DDHH y anarquismo

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Rafael Uzcátegui

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En los últimos días, a raíz de mi designación como Coordinador General de Provea para el período 2015-2018, varias personas me han hecho la pregunta “¿Cómo un anarquista defiende los derechos humanos? Como soy parte de quienes han promovido la versión antiautoritaria del socialismo, conocida como anarquismo desde el siglo XIX, comparto mis reflexiones.

Sólo un párrafo para aclarar que anarquismo es una propuesta que conjuga la justicia social con la libertad para las personas, disolviendo las relaciones de dominación entre los individuos. Siendo la rebelión permanente contra todo autoritarismo, los anarquistas o libertarios –como también se denominan- han identificado al Estado como el dispositivo central y la red de relaciones sociales que permiten el mantenimiento de la injusticia. A pesar de su invisibilización, anarquismo y anarquistas han realizado importantes aportes a la historia de la humanidad, desde las sociedades de socorro mutuo que fueron los embriones de las organizaciones sindicales, sus aportes para una pedagogía menos coercitiva, formas de organización asamblearias y horizontales hasta la obra concreta de personas como Dario Fo, Albert Camus, Ricardo Flores Magón, Gonzalez Prada, Emma Goldman por citar sólo algunas.

La teoría tradicional de los derechos humanos ha delegado en el Estado la responsabilidad de garantizarlos. Muchos de sus activistas intentan fortalecer el llamado “estado de derecho”, proponiendo leyes que faciliten el acceso a los mínimos de la dignidad humana, sancionando delitos de tortura y violaciones al derecho a la vida. Para ellos el denominado cabildeo institucional y el dialogo con las autoridades tiene como objetivo el diseño de políticas públicas con perspectivas de derechos humanos. Esta interpretación vigorizaría la propia función estatal de administrar las relaciones sociales.

Un énfasis diferente sería en sentido contrario: Destinar la mayoría de los esfuerzos en acompañar a los afectados por la acción del Estado: las víctimas de violaciones a los DDHH. La propia historia de Provea como organización se ha caracterizado por su labor de acompañamiento a los colectivos sociales afectados, jerarquizando como beneficiarios de su acción a los más vulnerables. La mirada de Provea al trabajar de manera privilegiada los denominados derechos sociales, la ha motivado a calificar a la pobreza como la situación de mayor violación a la dignidad humana, lo que ofrece una interpretación favorable para equilibrar el trabajo por derechos civiles y políticos –especialidad de la mayoría de las ONGs venezolanas- sino para reivindicar la universalidad de los derechos.

He reconocido en diferentes oportunidades que la dedicación por los derechos humanos ha mejorado mi propia visión del anarquismo. Al atender a tantos casos particulares, en diferentes puntos del país, darme una mejor idea de la complejidad de la experiencia humana. Y como consecuencia, el valor de la diversidad y la tolerancia. Que la libertad como valor supremo significa, también, la libertad de ser y pensar diferente a uno. Pensadores acratas como Tomás Ibañez han descrito lo contraproducente y negador, de cualquier atisbo de libertad, la imposición de una idea de “emancipación” a los demás. Esto no es fácil de entender para quienes, como la mayoría de quienes nos hemos educado bajo la influencia del cientificismo, necesitamos un método racional acabado para abordar la realidad.

Un segundo aporte personal del activismo en DDHH ha sido la experiencia del apoyo desinteresado y sin condiciones, base de la verdadera solidaridad, diferente a la que se brinda sesgadamente sólo a los del propio partido, que es la más frecuente. Una solidaridad mediatizada que al final es fidelidad con la ideología y no sensibilización con la persona de carne y hueso.

Siendo la estrategia de Provea brindar las herramientas para que los afectados sean los protagonistas de su propio proceso de exigibilidad de sus derechos, de allí el término de “acompañamiento”, los activistas limitan su propia “autoridad” como portadores de un conocimiento, algo llamado derechos humanos. Es por ello que las víctimas y sus familiares siempre tendrán la primera y última palabra sobre el qué hacer. Es en este movimiento de lucha contra una injusticia, de rebelión contra una inequidad, que las víctimas dejan de serlo y se transforman en otra cosa. Y cuando se ponen de acuerdo con otras personas que han sufrido situaciones similares para actuar juntos, se generan las condiciones para la creación de relaciones diferentes a las de dominación: Iniciativas democratizadoras y potencialmente libertarias que renueven los cimientos de la propia sociedad. Esta capacidad que hombres y mujeres sean dueños de su propio destino es lo que han defendido los anarquistas de toda la vida.

Anarquismo no es un corsé ideológico ni una etiqueta –de allí su vigencia. Son valores de libertad y justicia social que deben ser vividos, lo más intensamente posible, por personas de todas las procedencias imaginables. Y si entendemos a los derechos humanos como el piso mínimo para la dignidad humana, son un campo fértil para su realización.

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