10 mangos del árbol contracultural

Rafael Uzcátegui

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Para Albert Camus un rebelde es un hombre –o mujer- que dice “no”. Según el autor de “La peste”, en el acto de negación nace, confusamente, una toma de conciencia, la invocación de un valor, una adhesión a una parte de sí mismo y de los otros. Para John Holloway en cambio, un rebelde es alguien que grita, un leco que rechaza la resignación porque intuye que las cosas podrían ser de otra manera. Un chillido que evidencia la tensión entre el indicativo (lo que es) y el subjuntivo (lo que puede ser). En nuestro acercamiento a la contracultura haremos una afirmación audaz: un inconforme es un individuo que bosteza.

Hilemos una mínima sabana conceptual para abrigarnos. Cultura es aquello que una comunidad humana ha creado y lo que ha sido gracias a esa creación; lo que ha producido en todos los dominios donde ejerce su creatividad y el conjunto de rasgos que, a lo largo de ese proceso, han llegado a modelar su identidad y a distinguirlo de otras. Contracultura, repitiendo la noción expresada por el sociólogo español Manuel Castells “es el intento deliberado de vivir de acuerdo con normas diferentes y hasta cierto punto contradictorias de las aplicadas institucionalmente por la sociedad y de oponerse a esas instituciones basándose en principios y creencias alternativos”. Una serie de pautas, valores y comportamientos comúnmente aceptados –la cultura- versus el antagonismo de otros que se le oponen –la contracultura-. Entre estos extremos, consenso y oposición, existe un término medio: la subcultura, un grupo que acepta ser parte de la institucionalidad proponiendo códigos y normas que le son propias, y que lo diferencian del resto.

Si para Marx el relato del mundo es la historia de la lucha de clases, para la contracultura la trayectoria de la especie humana es la eterna insurgencia contra la opresión, el orgasmo creativo contra la aburrida pulsión de muerte de la autoridad.

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Pronuncio “Contracultura” y me responden: Jack Kerouac, William Burroughs, Allen Ginsberg, Bob Dylan, John Lennon, Gonzaloarango, Robert Crumb. Mento “Underground” y contrapuntean: Beatnik, dadá, hippie, yippie, provos, situacionismo, punks. Digo “Subterráneo” y replican: Sentimiento Muerto, Anacreonte en horas muertas, Clips, Lamuybestiapop. ¿Es la contracultura un monolito del museo de la melancolía, un adjetivo a conjugarse en pretérito?. Noam Chomsky ha repetido que nunca llegó a producirse su agotamiento, y que su ausencia de los titulares de prensa debe interpretarse como parte de cierto arraigo, profundización y solidez. Una soterrada cartografía conecta distintos movimientos desde finales de los sesentas, permeando diferentes sectores, cruzando los últimos estertores de la modernidad y explotando en ráfagas para desafiar la fanfarronería del pensamiento único. Una historia. En 1994 es promulgada en Inglaterra la Ley de Justicia Criminal que, entre otras competencias, ilegalizaba los conciertos espontáneos al aire libre dando licencia para incautar los equipos de música y realizar arrestos. Como respuesta, miembros de la escena musical subterránea británica se aliaron con colectivos radicales. Entre los opositores comenzó a surgir un lema común: el derecho a disponer de espacios no colonizados para sus viviendas, para los árboles, para reunirse y, sobre todo para bailar; constituyendo en palabras de Noami Klein “el movimiento político más vibrante y de crecimiento más veloz desde París 1968: el movimiento Recuperar las Calles (Reclaim The Streets)”. En una simbiosis entre rave, squatters, ecologismo, punks y new wave, las fiestas callejeras se popularizaron en el Reino Unido bajo la bandera de ser “el microcosmos provisional de una cultura realmente liberada y ecológica”. Para 1998 este movimiento convocó, paralelamente a la reunión del G8 en Birmingham, un “Día de fiesta global” teniendo una entusiasta respuesta: 30 rumbas en 20 países diferentes. Un año después, junto a otros movimientos, Recuperar las Calles convocó a una jornada mundial de protesta, acción y carnaval contra los centros e instituciones relacionados con el capitalismo financiero. Meses después vendría Seattle y lo que los medios bautizaron como “Movimiento antiglobalización”.

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Otra historia. En 1991 cuatro jóvenes latinos de un suburbio de Chicago forman una banda de hardcore y deciden cantar en español. Eran los días del grunge y del rock alternativo, por lo que un cuarteto con temas de 40 segundos no era precisamente candidato a ingresar a los charts de las revistas musicales especializadas. “Los Crudos” editaban su primer siete pulgadas: “La rabia nubla nuestros ojos”, cuyas mil copias fueron consumidas vorazmente por la comunidad chicana y la escena punk. En la medida de que los conciertos atraían a mayor cantidad de público un suceso se repetía, mostrando el rostro momificado de quienes alguna vez pretendieron rebelarse contra las convenciones: los gritos racistas de “¡arriba, arriba, ándale, ándale!” o “¡a tocar la bamba!”. La respuesta de la banda fue su única canción en inglés: “That´s right we´re that spic band” (Eso es correcto, somos esa banda de mojados), refiriéndose a sí mismos con el término despectivo usado para quienes cruzan ilegalmente la frontera del Rio Grande. La energía del cuarteto, según las revistas del género como Maximum Rock´n roll y Profane Existence, volvía a vigorizar la subcultura punk y la devolvía a su redil de enfrentamiento tenaz a lo establecido, por lo que las bandas con integrantes latinos y fanzines escritos en castellano introducían nuevas estéticas, temas y contenidos. De seguida, Los Crudos volvían a poner a prueba la tolerancia de mohawks e imperdibles: Martín, la voz principal, afirmaba sobre tarima su condición gay. Marginados entre los marginados, queers y chicanos empezaron a ser protagonistas del desenfreno tribal del slam dancing.

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Existe un amplio debate sobre el proceso de absorción de las contraculturas por parte de la cultura hegemónica para extender y racionalizar su dominio. Ante la crisis de los grandes relatos (la religión, la ciencia, la ideología) y una realidad signada por la instantaneidad de los flujos económicos e informativos, los sujetos intentan reconstruir su identidad agrupándose en comunas culturales, tomando elementos de la historia, la geografía, la memoria colectiva y sus fantasías personales. Como su construcción tiene lugar en una dinámica modelada por relaciones de poder, diversos sociólogos coinciden en que la misma decanta en tres tipos fundamentales: De resistencia, proyecto y legitimadora. Agregamos que ninguna contracultura puede ser una esencia y no tiene, per se, un valor progresista o regresivo fuera de su contexto histórico. Un mismo gesto puede tener significados opuestos en realidades diferentes: Tom Morello, integrante de Rage Against The Machine, tocando frente a la Convención Nacional Repúblicana afrenta al status con una sticker del Ché pegada en su guitarra. El mismo emblema, el mismo instrumento y la misma persona son una apología del régimen en un recital de Audioslave en La Habana.

Durante más de un siglo el modelo que ha predominado en el pensamiento revolucionario es cambiar el mundo por medio del Estado. Si bien las contraculturas pueden prescindir de tales objetivos, ningún movimiento social puede expandirse sin dotarse de prácticas, símbolos, estéticas y expresiones que se reclamen antagónicas, un sincretismo en el que sus integrantes puedan reconocerse. La toma del poder de la izquierda estadocentrica convierte, paradójicamente, a sus prácticas contraculturales en la nueva ideología hegemónica. Nuevas formas de resistencia comienzan a configurarse y una nueva revolución se empezará a gestar en las catacumbas de los replicantes.

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Robert Bellah, en su libro Hábitos del corazón afirma que “La transformación de nuestra cultura y nuestra sociedad tendrá que ocurrir en diversos niveles. Si sólo sucediera en las mentes de los individuos (como ya ha pasado en cierta medida), sería impotente. Si obedeciera sólo a la iniciativa del Estado sería tiránica. La transformación personal numerosa es esencial, y no debe ser sólo una transformación de la conciencia, sino que también ha de implicar la acción individual. Pero los individuos necesitan el alimento de los grupos que llevan consigo una tradición moral que refuerza sus aspiraciones propias”.

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Un proceso de asimilación diferente lo constituye la inagotable capacidad de la cultura de nutrirse permanentemente de los códigos y estéticas de las vanguardias. En la sociedad del espectáculo el mall impone la democratización por la vía del consumo, escupiendo cosas sin alma –la ruptura entre el hacer y lo hecho- para vitrinas de nueva temporada. En un mundo ausente de magia y trascendencia, las subculturas ofrecen la ilusión de la diferencia y la trasgresión a públicos segmentados.

Pero una contracultura también puede agotarse si se cierra sobre sí misma, si deja de provocar e innovar para repetirse, si no incorpora nuevos actores y generaciones, si no establece una dialéctica con su entorno, si los oasis que promete terminan en dogmáticos infiernos comunales.

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Hojeo las páginas, leo las declaraciones, miro las gráficas. El paseo por el diario me desliza por un tobogán al pasado. Si no fuera por su milimetrada sincronía con las políticas gubernamentales actuales, creería que me había dado de narices con el espíritu de multígrafo que palpitaba en la Sierra Maestra. Los avisos de página completa a full color versus el pliego conflictivo de los trabajadores del periódico, pareciendo ratificar aquella frase capturada al vuelo en un pasillo del Seguro Social: “No hay peores patrones que los de izquierda”. Las añejas tácticas de la contrainformación lucen desubicadas en papel glasé y cuatricomía emanada desde la poltrona ministerial. La revolución se come a sus hijos aunque tengan parchado un ojo. Un “Dossier” censurado por una prócer de la “televisión alternativa” cerrando el ciclo de la serpiente que se muerde la cola. Sábato escribe desde su retiro en Santos Lugares: “No se puede odiar por mucho tiempo a un enemigo sin terminar por parecérsele”.

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El Caribe baña las costas de una tierra de vanguardias culturales eunucas. Grandes iniciativas impugnadoras desde el minestrone de valores e íconos han tenido en Venezuela su correlato, una franquicia criolla de corto vuelo. Los barbudos cubanos y el MIR; el flower power norteamericano y el Poder Joven, el nadaísmo colombiano y el Techo de la Ballena, el Rock Radical Vasco y el Colectivo Rajatavla, Los duetos Tri-Virgen de Guadalupe y Desorden Público-José Gregorio Hernández, Jim Morrison o Sid Vicius o Luca Prodan versus Cayayo, los raves londinenses y los Andes Electrónico. La explicación de poses y habladurías es compleja y multiforme: el petróleo, el cesarismo democrático, una atropellada entrada a la modernidad, la influencia del american way of life, la falta de relevo generacional, condiciones geográficas y climatológicas, modelo de desarrollo y nociones de progreso. En Venezuela el único premio a la iniciativa y el desparpajo es una Regional light.

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Las posibilidades abiertas por la internet y el nuevo escenario de comunicación multimedia serán el sino de las respuestas culturales en desarrollo. Hacer y distribuir música, diseñar y reproducir publicaciones, crear y mantener comunidades virtuales o reales tienen en la tecnología un soporte inédito. Menos parecido a las predicciones cyberpunks y más a la integralidad artística del Renacimiento, integrando saberes bajo la vocación “Hazlo tu mismo”. Pero la potencialidad del artista solitario y su computadora tiene su continente en el poder-hacer que nunca es individual, pues se entrelaza –y se debe- a la actividad anterior o actual de otros. La propiedad colectiva del conocimiento es uno de los argumentos más poderosos de los críticos del copyright. Si no existe un caldo de cultivo, un contrario respetable, las respuestas cargarán también el fardo de la mediocridad. Los modelos de organización en red permiten potenciar la autonomía e identidad de nodos, de iniciativas. Y una precondición para aumentar la masa crítica del conjunto es que exista una real diversidad. Así que desde donde se mire, el terreno sólo se abona si experimentamos, creamos, recreamos, fallamos y volvemos de nuevo, mostramos e intercambiamos sin pedir permiso y mentando madre. Movamos la mata para que caigan los mangos. (Publicado en la revista Platanoverde, creo que en el año 2005)

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