Nodos & Redes: Domingo Alberto Rangel, Ingobernable

DAR 005

Rafael Uzcátegui

Cuando el teléfono sonaba a las 6 y 45 de la mañana sabía que era el viejo Domingo, Domingo Alberto Rangel. Habíamos hecho amistad luego de una entrevista en mayo del 2002, cuando el desconcierto por el “Carmonazo” me sugirió buscar las opiniones de la izquierda más independiente para un libro de entrevistas que nunca salió. Aquel encuentro, en el Gran Café de Sabana Grande, me reveló a un excelente conversador con un amplio conocimiento de muchos temas, con opiniones agudas y divertidas sobre la clase gobernante, pero también a un intelectual que a pesar de ser quien era, parte de la historia de este país, no tenía casi interlocutores. Domingo no calzaba en las únicas dos identidades políticas permitidas en ese momento: “Chavista” y “Opositor”, por lo que habitaba una isla en el no-lugar en que se había convertido la discusión pública en Venezuela. Hugo Chávez se refería a él con respeto en sus alocuciones interminables. Como respuesta, Domingo insistía en sus columnas de prensa que su “revolución” era una farsa. El desplante del autor marxista más prolífico del país nunca fue perdonado por el bolivarianismo. Cuando falleció, la primera necrológica de la Agencia Venezolana de Noticias decía: “En la década de los sesenta, Rangel fue miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), aunque sus posturas progresistas fueron variando hacia el libre mercado”.

Alzado contra todos

Domingo tuvo una vida de 89 años, como tituló a su autobiografía, “Alzado contra todos”. Oriundo de la ciudad merideña de Tovar, era iconoclasta hasta con su gentilicio. En las conversaciones cuando quería referirse a personas conservadoras y religiosas aludía a “las beatas de Tovar”, o cuando después de pagar aquellos cafés grandes y oscuros que tomaba por litros, añadía “Gocho que no es pichirre no es gocho”. Oriundo de una familia acomodada, Domingo pudo dedicarse a cultivar su intelecto, pasando a formar parte de las filas de Acción Democrática, tiempo después de su fundación, cuando estudiaba la carrera de derecho en la Universidad de Los Andes (ULA). Cuenta la leyenda que Rómulo Betancourt admiraba la febril oratoria del joven andino, lo cual le permitió en 1959 ser uno de los diputados más jóvenes de la naciente democracia. Un año después, junto a buena parte del sector juvenil adeco más radicalizado, funda el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Seguidamente, combinó la política, el periodismo, la docencia y la investigación. Rangel publicó numerosos libros sobre historia venezolana contemporánea, uno de los más recordados “Los andinos en el poder”, sobre la primera mitad del siglo XX venezolano. En total sus libros se acercan al centenar, los últimos coeditados por su iniciativa “Editores Mérida”.

Ética franciscana

Domingo Alberto Rangel fue un activista de izquierda de toda la vida, con cuyas tendencias mantuvo un fecundo y polémico diálogo. Frecuentó a personajes como Fidel Castro y Ernesto Guevara, manteniendo relaciones con todos los movimientos insurgentes de la región. En 1983 fue parte de la organización de la presentación del llamado “Libro Verde” de Muamar el Gadafi, con quien rompió públicamente tras opinar que había traicionado sus propios postulados. Domingo siempre decía que los revolucionarios debían tener “ética franciscana”, por lo que era vertical en sus principios. Tras visitar a Hugo Chávez varias veces en la cárcel y constatar la materialización de su pensamiento, rompió todo vínculo con el bolivarianismo. Sobre el caudillo de Sabaneta acuñó una frase que repito si la ocasión lo permite: “Chávez es un adeco extravagante”. Hoy podemos afirmar que todas y cada una de sus predicciones sobre el devenir del llamado “Proceso” han sido cumplidas. Por ejemplo, la del surgimiento de una nueva élite. Porque fue Domingo el que usó por primera vez el término “boliburguesía” para describirlo y una de sus obras sin acabar era precisamente un libro para describirlos. Sin embargo, tampoco otorgaba indulgencias a los enemigos de sus enemigos. Estando de visita en su hogar, esa quinta de Altamira congelada en el tiempo adquirida en sus días de diputado, recibió una llamada telefónica. Por esos días el partido Bandera Roja había anunciado su incorporación a la llamada “Coordinadora Democrática”.  Uno de sus voceros lo llamaba para conocer su opinión. Al viejo le cambió el rostro: “Usted y yo hemos terminado relaciones” espetó, antes de colgar el teléfono.  Domingo, que siempre había combatido a los adecos y copeyanos, se alejó de sus amigos que, como el expresaba, “se banqueteaban” bajo el chavismo. Su ostracismo fue mayor cuando, debido a diversas enfermedades por su edad, debió dejar de frecuentar el Gran Café y recluirse en su casa. Allí leía Le Monde todos los días, gracias a una suscripción regalada por una hija, y seguía el curso de los acontecimientos a través de diversas publicaciones. En tiempos de internet, Domingo seguía actualizándose analógicamente, lo que le permitía redactar  sus columnas de prensa en su vieja máquina de escribir Remington. Nos consta que Domingo intentó durante varios meses obsequiar su biblioteca personal a la UCV, quienes nunca desplegaron la logística necesaria para retirar aquella colección impresionante de libros de economía y política. Cuando se decidió ofrecérsela a la UCAB, al día siguiente los camiones estaban en su casa para desmontar aquella estantería. Durante sus últimos días fue un colaborador del periódico El Libertario.

El legado de Domingo Alberto Rangel hoy no es reivindicado por nadie, tanto así que no existe una entrada a Wikipedia con su biografía. Sume usted todos los libros de los “intelectuales del proceso” y no llegaran a la mitad de la obra del tovareño ingobernable. Quizás, precisamente por eso, conviene ningunearlo y pretender que una persona como él, nunca existió.

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