Bordeando el puente caído en Cúpira


Debido a compromisos laborales contraídos con anterioridad, de los cuales hubiera sido engorroso reprogramar, tuve que salir el lunes 20 en autobús para Puerto la Cruz, a pesar de la caída de un puente clave en la conexión del centro con el oriente del país. Malísima decisión, como leerá a continuación. En Aeroexpresos Ejecutivos nos advirtieron que haciendo el trayecto por Los Llanos el viaje duraría casi unas 12 horas, que terminaron convirtiéndose en 17, debido a una manifestación y la caída de la quizás única montaña de la sabana, que nos retuvieron lo suficiente para retrasar el ya accidentado trayecto. A la medianoche, y luego de un largo trayecto sin paradas y respirando el aroma a orines depositados en el sanitario durante toda la ruta, tomé un taxi rumbo al hotel, cerca del paseo Colón, en donde me cobraron 30 bs por un cocosette y una lata de gaseosa, la cena para coronar la noche -O era eso o una incierta llamada a Dominos Pizzas-.

En la mañana siguiente tenía el compromiso de trabajo, que cumplí teniendo un boleto de vuelta por la misma línea de autobuses a las 3 y 30 de la tarde. Después de un opíparo almuerzo, que me merecía, acudí 45 minutos antes al terminal de los Ejecutivos de marras, en donde me informaron de mala manera que el autobús de las 3 a Caracas “había sido suspendido” y pasado a las 12 y 30 de la medianoche. Así mismo, a bocajarro y sin disculpas diplomáticas “por las molestias causadas”. El trayecto del día anterior me daba vueltas y mientras dilucidaba el qué hacer, a la salida un grupo de taxistas ofrecía el trayecto hasta el río Cúpira. Ya había escuchado los relatos de otras líneas de autobuses sin plazas de vuelta y aerolíneas que ni siquiera se atrevían, por la demanda, a preparar listas de espera, así que tras un breve y desganado regateo, en donde pude “ahorrarme” 50 bs, era el pasajero de la izquierda en el asiento de atrás rumbo al puente roto.

El viaje duró 2 horas, amenizado por los cuentos de Luis -nombre ficticio-, uno de esos jóvenes cuya necesidad se ha transmutado en “viveza”, rebuscándose en oportunidades pintadas de calva, como esta. Luis tenía en su parabrisas una gorra de color rojo, de la cual se burlaba, la cual aseguraba lo ayudaba a pasar las alcabalas de la Guardia Nacional con menos revisiones que quienes no la tenían. Sí, Venezuela es de los Tio Conejos que pululan a nuestro largo y ancho, repitiendo como un mantra “A mi que no me den…”, como Luis sin falta lo aseguró, mas o menos cada 45 minutos.

El sitio del siniestro, en los bordes del Rio Guanipa en el estado Miranda, era dirigido por la “mano invisible del mercado”: por los mototaxistas, conductores, portaequipajes y vendedores de agua y chucherías que están haciendo su agosto en agosto gracias al percance. Sí, la Guardia Nacional esta allí, pero lo que estos ojos vieron era que se limitaba a abrir y cerrar el paso peatonal cada dos horas. De este lado alrededor de unas 12o personas esperábamos nuestro turno para pasar, y calculo que del otro lado estaba la misma cantidad. A las 6 en punto dejaron pasar primero los del otro lado, por una escalera improvisada hasta el cauce del río, para caminar al lado de la grúa que ocasionó el derrumbe, y que luce empotrada en el fondo del canal fluvial. 15 minutos después nos tocaba el turno. En la espera un taxista me había ofrecido un puesto en un auto que iba hacia Guarenas, por 100 Bs. La gente decía que del otro lado el gobierno tenía autobuses gratuitos para hacer el camino hasta Caracas. Sin embargo en mi primó la cautela y desconfianza. A paso firme caminé los dos kilómetros hasta donde esperaban los diferentes vehículos, mientras a mi lado los portaequipajes y mototaxistas prestaban su servicio a minusvalidos, madres solteras y personas de la tercera edad. La noche comenzaba a soplar los últimos resquicios de luz del día, así que decidí espabilarme para salir de aquel olvidado paraje lo más pronto posible. Una repentina frescura en el cerebro, producto de los vientos alisios del sur me originó la visión de pocos autos para muchas personas, que pasos mas adelante se confirmó. Sí, había un autobús Sitssa, pero hasta Barlovento y si aparecía el chofer. Dos busetas destartaladas y algunos taxistas eran la oferta más segura para movilizarse, así que confirmé la oferta de llegar a Guarenas por 100 Bs. Yo era el único de los 4 pasajeros con destino a Caracas, pero a medida que avanzábamos creía que había tomado la mejor decisión: Uno porque el chofer era el antónimo de mi taxista anterior, Luis, lo cual me hizo apacible el trayecto -a pesar del caucho reventado en plena autopista, que ayudamos a cambiar en cronometrada coreografía- y dos, porque a los 15 minutos el teléfono celular del conductor timbraba esquizofrénicamente, de llamadas de muchachos portaequipajes que aseguraban que gente desesperada ofrecía hasta 250 bs por el puesto hasta Caracas. Para este segundo chofer, Enrique -nombre ficticio- el nuestro sería el último viaje de la noche, básicamente por la inseguridad reinante después de las 8 pm. Enrique nos aseguró que la noche anterior, a las 9 de la noche, una cincuentena de personas aún esperaban, espectadores obligados del puente roto, como movilizarse, ante las promesas de la vuelta de un Sitssa que nunca llegó.

Me dejaron en el terminal de Guarenas, en donde tomé un autobús hasta Bellas Artes y de allí a casa, cuando el reloj daba a las 9 y 30 de la noche. A esa hora, si hubiera tomado la pésima decisión de esperar el bus de los Ejecutivos, aún estaría literalmente varado, en el puerto.

Si usted esta por tomar sus vacaciones rumbo a Margarita con escala en Puerto la Cruz, por tierra, mi sincero consejo es “Vuelvan caras” y decídase finalmente por las playas del occidente del país (me ahorro lo que verdaderamente pienso, mucho menos elegante). No es cierto que resolverán el puente en 15 días como prometen (quizás sólo para peatones), es falso que las líneas de autobuses están coordinadas para dejarlo y recogerlo a cada orilla del Cúpira manso mientras no llueva y, es especialmente mentira que un autobús del gobierno lo está esperando para darle un plácido trayecto gratuito debido a la contingencia.

Dos moralejas, para mí por lo menos: 1) Venezuela es el país de los tío conejos y 2) Si llueve quédese tranquilito en casa. No estamos preparados, ni nada que se parezca, para ninguna contingencia producto de la mano del hombre o la naturaleza.

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