá ha tenido durante mucho tiempo un gran movimiento punk clandestino: expresiones de contracultura en un país plagado de corrupción, desigualdad y violencia relacionada con el narcotráfico. Pero la escena ha explotado en el último año con más bandas y conciertos que nunca, dicen los seguidores.

Este crecimiento reciente se alinea con el éxodo masivo de los punks venezolanos, algunos músicos veteranos, otros más nuevos en la escena, que han llegado a Bogotá en los últimos años.

El mosh con codos voladores y las botas Doc Marten se aceleran y estalla una pelea entre dos mujeres jóvenes, pero la mayoría de los espectadores están demasiado absortos en la música, o demasiado intoxicados con la barata caña de azúcar fermentada, para darse cuenta.

“Mírame a los ojos sin miedo, sin estrellas en el pecho …” grita González.

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Susana González, cantante principal de Exilio, en su oficina en Casa Rat Trap, el espacio de artes cooperativas en el que trabaja en Bogotá, Colombia, el 19 de octubre de 2019.

González, de 40 años, de la ciudad de Puerto La Cruz, en el este de Venezuela, es una de esas llegadas que cruzó la frontera con su compañero y guitarrista de su banda, Exilio, en julio de 2017.

Como la mayoría de los miembros de las bandas de punk venezolanas en Bogotá, decidió irse cuando la crisis de su país se volvió insoportable. En el caso de González, dice que la presencia constante de un automóvil blindado estacionado en su vecindario para intimidar a los residentes y la imposición de toques de queda estrictos durante un período de fuertes protestas en el verano de 2017 la llevaron al límite.

“Más que no poder tocar en una banda, no es tener electricidad, comida ni agua para beber”, dice. “Y luego está la fuerte violencia: puedes salir, pero no sabes si vas a volver”.

Exilio fue formado por tres migrantes venezolanos que se reunieron en Bogotá después de dejar atrás a sus amigos y familiares para buscar un nuevo comienzo.

A medida que la crisis política y económica bajo Nicolás Maduro se ha intensificado en los últimos años, más de cuatro millones de personas han huido de la escasez generalizada de alimentos y medicinas, apagones y violencia indiscriminada.

La crisis de hoy ha producido una nueva ola de jóvenes enojados que expresan su ira a través de pesados ​​riffs de guitarra y voces aullando. Siguen los pasos de los punks que produjeron algunas de las bandas más feroces en Venezuela en respuesta a la agitación política durante la década de 1990. Pero la ira sin precedentes ha transformado por completo la subcultura.

Los jóvenes se han visto afectados por la gravedad de la crisis, dice Johnny Castro, bajista y cantante de la banda Apatía No, otro miembro de la diáspora que ha hecho de la capital andina su nuevo hogar.

“Puedes ser un punk en tu propia casa, y puedes usar la ropa, pero afuera es bastante difícil ser un punk cuando no tienes dinero para cuerdas de guitarra”, dice.

Llegar a fin de mes es difícil, pero existe el desafío de vender entradas para conciertos cuando el salario mínimo de Venezuela es de $ 2 al mes. Tocar guitarras eléctricas durante un corte de energía plantea otro desafío.

Algunos de los lugares más grandes de Venezuela se han visto obligados a cerrar y algunas de las bandas más grandes se han exiliado en todo el mundo.

Los que permanecen se acercan al chavismo para obtener fondos estatales o tocar en conciertos organizados por el gobierno para promover el régimen de Maduro, según Castro.

El guitarrista de Apatía No está en Alemania, su batería está en México, y Castro, el cantante y bajista, vive en Colombia. Solo se reúnen cuando viajan al extranjero en Europa o los Estados Unidos.

“Mientras que muchos músicos sueñan con viajar por el mundo, las bandas venezolanas sueñan con volver a casa”, dice Castro.

Pero aunque los jóvenes músicos están triturados, no están rotos del todo.

En Venezuela, algunas bandas continúan tocando gracias al apoyo de una organización no gubernamental que promueve los derechos humanos, Provea. La ONG ayuda a muchos que de otro modo no podrían hacerlo a grabar, producir, lanzar y distribuir su música.

Sus dos compilaciones de “Rock Contra la Dictadura” han permitido que 32 bandas graben y expresen su ira contra el gobierno, y su programa Música por Medicinas, en el que los fanáticos intercambian medicinas de repuesto por CD, está obteniendo suministros médicos muy necesarios para los necesitados. .

Los programas de Provea promueven los derechos humanos a través de la música y la cultura en un momento en que la crisis lo está matando, dice su fundador, Rafael Uzcátegui. El objetivo es crear espacio para la resiliencia y la resistencia contra una dictadura, cuando más se necesita.

“La falta de seguridad ha reducido el espacio público y el derecho a la recreación al mínimo”, dice. “Es muy importante ayudar a las personas de nuestro país a seguir haciendo arte y cultura, mostrar su talento y, a través de la expresión, ayudar a las personas a hablar sobre la situación”.

Pero criticar al régimen dentro de Venezuela plantea sus riesgos. El 19 de septiembre, Uzcátegui estaba esperando la entrega de inserciones de CD impresas en su oficina de Caracas para su último álbum, un tributo a las leyendas punk del país. Pero los insertos nunca llegaron.

El material fue confiscado por las fuerzas de seguridad nacional por contener una imagen subversiva tomada por el fotógrafo punk, Nelson Garrido, que representa a un oficial militar uniformado con cabeza de cerdo y un bolsillo lleno de billetes de dólares estadounidenses. El conductor de la entrega fue detenido e interrogado durante 24 horas en la infame prisión de Helicoide antes de que Provea ayudara a su liberación.

En Colombia, las bandas están utilizando su libertad política y su relativa estabilidad económica para criticar la crisis y crear conciencia.

González y el guitarrista de Exilio, Carlos Equiz, dicen que cruzar la frontera cambió su “chip”: de repente, una vez lejos del caos y la propaganda estatal, se restableció su percepción de la normalidad. Pero estaban furiosos.

Su banda anterior, que tenía un sonido más experimental y sobre el “caos celebrado como parte de la naturaleza” ya no servía. Ahora era “la energía y la ira” que sentían dentro de ellos, por lo que formaron una nueva. En lugar de celebrar el insoportable desorden, se oponen a él.

“He tocado en muchas bandas políticas, pero esta es la más política y la más enojada”, dice González. “No se puede hablar de estrellas, soles y planetas cuando hay un presidente matando gente”.

Ahora sus canciones abordan cuestiones que van desde la explotación del medio ambiente hasta las fronteras cerradas y la brutalidad policial.

Mientras que los venezolanos temen el ojo vigilante del servicio de inteligencia nacional, Exilio se alimenta de la libertad creativa recién descubierta.

González sabe que muchos en Venezuela siguen escuchando su música y espera que los “despierte”, haciéndolos tan críticos como ellos lo son.

Para Castro, se trata de correr la voz en todo el mundo a través de conciertos internacionales y hojas de letras traducidas.

La gente se nos acerca en Alemania y nos dice “no puedo creer que esto esté sucediendo”, afirma.

El proceso es catártico y expresa la crisis desde una perspectiva de primera mano sin “victimizar” a quienes la padecen, dice González.

Pero también es una forma de contraatacar.

“Algunos usan Internet para expresarse, otros escriben, pero aprovechamos el hecho de que estamos aquí y nadie puede tocarnos por componer música”, dice. “Las armas u otras armas no son necesarias para resistir, el miedo no es la única herramienta para contraatacar … Es mejor cuando las personas comparten sentimientos”.

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