Otro país en el páramo

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Rafael Uzcátegui

Un reciente viaje por, como diría el poeta de Chachopo a Apartaderos, nos reveló un país con menos deterioro que el resto. Incluso, salvo algunos productos puntuales, con menor grado de desabastecimiento. En Mucuchíes abastos y mercados ofrecían, además de la Pan, dos o tres marcas locales adicionales de harina precocida. Si bien había problemas la situación política y económica no había alcanzado el dramatismo del resto del país. Con varios conocidos, también recurrentes de la cordillera merideña, hemos coincidido en que la cultura del trabajo instalada históricamente entre la población “gocha”, la inexistencia de recursos energéticos, cuya una de sus consecuencias es la cultura rentística, y la débil intervención del Estado se han conjugado para que la economía y las relaciones sociales de esa parte del país sean mucho más saludables que la del resto. La gente está acostumbrada a trabajar la tierra, incluso en condiciones climáticas y geográficas hostiles, estableciendo sus propias redes de distribución e intercambio de productos. Si el gobierno de turno otorga créditos y beneficios para el agro en la zona, muy bueno, algunos los aprovecharán. Pero si no hay elecciones y la intervención estatal es mínima, los campesinos seguirán labrando la tierra como lo aprendieron de sus padres y abuelos. En segundo término la idiosincrasia andina ha generado suficientes anticuerpos para resistir los antivalores del mal-gobierno (y por las evidencias todos lo son). El apego a la religiosidad, básicamente cristiana, es la expresión visible del apego a una serie de principios para la vida que nos recuerdan las lecciones de Durkheim sobre la importancia de los ritos y símbolos espirituales para la sociabilidad. Las anécdotas abundan, y nos hablan de una región del país que sigue siendo amable y cortés con las visitas, solidaria con los necesitados y cuyo referente de superación sigue siendo el esfuerzo propio. Es decir, lo que hasta hace algunos años asegurábamos –ya no- que era el alma de la venezolanidad.

La ausencia de “Cheverito” era palpable: monumentos como la iglesia de piedra de San Rafael de Mucuchíes se cuidaban solos. Quizás por esa inexistencia era que el turismo, comparándolo con otros destinos, seguía funcionando. Las muestras de las intervenciones gubernamentales recientes han sido lamentables. Por ejemplo las casas de plástico, “Petrocasas”, intermitentemente esparcidas en la carretera trasandina, genialidad de algún burócrata caraqueño, o los conjuntos residenciales de la Misión Vivienda que resuelven un problema, el déficit habitacional, a costa de crear otro: ponerse de espaldas a la arquitectura tradicional andina, que hace rato debió haberse declarado patrimonio cultural de la nación. Los profetas del desastre deberían visitar el páramo: hay un país, silente, del cual el resto tendríamos bastante que aprender. @fanzinero

 

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