Una normalidad parecida a un duelo (o viceversa). Crónica 01


Rafael Uzcátegui

La noticia, difundida en boca de Hugo Chávez, fue un balde de agua fría. Aquella rueda de prensa en cadena nacional se inició como tantas otras, con un presidente regodéandose en el arte de saltarse, a ritmo de anécdota y coloquio, la solemnidad de los protocolos. En los primeros 10 minutos había reconocido que bailó lambada. A los 20 que, no había sorpresa, formalizaba a Nicolás Maduro como vicepresidente de la república. Ni siquiera en su resumen de la enfermedad que padecía desde hacía varios meses, de la cual se había curado en otras tantas alocuciones, avisoraba la tragedia. En el momento que afirmó que necesitaba, con carácter de urgencia una nueva intervención quirúrgica y, por primera vez, reconocía que “algo pudiera pasarle”, aquella cadena se convirtió en trending topic. Cuando designó al vicepresidente como su heredero político, convocando a sus seguidores a convertirlo en presidente en caso de una nueva elección, fue la señal definitiva que aquella decisión era más significativa que de costumbre.


“Viviremos y venceremos” había sido una de las consignas de la campaña electoral que lo reeligió por tercera vez en la primera magistratura. Y a pesar de la menor participación del candidato en actos públicos, su presencia era omnipresente en todos los rincones del país. Los venezolanos y venezolanas tenían la noción de que padecía alguna enfermedad, pero la ausencia de un informe oficial servía para todas las especulaciones y acomodos de la realidad posible. Desde aquellos que pensaban que era una engañifa con fines electorales hasta quienes, en la otra acera, pensaban que se trataba de una nueva matriz mediática “de-la-oposición-imperialista”. Después de 13 años de gobierno, el Hugo Chávez de carne y hueso se ha vuelto cada vez más inaccesible para el ciudadano común. Como sucedáneo está su imagen repetida miles de veces en gigantografías de autopistas y caminos a lo largo y ancho del territorio, y en sus fotografías que vigilan todos los despachos públicos. Aprobando leyes a través de twitter y entregando viviendas desde un monitor, la revolución bolivariana era, esencialmente, televisada. Si se ausentaba por razones médicas, o por las que sea, no importaba: Chávez siempre estaba ahí, mirándote desde algún lado, recordándote que todo lo que existía, y lo que no, era por su obra y gracia. Cuando voceros de la oposición aseguraban que su enfermedad lo postraba durante largos períodos, aparecía súbitamente en cadenas presidenciales de 6 horas de duración. Si los rumores aseguraban que el cáncer, ahora sí, era terminal, trotaba junto a sus edecanes militares y declaraba que ya estaba curado.

Dualidades y religiosidad

El domingo 09 de diciembre Caracas amaneció con la resaca de la noticia. Las emociones se territorializaban, cónsona con la ciudad polarizada que ha sido en la última década, y la mayoría de actos culturales dependientes del gobierno central fueron suspendidos, incluso los más inocuos, como el circuito de paseo en bicicleta en el Paseo Los Próceres promovido por la alcaldía del municipio Libertador. Si buena parte de la ciudad no estaba de luto, era algo que se le parecía bastante. Durante el día no hubo más revelaciones. Los seguidores del presidente Chávez se congregaban en la Plaza Bolívar más cercana a rezar por su salud. En los medios los principales líderes políticos, de un lado y otro, le deseaban una pronta recuperación.

El lunes el centro de Caracas se tapizaba de dualidades. Visiblemente se preparaba para las navidades, bajo los pendones que la decretaban como “ciudad de la alegría” y la instalación de adornos luminosos en las avenidas. Los espacios de reunión públicos de oficialistas mostraban su actividad rutinaria. El dolor se mostraba intramuros, en las oficinas de los empleados de confianza, dentro de las paredes de las instituciones ministeriales. Con o sin ella, la pena debía exhibirse impúdica y públicamente, cortesía del culto a la personalidad. La calle, en tanto, aparentaba normalidad. En el bulevard Panteón se instaló una feria navideña con toldos y ventas de productos, donde la gaita en vivo sonó a partir de las 3 de la tarde. Esta actividad refleja con claridad la incertidumbre: El martes, día de la operación presidencial, era un desierto. El miércoles, cuando se había anunciado que la intervención había sido satisfactoria y el presidente iniciaba un largo y difícil camino de recuperación, sólo la mitad de los puestos estaban en funcionamiento. Y la programación de la tarima principal, que había planificado presentaciones de artistas varios, había sido suspendida hasta nuevo aviso. La propaganda bolivariana, de cara a las elecciones, comenzaba su intento de canalizar el momento hasta las urnas electorales, en un nivel de baja intensidad que no desmoralice la movilización roja el domingo 16D: “Regálale a Chávez un mapa de Venezuela pintado de rojo”, aludían las piezas publicitarias a página completa de los periódicos. “Chávez es inmortal” dibujaba el artista oficialista “El Tano”. Una corta e improvisada vigilia en la Plaza Bolívar finalizaba con el himno nacional cantado, a playback, por el zurdo de Sabaneta. Desde diferentes frentes comenzaba la ingeniería que busca consolidar al chavismo como una religiosidad popular.

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