Derecho a la alteridad

Rafael Uzcátegui

Hace algunos días una foto circulada en redes sociales mostraba a jóvenes propagandistas de la campaña de Capriles comiendo en una “Arepera Venezuela”, la cadena estatal creada por el gobierno bolivariano. Los comentaristas en vez de interpretar la imagen en positivo, el hecho que las obras de gobierno beneficien a sus críticos, lo hacían en negativo: resumiendo, la supuesta contradicción que adversarios del presidente Chávez fueran beneficiarios de sus políticas sociales. Los comentarios, generosos en adjetivos descalificativos, sumaban decenas en Facebook. Es una pena que la pugnacidad de la polarización instalada entre nosotros rebaje los argumentos a límites infantiles. Cantiflas en una de sus películas afirmaba para la posteridad: “Discutamos como caballeros, no como lo que somos”.

En diferentes debates acerca de la naturaleza de los gobiernos progresistas en el continente, algunos panelistas han perfilado una noción pertinente para este caso, la reivindicación de lo que denominan “derecho a la alteridad”, que palabras mas palabras menos significa la posibilidad de ser crítico de los gobiernos sin por ello perder derechos y disfrutar, sin ningún tipo de reconcomio, de sus políticas públicas. Como plantea Judit Bokser “Cuando una barbaridad se vuelve cotidianidad, perdemos frente a ella la capacidad de asombro; entonces, el olvido, la indiferencia o, peor, la costumbre  se convierte en la medida de nuestras circunstancias haciendo de toda posible  solución un ejercicio más de ‘buenas intenciones’. Frente a ello, no queda más  que bregar a contracorriente y continuar insistiendo en la absoluta amoralidad  de la persecución, la victimización y la  explotación de la otredad. Insistamos una vez más: la verdadera igualdad no radica en aceptar al que es como nosotros, sino al que no lo es”.

La vejación a lo diferente, a lo que no es como nosotros, necesita como precondición la deshumanización del que se percibe como adversario. La estigmatización bajo una etiqueta que resuma todo lo perverso del mundo (como “escuálidos” o “chaburros”) es base de la polarización. Sólo tras romper la posibilidad de identificarnos con el otro o la otra pudiéramos justificar, y hasta ser gratificados, con su eliminación simbólica o física. La supervivencia del maniqueísmo necesita el estrechamiento del campo perceptivo de los involucrados y la lógica castrense del amigo-enemigo.

Mala noticia para esta visión secularizada de la inquisición religiosa: Los tiempos de la modernidad, en las que una ideología ambicionaba la posibilidad de explicarlo y resolverlo todo, hace rato que terminaron. Después del 7 de octubre, nos guste o no, chavistas, opositores y ni-nis seguirán existiendo como actores políticos, con demandas y aspiraciones que una sociedad que se precie de democrática deberá atender debidamente. @fanzinero

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