Nodos & Redes: Una cayena blanca para Howard Clark

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Rafael Uzcátegui

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En Venezuela tenemos un sentido particular del tiempo. Al vivir al filo del vértigo, con acontecimientos y tragedias desarrollándose cada minuto (un asesinato cada media hora para ilustrar ejemplos), rescatar lo que hicimos hace un año parece una tarea titánica. Es por eso que me cuesta recordar cuando conocí a Howard Clark, ese pacifista inglés irreductible, alto y ancho, que hasta la hora de su muerte presidía la red antimilitarista más antigua del mundo. Decidí poner como hito mi foto más antigua con él. Aparecemos almorzando juntos, al aire libre, en el campus de la Universidad Gujarat Vidyapith, fundada por el propio Mahatma Gandhi en el año 1920 para iniciar a la juventud en la lucha pacífica por la independencia del imperio británico. La Internacional de Resistentes a la Guerra (IRG) había organizado allí su reunión trienal, bajo el nombre “Vínculos y estrategias: Luchas noviolentas y supervivencia local versus el militarismo global” y yo había asistido como venezolano para intervenir en el  foro “Militarismo y proyectos de desarrollo energético en América latina”. Comíamos la suculenta comida condimentada bajo los árboles, divertidos con la cantidad de monos –un animal sagrado e intocable en la región- que se paseaban a sus anchas por la Universidad y que, de tanto en tanto, tomaban una fruta descuidada en alguna bandeja. Howard aparece haciendo una mueca divertida, con esa simpatía tan suya, y yo celebrándola.

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El obituario del periódico inglés The Guardian afirmó que Howard era “un pacifista radical y activista por la paz de tiempo completo, organizador e investigador”. Desde 1968 participaba en grupos antimilitaristas, y muchos lo recuerdan como un entusiasta distribuidor del mensuario Peace News. Ayudó a la fundación del grupo Greenpeace Londres –famoso por su largo juicio contra Mc Donald´s-, la Campaña contra el Comercio de Armas y la energía nuclear así como la retirada británica de Irlanda del Norte, por nombrar sólo algunas de una vasta trayectoria. Desde 1985 trabajaba en la oficina londinense de la IRG. 11 años más tarde, se mudaba con su familia a Madrid, sin por eso perder su vínculo con la red cuyas conexiones vinculaban a más de 40 países en la lucha por un mundo sin guerras. En diciembre de 2013 una llamada telefónica nos daba la mala noticia: El Congreso de la IRG en Suráfrica de julio de 2014, con el que Howard estaba tan ilusionado, debía hacerse sin su presencia física. Una parte importante de la memoria de las luchas contra el militarismo en el mundo, también se iban con él.

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En mayo de 2011 Howard estuvo en Caracas. Desde la presidencia de la IRG ya venía mostrando preocupación por la creciente militarización del país, contribuyendo a visibilizar la situación entre activistas por la paz alrededor del globo. Desde el 2005, por lo menos, tomamos contacto con la red. Pensamos que su declaración “La guerra es un crimen contra la humanidad. Por ello me comprometo a no apoyar ningún tipo de guerra, y a luchar por la eliminación de todas sus causas”, nos brindaba –entre otras cosas- un auditorio sensible con el particular proceso político experimentado en Venezuela. Paradójicamente no fue fácil. Descubrí que el movimiento pacifista internacional estaba compuesto por tres tendencias: La religiosa – de la cual los metodistas y cuáqueros eran los más activos-; la neo-socialista y la anarquista. Con los últimos me sentía en familia, pero los segundos estaban signados por su perspectiva antiimperialista tradicional sobre los conflictos que se desarrollaban en el mundo. Esto traía como consecuencia una amplia benevolencia, para decirlo con elegancia, con el militarismo de los países periféricos “insurrectos” contra el Tío Sam, como para ellos era el caso de Venezuela. Howard sin embargo, veterano de la Guerra Fría, estaba claro con lo que había representado el ejército y los caudillos en tiempos de la emergencia de los llamados “socialismos reales”, y el ambiente de la oficina de Londres que incluía a Andreas y Javier, dos libertarios que almorzaban comida vegetariana en la terraza cuando el ambiente lo permitía, era flexible y agradable. Durante su estancia en el Caribe Howard y su equipo se reunieron con la Cooperativa Cecosesola en Barquisimeto –que fue una fuente de inspiración para su trabajo futuro-, con víctimas de abuso policial y militar, entre ellas los familiares del Caracazo agrupadas en Cofavic,  y además con la Coordinadora Cultural Simón Bolívar del 23 de Enero en Caracas, donde pudieran escuchar la versión de quienes, con armas en la mano, estaban dispuestos a defender al gobierno bolivariano. En aquella apretada agenda de trabajo Howard participó en un seminario sobre del derecho a la protesta pacífica, fue entrevistado en el canal Globovisión por el periodista William Echeverría, conoció los zancudos de Rio Chico, se aficionó a la “Maltín” Polar y terminó viendo un partido del equipo de fútbol de sus tormentos, el Chelsea, en un restaurant chino de la Avenida Victoria. De aquella estadía la delegación de la IRG realizó un pequeño informe que fue traducido en varios idiomas y leído por activistas pacifistas en Corea del Norte, Suecia, India, Alemania, Macedonia, Israel, Palestina y, quizás, Estados Unidos.

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El militarismo ha cambiado mucho desde los días de la Segunda Guerra Mundial y la confrontación este-oeste. Hoy los ejércitos se han profesionalizado y tecnificado, lo que incluye la utilización de “drones” para tareas de guerra, la amenaza del uso de armas nucleares ha disminuido y el servicio militar obligatorio es un arcaísmo en los pocos países donde aún subsiste. Sin embargo, los valores que sustentan el militarismo y la guerra se encuentran, más que ayer, internalizados en la política y la vida cotidiana. La Internacional de Resistentes a la Guerra, y el resto del movimiento pacifista y antimilitarista –con todas sus tendencias y expresiones- aun tiene trabajo por delante. Pero tendrá que asumirlo sin los aportes y experiencia de activistas como Howard Clark, que han dejado un legado que, como decimos en esta parte del mundo, “nadie podrá quitarle lo bailado”. Una cayena blanca para su recuerdo.

Publicado en Contrapunto.com

 

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