Contracultura hoy: Diques y olas

Rafael Uzcátegui

Una valoración entusiasta de la contracultura apuntaría que la misma es el reverso histórico de la propia cultura, un movimiento pendular perdido en el tiempo cuya esencia son valores, discursos, símbolos y prácticas sociales opuestas a los valores dominantes en una sociedad dada en un momento determinado. El hombre, rebelde por naturaleza –en palabras de Camus- o andante volcán dormido –recientemente para Holloway- en esta dinámica de tensión con los poderes fácticos, ha forzado al orden a la innovación permanente para no ser sobrepasada por sus antagonistas e incorporarlos en la gestión sistémica de una cultura ampliada y enriquecida por los vanguardistas. Como fenómeno dinámico y sincrético, es la cultura en mayúsculas la que se transforma y es forzada a ser más tolerante, abierta y diversa tras la digestión de los incordios de sus transgresores.

Los adelantos en las tecnologías de la información y la ebullición de las llamadas redes sociales, en cuya génesis se encuentran la colaboración y la descentralización, parecen ubicarnos en una época privilegiada. El viejo sueño de una comunidad global, sin fronteras ni banderas, parece estar al alcance de un e-mail. Las redes digitales han demostrado que la inexistencia de centros y la cooperación sin mando por objetivos comunes son un motor poderoso para potenciar el altruismo en los seres humanos. El desarrollo de programas de autoedición, amables y accesibles, en software libre cuyas mejoras dependen de los aportes de sus propios usuarios y usuarias, han democratizado como nunca antes la posibilidad de desarrollar vocaciones para el cine, la fotografía, la expresión plástica, el periodismo  y la literatura. Los proyectos colaborativos, los colectivos efímeros y los proyectos basados en la afinidad han suplantado a curadores y críticos de arte para la sintonía con las audiencias.

Sin embargo, todas estas posibilidades están siendo maniatadas por esa imagen invertida de la sociedad en el que las relaciones entre mercancías han sustituido las relaciones entre las personas. Cuando pensamos en contracultura nos asalta la imagen fija de las expresiones que caracterizaron las décadas de los 60, 70 y 80. Durante los últimos veinte años hemos sido testigos del espectáculo reiterativo de la vieja contracultura convertida en cultura oficial. Las Olimpíadas del 2012 oficializaron lo que predecían los Crass hace 30 años y han venido anunciando las vitrinas en los últimos años: La muerte del punk, el clímax de la contestación a los valores establecidos en los 80´s. El sustrato de la contestación contracultural en años anteriores –la abolición de la familia nuclear patriarcal, la edificación de subculturas ante la dominación de la cultura de masas, el hedonismo y la automarginación críticas del trabajo asalariado- han sido superadas por la reconfiguración de una economía informatizada de alcance global. La propia diversidad es combustible para el marketing. Y las subculturas, momificadas y convenientemente delimitadas, motores de la sociedad de consumo: A más identidades más mercados.

Los diques a la contracultura no se limitan a la repetición del antiguo gesto rupturista hasta el vacío de contenido y su infantilización esteticista. Los antiguos iconoclastas han superado la crisis de los 40 creyendo ser fieles a sí mismos incorporando en sus sitios de trabajo, del Estado o el mercado, un pálido reflejo de sus días adolescentes. Es así como los antiguos beatniks o punks hoy incorporan a los anuncios de marketing y campañas publicitarias la ornamentación Do It Yourself y la psicodelia que en algún momento amenazó con destruir, desde los cimientos, las instituciones de las que ahora forman parte. En el caso de América Latina la crisis generacional se homologa desde la diestra, en tiempos en que la izquierda regional se retuerce entre el bostezo y el autoritarismo. El recambio burocrático ocurrido en los países cuyos gobiernos se autodenominan “progresistas” han ensanchado el abanico de subsidios clientelares. Es así como el Ministerio de Cultura ecuatoriano financia fanzines en Quito o su homólogo venezolano paga clases de malabarismo y conciertos punks para la muchachada. Los viejos íconos reciclados para legitimar nuevas gobernabilidades y mostrar, en los anuncios de propaganda, un falso árbol genealógico: Hasta ayer el rock, en todas sus variantes, era alienación capitalista para los partidos de izquierda de la familia leninista-sudamericana.

Toda crisis es una oportunidad. La emergencia de la interconectividad instantánea abre infinitas posibilidades para la manipulación y ensamble de formatos analógicos y digitales, en una territorialidad en que la escasez y la precariedad continuarán motorizando huidas hacia adelante y la experimentación de nuevos lenguajes. Por suerte, el ser humano siempre tendrá la capacidad de trascenderse a sí mismo y rebelarse contra los poderes que limitan su realización. La transgresión y la ruptura, tanto en política como en arte, seguirán estando en el horizonte, y como olas seguirán conduciendo nuestras islas, con volcanes dormidos, por el mar de la satisfacción de nuestros deseos y necesidades. 

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