El deseado renacimiento verde

rafael_cvRafael Uzcátegui

Desde finales de los ochentas y comienzos de los noventas el movimiento ecologista venezolano se había fortalecido y expandido por todo el país. Decenas de grupos, organizaciones y redes, a diferentes niveles, tenían una agenda de reivindicaciones amplia que en ocasiones confluía para incidir en temas de interés general. Cuando internet daba sus primeros pasos y no era muy conocida la teoría organizacional de redes, ya los grupos ecologistas habían tejido su propia telaraña de relaciones. Fruto de ello fue la organización en red “Unión Nacional Ecológica Social” (UNES), de la cual Jorge Padrón (hoy al frente de la organización Chunikai) fue uno de sus voceros.

De esta manera el movimiento verde criollo protagonizó luchas importantes en el país. En el año 1992 confluyó en una marcha nacional hacia Caracas para presionar por su propuesta de aprobar una Ley Penal del Ambiente, que finalmente fue legislada por las autoridades significando un triunfo para los ambientalistas. Años más tarde, en tiempos de Caldera II, de nuevo los amantes de la naturaleza se movilizaron, mediante diferentes estrategias, para detener la apertura de minas y extracción maderera en la selva de Imataca, norte del estado Bolívar, que por decisión gubernamental había sido eliminada de la figura de “reserva forestal”.

Por supuesto, no era un movimiento perfecto y había sus tensiones internas, lo que era natural dada la diversidad de tendencias que lo conformaban, desde ambientalistas light contentos con recoger basura de las playas y promover el reciclaje de desperdicios, pasando por todo el arcoiris ecologista y llegando a los partidarios de la liberación animal, aguerridos detractores de las corridas de toros y peleas de gallos. Sin embargo, de manera autónoma habían logrado crearse espacios de encuentro, una identidad común y mínimamente un discurso compartido, por lo que si la coyuntura lo ameritaba, podían acordar estrategias colectivas.

La llegada al poder de Hugo Chávez, paradójicamente, acabó con el movimiento. La defensa de los pemones que habían derribado torres eléctricas en rechazo al proyecto del Tendido al Brasil, en 1999, fue la última de sus peleas. La nueva Constitución y el recambio burocrático generaron expectativas dentro de los activistas. Algunos pasaron a la nómina gubernamental. Seguidamente, como ocurrió con el resto de los movimientos sociales, la polarización política fragmentó y neutralizó lo que había sido un tejido con amplia capacidad de convocatoria.

Como enseñanza nos queda que el problema no es que los activistas tengan su preferencia política partidista, sino que esta no debe eclipsar su agenda de reivindicaciones. Hoy, tras la disminución de funciones del Ministerio del Ambiente, la refundación de un movimiento ecologista, con una propuesta propia de país, es una necesidad. Incluso un pensamiento auténticamente ambiental despartidizado puede ser un aporte importante en la también ineludible despolarización de la sociedad venezolana. Proponemos uno de los temas: La Venezuela más allá del petróleo. (Publicado en el diario 2001)

 

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