Impunidad y Poder


Tuve la gran responsabilidad y honor en acompañar el proceso de investigación y sistematización de la experiencia  del Comité de Víctimas contra la Impunidad  en su lucha contra el abuso policial y la ausencia de justicia en la región centrooccidental. El libro fue presentado a comienzos de agosto en Barquisimeto, como se podrá ver en el video. Más abajo el prólogo en donde intenté sintetizar lo que el lector o lectora podrá encontrar en este libro de 400 páginas, que puede ser leído online aca http://issuu.com/ellibertario/docs/poderesimpunidad

Prólogo “Impunidad y Poder”.

De los referentes dependen muchas cosas. Me atrevo a decir que más que las ideologías, son las personas concretas las que inspiran. Es cierto que los valores y las aspiraciones recogidas por las corrientes de pensamiento modelan el norte de muchos activistas por el cambio en todo el mundo, pero es en el terreno mundano de la cotidianidad y sus conflictos en donde las personas afrontan el duelo entre la dignidad o la abyección, demostrando la pertinencia o no de los anhelos teóricos.

Para muchos de nosotros y nosotras, provenientes de organizaciones de derechos humanos y tradiciones antisistémicas de izquierda, la solidaridad es un “deber ser” que, medianamente cumplido, acumula el reconocimiento social entre nuestros pares y aumenta la influencia en otros. Como miembros de una comunidad que valora los comportamientos desprendidos, premiándolos simbólica y materialmente, ser «valiente» –cualquiera sea lo que entendamos por ello- es relativamente fácil, pues tenemos todo por ganar. Caso contrario a las personas ajenas a los círculos activistas que, en la mayor de las orfandades, lo tienen todo en contra. Por ser fieles a sí mismos, se someten a privaciones y castigos a los cuales se enfrentan de manera anónima y estoica. Para Rafael Uzcátegui el denunciar los asesinatos de personas humildes por funcionarios policiales lo acerca más a la Coordinación General de Provea –rol estelar en la organización en la que trabaja-, amplifica su imagen de defensor de derechos humanos acompañando titulares de prensa y avances noticiosos por televisión y le permite viajar a seminarios internacionales sobre la situación de la dignidad humana en la región. Al ser la conducta que los demás esperan de él, la temple se confunde con la costumbre.

Para personas que no son figuras públicas ni militantes políticos la situación es diferente. No tienen cámaras de televisión que divulguen sus denuncias ni tampoco audiencias extranjeras que los aplaudan. Con buena parte de su familia animándola a desistir y, con frecuencia, problemas en sus relaciones de pareja y laborales, exponen su vida y la de sus seres queridos a las represalias de los victimarios, con los que conviven en el mismo barrio. Enfrentarse a sus propias limitaciones para hacer realidad, con testarudez, un ideal nebuloso de justicia que ha germinado dentro del pecho. Eso es la verdadera valentía.

Es por esto que mis referentes no son figuras idealizadas del pasado, sino personas que he tenido la suerte de conocer enfrentando sus fantasmas y persiguiendo sus deseos, las cuales me han influenciado profundamente. En diciembre del año 2008 tuve mi primer contacto con las y los integrantes del Comité de Víctimas contra la Impunidad del estado Lara (Covicil). Y desde ese momento su influencia, creo, me ha hecho una mejor persona.

Este grupo de personas de origen humilde han tenido la osadía de enfrentarse a la maquinaria estatal de impunidad para reivindicar la inocencia de sus seres queridos, asesinados y victimizados por el abuso policial y la indolencia de tribunales y medios de comunicación. Este libro es una sistematización de su dolorosa trayectoria por los vericuetos de la injusticia, de sus dolores y angustias, de su negación a ser deshumanizados por los mecanismos del poder. También es una ofrenda de amor a todas esas personas que, sin nombre, forman parte de las estadísticas policiales.

El Covicil ha sido uno de los pocos movimientos sociales en el país que, en medio de la polarización política, ha sabido preservar un alto nivel de autonomía e independencia. A diferencia de las falsas iniciativas “colectivas” creadas desde el poder, no piensan que están creando “la” historia a partir de 1998, sino que su identidad es parte de una tradición de luchas contra las injusticias desarrolladas en la región larense en las últimas décadas. Refractarios a la electoralización de sus agendas, han mantenido su capacidad de autoconvocatoria para su escenario estelar: la calle. Por último, han combinado la denuncia de sus casos concretos y el ponerle rostro a las injusticias con el análisis de la sociedad y el Estado que permite el funcionamiento de lo que llaman la maquinaria de impunidad. Uno podría estar de acuerdo o no con sus conclusiones, pero lo cierto es que las mismas surgen de la vivencia directa con la situación de exclusión de amplios sectores de la población, el funcionamiento real de los cuerpos policiales y militares, la corrupción de medianos y altos funcionarios e instituciones así como la mentalidad policial de algunos periodistas de sucesos. Este libro debe leerse con el entendimiento que no ha sido escrito por quienes han aprendido sobre derechos humanos en aulas universitarias, sino en el fragor y las tensiones de las vejaciones ocurridas en los barrios populares de la ciudad.

Como miembro de una ONG cuya larga trayectoria y prestigio puede, por contraparte, amenazarla con el marasmo de la burocracia y la autocomplacencia, el haber tenido el honor de acompañar al Covicil en todos estos años me ha servido para recordarme, a cada minuto, que el lugar de los defensores de derechos humanos se encuentra al lado de las víctimas y nunca de los victimarios.

En estos tiempos de confusión, la única polarización que debemos aceptar es la que separa a las víctimas y sus familiares de los violadores de derechos humanos. Estos últimos no tienen colores partidarios que los separen, sino que forman un colectivo, unido por invisibles hilos, enfrentado a la dignidad humana. Desde que conozco a Cupertino, a Elizabeth, a los esposos Mellizo, a María Eugenia, a Miriam, Nadia, Wilmar y a César –cuyas historia podrán conocer a continuación-, entre los que recuerdo ahora, me interpelo constantemente si lo que hago es suficiente. He dejado de preguntarme si mis acciones, que entre tanta palabrería altisonante es lo único que vale, se corresponde a lo que dice el anarquismo o la teoría de los derechos humanos. Con ellos como parte de mis referentes, cada actuación es seguida por la pregunta si el paso dado me permitirá seguirlos mirando a los ojos y estar a la altura de su amistad.

Rafael Uzcátegui
Caracas, mayo de 2012

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s