Memorias de un venezolano en la decadencia (II)

Ivan J. Canela con IRH-4

En esas tierras calientes en donde perennemente discutían el gavilán de Don Pío con el Gavilán de Canela, a pesar de su linaje musical conocido en todo el país, había poco espacio para el rock. Hablamos de Barquisimeto, año 1990. El punk y el dark eran una excentricidad, por lo que la resistencia era puesta con entereza por la cincuentena de metaleros cuyas largas cabelleras y franelas negras soportaban las inclemencias del tiempo. Sin embargo, los metaleros guaros tenían problemas de autoestima. Si para los peliparados larenses los verdaderos punks estaban en el país vasco o en Londres, para los heavys vernáculos los reales rockeros no estaban a miles de kilómetros sino a dos horas de viaje por tierra: Valencia. La capital del estado Carabobo era la Graceland del país, en donde para renovar los votos había que realizar una peregrinación cada cierto tiempo. Efectivamente, Valencia había sido la ciudad que había visto nacer a Arkangel, la banda que había promovido aquella movida llamada “Rock Nacional” y que había logrado editar varios discos, dándole proyección a otras agrupaciones de la ciudad, lo cual generó un efecto centrípeto que alcanzó a toda Venezuela, creando sus propias mitomanías y personajes célebres. Los metaleros guaros intentaban, sin mucho éxito replicar lo que pasaba en el centro del país, pero eran pocas las bandas constantes, menos el apoyo radial y nulos los sitios donde presentarse. De cuando en cuando algún pelilargo de ascendencia inmigrante lograba conseguir, alquilado, algún espacio en los centros sociales de las colonias en la ciudad, organizando unos conciertos larguísimos y tediosos por la cantidad de bandas locales a presentar, que nunca llegaban a feliz término. Sin embargo, la felicidad pasajera no era esquiva, y excepcionalmente se organizaba algún festival con la presencia estelar de las bandas de Valencia y Caracas, porque del exterior era pedir un imposible. Fue así como se realizaron conciertos memorables en el Domo Bolivariano, con la presencia de los primeros Aditus y Témpano, así como Resistencia, Arkangel, Polifusión y Equilibrio Vital, entre otros. Sólo una vez estos conciertos aceptaron la presencia, de contrabando, de una banda punk. Se trató del concierto realizado a comienzos de la década en el Anfiteatro Oscar Martínez con la presencia de la banda hardcore caraqueña Holocausto, anunciado con un flamante afiche en el cual El Obelisco, un gran monolito devenido en símbolo de la ciudad, tocaba una guitarra a la par de sacudir vigorosamente su larga cabellera. Si bien no recuerdo exactamente el nombre de aquel picnic satánico, nunca olvidaré que en el titular se exhibía orgullosamente la palabra “Barquisimetal”. No se si fue la presencia del puñado de punketos lo que molestó al ejército de soldados de la noche, o aquello fue producto de la acostumbrada brutalidad policial en aquellos rituales. Lo cierto fue que el concierto, como de costumbre, finalizó antes de haber presentado a todo su cartel en medio de una batalla campal de pronóstico reservado,  regada generosamente con perdigones y gases lacrimógenos, que salpicaron con escándalo los periódicos regionales del día siguiente.

Ante la falta de un movimiento real, los pelilargos guaros intentaban paliar las carencias apelando a la tradición oral y las fanfarronadas. Por aquella época –ignoro si era así en las otras ciudades- se desarrollaron una serie de “hermandades”, con territorialidades definidas y códigos propios, llamadas “escuderías”, cuyo mito pervivió durante mucho tiempo. Cada escudería afirmaba ser la verdadera depositaria de los valores del metal en la ciudad, y batallaba contra las demás a las cuales calificaba de herejes, o lo que era peor, de escuchar “rock glam” (Poison, Twisted Sister, etc), el insulto ante el cual los filos de las navajas se exhibían, cortando el viento cálido del final de la tarde, y algunas extremidades humanas. Cada escudería era reconocida porque, a pesar de sus debilidades por Satán, religiosamente ocupaban territorialmente las plazas más emblemáticas del centro y oeste de la ciudad. De tanto frecuentar aquellos cuadriláteros de cemento, incluso, algunos de ellos aprendieron a realizar orfebrería rupestre y con el tiempo laboraron en las mismas como artesanos. Con el tiempo sospeché que, de manera similar que el punk larense –como ya relataremos otro día-, los metaleros desarrollaron aquellas costumbres resignificando la escasa información que recibían de otros países, además de ver la película The Warriors (USA 1979, Walter Hill) decenas de veces en Betamax. Los metaleros peleaban entre sí, pero en una cosa en la que se ponían de acuerdo era en que los punks constituían su enemigo común, con argumentos similares a los que los punks de hoy en día atacan a los emo. Este antagonismo fue aminorado, parcialmente, con el surgimiento del subgénero thrash metal, el cual amalgamaba la velocidad del hardcore con la técnica del speed metal, y que para Barquisimeto tuvo su representación más legendaria con la banda Némesis, a cuyos conciertos asistían punketos y rockeros, más o menos, en santa paz.

Algunas bandas metaleras de la época fueron Abraxas, SS, Tunel del Tiempo y Necrosis. Cualquier semblanza del metal guaro de la época estaría incompleto si no se nombrara a la agrupación IRH4, pioneros del heavy metal en la ciudad. A comienzos de los 90´s todos sus integrantes eran considerados unos patriarcas, saliendo a tarima, en sus pocos recitales, con un maquillaje diabólico que disimulaba sus arrugas. Uno de sus miembros era Iván Canela, familiar del famoso fabricante de cuatros tradicionales Pablo Canela, y que tenía, en el centro de Barquisimeto, una de las pocas tiendas de instrumentos musicales eléctricos de la ciudad, lo cual hacía de Iván y de su banda, un receptáculo de amor y odio por partes iguales.

Aquellos metaleros eran todo un monumento a la estoicidad, grabando cada uno de los conciertos a los cuales asistían y guardando celosamente aquellas cintas. Como pasó en el resto de las tribus, los más extrovertidos y violentos, con el paso de los años terminaron cortándose el pelo, colgando las botas, casados y laburando en jornadas agotadoras de trabajo. Los que sobrevivieron al paso de los años eran, precisamente, aquellos que estaban alejados de todo el movimiento de las escuderías y lamentaban que los conciertos fueran una excusa para la violencia sinsentido. Algunos de ellos los conocí, compartiendo el amor con la música con el excursionismo y el activismo ecologista dentro de lo que fue el Frente Ecológico de Liberación Animal (FELA). (Publicado en el Fanzine Exilio Interior 3)

IRH4 en acción

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