Un compartir por José María Korta

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Rafael Uzcátegui

El 10.08.13 un grupo de amigos y amigas nos reunimos en la Organización Nelson Garrido (ONG) de Caracas para recordar la figura del hermano jesuíta José María Korta y hablar sobre su trabajo con las comunidades indígenas de Venezuela, especialmente las ubicadas en Amazonas y Bolívar.

Antes de esa reunión tenía un conocimiento muy general de Jose María. Sabía que era una referencia, sabía que tenía una vida de solidaridad con las etnias aborigenes, sabía que “estaba por ahí”. Pero dejó de estar “ahí” cuando un accidente segó su vida un mes atrás. Sin embargo mi desconocimiento no era una casualidad. En un país de estridencias sin sustancia, de riquezas mágicas y frivolidades producto de la renta petrolera, Korta siempre eligió el bajo perfil, el anonimato, el trabajo de hormiguita. Casi había que estar involucrado en su propia dinámica para saber, a ciencia cierta, en que andaba. Pero quienes lo sabían reconocían su sensibilidad y entrega por los más excluidos de la región más olvidada del país. En los últimos años tuvo un momento de fugaz celebridad al protagonizar, a los ochenta y tantos años, una huelga de hambre en solidaridad con la lucha yukpa por la autodemarcación de sus territorios y por la libertad de Sabino Romero. Lo curioso fue que Korta conocía bastante poco los territorios de la Sierra del Perijá.

En el evento aprendí varias cosas. Korta era de origen vasco y de profesión ingeniero. Cuando llegó a Venezuela en el país llovía maná petrolero, por lo que si se hubiera decidido a ejercer su profesión le hubiera ido endiabladamente bien. Sin embargo optó por un disciplinado ascetismo y por su vocación pedagógica en función de los más humildes, lo que lo llevó a ser uno de los fundadores del instituto Jesús Obrero de Fe y Alegría. Fue allí donde tuvo contacto con indígenas del Amazonas, con los que decidió convivir como un igual a partir de 1973. Porque Korta no era “padre” sino “hermano”, categorías que se prestan a la confusión para quienes no pertenecemos al universo religioso. Pero resulta que José María tenía una actitud que puede definirse como “anticlerical”, pues desconfiaba de la autoridad de las iglesias. Su referente era el propio Jesucristo de quien afirmaba que había venido al mundo “no a fundar una religión sino a propagar un estilo de vida de fraternidad entre los hombres”. Cuando explicaban esto en el compartir, todos estábamos más que atentos. Hay quien me dijo incluso que la visión de Korta era incómoda para algunos miembros de su propia congregación.

Su trabajo en el Amazonas le valió persecución policial, cuando fueron allanadas las instalaciones de su radio comunitaria -en tiempos en que realmente era una proeza gestionar una-, y política, cuando el llamado Grupo Sim, un cónclave de empresarios defendidos en la época por Allan Brewer Carías, lograron expulsarlo del estado Amazonas. La intención original era botarlo del país, pero al final lo decidido fue la prohibición de entrada a territorio amazónico por “desestabilizador”. Fue acá donde Korta se muda al estado Bolívar, donde impulsa el proyecto que mas resentirá su partida: La Universidad Indígena. Sucede que a José María siempre le preocupó el impacto de la civilización occidental sobre las comunidades originarias, pues con razón pensaba que terminaría por disolver y aplacar su cultura. Decidió promover un sitio en donde los indígenas, de varias etnias, enseñaran a sus propios pares lo que los hacía únicos y diferenciados. Nelson Garrido mostró las “cartillas” de la universidad, en donde creencias y costumbres de cada pueblo indígena estaban escritas en su propia lengua e ilustradas por dibujos realizados por integrantes de las comunidades. Su proceso de elaboración era mucho más interesante, pues debía ser validado tanto por la propia comunidad como por sus ancianos. Para Garrido estas cartillas de enseñanza constituyen “el trabajo antropológico mas arrecho realizado en Venezuela”.

La Universidad Indígena alcanzó legitimidad de hecho, pero sus promotores buscaron un reconocimiento gubernamental que a su vez significara el reconocimiento a los derechos de las propias poblaciones indígenas. Acá empezó un debate sobre los riesgos de la institucionalización, en donde Korta estaba del lado de los defensores de la autonomía. Finalmente el Ministerio de Educación reconoció al centro educativo, pero tras la partida de Jose María muchos preguntaron que iba a pasar en la ausencia de quien era uno de sus motores fundamentales.

Korta albergó las mismas expectativas que buena parte del país ante la victoria de Hugo Chávez. Sin embargo cuentan quienes convivían con él que en los últimos meses estaba sumido en una depresión debido a las contradicciones de la política oficial con el sector indígena. “En el extractivismo no hay izquierda ni derecha, lo que hay son negocios” recordó el padre Alfredo Infante como parte de su última conversación con José María.

El pasado viernes un acto en la Asamblea Nacional intentó encuadrar, dentro de la nueva historia oficial, el trabajo de José María Korta. Me alegró ser parte del homenaje de la gente de a pie a uno que siempre resintió los rangos y condecoraciones, y cuya vida intentó emular los modos del cristianismo primitivo. La vida, afortunadamente, es más compleja que los reduccionismos ideológicos. Con sus luces y sombras, como todo ser humano, Korta se inscribe en la tradición de esos religiosos que en América Latina apostaron por los marginados.

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