La defensa de los DDHH

protesta_29.07.09_2_webColumna de Provea en Correo del Caroní redactada por Rafael Uzcátegui

Ser defensor de derechos humanos no es cobrar un sueldo por trabajar en una Organización No Gubernamental (ONG). Tampoco es una simple profesión, o una gorra que se pone y se quita según convenga. Defender los derechos humanos (DDHH) es una opción de vida, una apuesta por establecer un piso mínimo para la dignidad de las personas. Por ello la Organización de Naciones Unidas afirma que un defensor o defensora de derechos humanos es toda persona cuya actividad redunde en mejorar la calidad de vida de otra. Por ello los líderes indígenas al ser defensores de derechos indígenas son también defensores de derechos humanos. Der la misma manera los sindicalistas, al defender a sus agremiados son defensores de derechos humanos.

Por esta razón en Provea hemos asumido la consigna “Todos los derechos para todos y todas”, que nos recuerda constantemente la vocación universal e inclusiva que debe tener un defensor. Muchos de nosotros venimos de participar en iniciativas sociales, y hemos aprendido que la defensa de derechos humanos amplia y enriquece nuestras propias perspectivas sobre lo que debería ser el mundo. Ya uno de nuestros fundadores, Raúl Cubas, lo dijo una vez, “El socialismo sólo será legítimo si pasa la prueba de los derechos humanos”.

Los derechos humanos se han convertido en el “deber ser” del mundo contemporáneo y globalizado. No hay calificativo más temible para un gobierno que ser identificado como “violador de derechos humanos”. Por ello, lamentablemente, el tema de los DDHH es tan propenso a la manipulación con fines inconfesables. Entre nosotros factores identificados tanto con el gobierno como con la oposición han intentado desnaturalizar la labor de defensa de los DDHH. A pesar de sus diferencias retóricas coinciden en el uso instrumental, parcial y sesgado de la Declaración Universal de los DDHH.

Por el lado oficial personas que tuvieron una labor destacada en el pasado dentro de ONGs defensoras de derechos humanos hoy criminalizan el trabajo de las instituciones de las cuales formaron parte. Si bien han ayudado que algunas políticas públicas incluyan perspectiva de DDHH, lo que es positivo, su presencia en la burocracia mejora en la medida en que desmeriten las denuncias sobre violaciones a los derechos fundamentales ocurridas bajo el gobierno del que forman parte. Entre su opción ideológica y la defensa de los DDHH han tomado partido por la primera, negando las precondiciones de la dignidad humana a las personas que no coinciden con su visión de mundo.

Del otro lado tenemos a personas que se han identificado como “defensores de derechos humanos” para apuntalar su figura en la construcción de una opción de poder político-partidista, instrumentalizando las denuncias no por su identificación con las víctimas, sino con el único objetivo de debilitar al gobierno al que se enfrentan. Estas personas niegan o minimizan la violación de DDHH ocurridas en gobiernos anteriores a 1998, así como también desestiman las denuncias sobre violaciones ocurridas bajo gestiones regionales de autoridades identificadas con la oposición.

La relación de la defensa de los DDHH con el poder implica un abierto conflicto de intereses. No se puede tener cargos de responsabilidad en un gobierno y a la vez ser un activista por la dignidad humana. En momentos de crisis, como se ha demostrado, o se defenderá al gobierno o se defenderán los derechos humanos. Puede haber, como los hay, funcionarios con sensibilidad en materia de DDHH, pero al ser parte de la estructura que debe garantizarlos, el Estado, no podrá ser a la vez juez y parte en situaciones de conflictividad.

La relación con el poder no es el único problema para un defensor de DDHH sino también la construcción de una hegemonía política que para serlo niegue la diversidad y heterogeneidad natural de la sociedad.  Una persona que asuma la defensa de los DDHH, como todos, ejerce sus derechos políticos y tendrá sus opciones personales. Pero la apuesta por esta alternativa entra en conflicto si en el camino al poder, o en el mantenimiento de este, asuma como estrategia la vulneración de los derechos de quienes no se adhieran a ella. Parodiando a Graham Greene, un activista debe defender los derechos humanos aunque eso comprometa a su ideología.

El tiempo, como todo, pone a cada cosa en su lugar y le quita el velo a quienes defienden DDHH sólo por oportunismo. En un mundo donde los intereses de las minorías, la apuesta por los más desfavorecidos y la defensa de las particularidades cobra relevancia, defender valores universales para la dignidad humana, independientemente de las creencias, color de piel, clase social y opinión de los beneficiarios debe reinventar la manera de relacionarse entre las personas cuando se ha demostrado, con creces, las limitaciones de las respuestas exclusivamente ideológicas para la resolución de los antagonismos. Por ello, en la Venezuela del futuro, la defensa de los DDHH tendrá un papel destacado en la despolarización del país.

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