Nodos & Redes: Guillermo López: editor orgullosamente pirata

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Rafael Uzcátegui

Yo conocí al primer editor de libros piratas en Venezuela. Su nombre era Guillermo López, una persona oriunda de España que, como muchos de su generación, abandonó aquello huyendo de la larga noche del franquismo. Conversé con él por primera vez en su casa, en el corazón del estado Yaracuy, donde también funcionaba su sello editorial “Libros Apolo”. De contextura delgada, alrededor de un metro sesenta de estatura, perfil de nariz aguileña y sempiterno cabello encanecido pues ya había pasado, hacía rato, los 60 años. No obstante una férrea autodisciplina basada en la comida natural y ejercicio, lograba lo que muchos veinteañeros de la época, como yo, no podían a pesar de sus esfuerzos: Subir la cuerda de gimnasia, hasta el techo, que colgaba de uno de sus galpones de libros. Autodidacta feroz, Guillermo tenía amplios conocimientos de aritmética, física y astronomía. Anticipándose años a los argumentos 2.0, fue el primero que me habló acerca del conocimiento como patrimonio universal y la necesidad de ponerlo, mediante la lectura, al alcance de todos. Por eso se convirtió en editor, para estimular el acceso a los libros. Empezó a editar, sin licencia, clásicos de la literatura para venderlos a bajo costo. Y como aquello tuvo la demanda suficiente para que el catalogo se ampliara, Libros Apolo inauguró el mercado de la piratería en el país, que pronto tuvo una competencia que, por malas artes, allanamientos y decomisos, querían el territorio que él había sembrado como un pionero. No pudieron.

Abstemio, vegetariano y anarquista

Guillermo era, políticamente, un anarquista. Lo cual era coherente con su naturismo, ascetismo, ateísmo y aprendizaje no escolarizado. Entró a Venezuela por Puerto La Cruz, en un año que si me comentó no recuerdo, y a pesar de no tener título alguno trabajó durante años en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) como bioanalista e investigador. Luego pasó a Valera, influenciado por Ivan Illich y la búsqueda de una vida comunitaria cercana a la naturaleza. Cuenta la leyenda que sus primeras ediciones trataban sobre la promoción de las actividades deportivas, y que sus primeras nociones sobre la distribución de publicaciones fueron representando, por estos lares, revistas humorísticas ibéricas. Durante un período fue el responsable de que las publicaciones más avanzadas del socialismo antiautoritario en habla castellana circularan en Venezuela: Comunidad (Uruguay), El Viejo Topo y Bicicleta (España). Aquel extraño ácrata, mezcla de Tolstoi con Stirner, prefirió mantenerse alejado de las polémicas del exilio anarquista español en Venezuela que traía en sus maletas, como parte del equipaje, las polémicas y fantasmas consecuencia de la derrota de la Guerra Civil Española. Mientras en Caracas catalanes y madrileños se disputaban la concesión de la CNT, el creó su acracia particular en Nirgua. Allí acudieron, durante buena parte de los 90´s, la muchachada proto-anárquica e irreverente que hacía sus campings y convivencias en aquellos terrenos fértiles. Allí llegó de todo, desde los que buscaban su lugar en el mundo, los indigestados de lecturas universitarias hasta los pícaros. Estos últimos sacaban en consignación lotes de libros para la venta que nunca pagaban. Sin embargo, el viejo les seguía fiando. Nunca abandonó la expectativa que la juventud de alguna parte tuviera la intención, genuina, de cambiar las cosas para mejor. Cuando no veía candidatos aquí, los buscaba en las Exposiciones Universales, a las que asistía con la secreta esperanza de encontrarlos.

Librería de pueblo itinerante

Libros Apolo, con o sin sello editorial, no sólo puso al alcance de mucha gente las obras de Rómulo Gallegos, Miguel de Cervantes, Erich Fromm o García Márquez, en formatos de bolsillo, papel económico y bajo costo, en aquellos días un tercio del PVP de la edición original. También promovió títulos de cultores criollos del naturismo como Lutecia Adam o Keshava Bat. Gente de 40 ó 50 años debe recordar aquella larga camioneta pick-up que desembarcaba aquellas ediciones en todas las ferias de pueblo del centro-occidente del país sobre mesones portátiles. Sin embargo, los potenciales lectores se castraban por esa parte de la cultura petrolera que grita que, con tanto pozo y tanta mina, el conocimiento es menos importante que un buen amigo en el partido de gobierno. Con los años Guillermo bajó sus propios estándares y se alegraba que la gente leyera aunque fuera algo, sea lo que sea. Por ello, y por mantener las cuentas en cualquier color que no fuera rojo, progresivamente incorporó los libros de autoayuda y metafísica en su inventario. Para los soberbios, que es lo que más abunda en la juventud revolucionaria, eso era “prueba irrefutable de su carácter pequeño-burgués”. Por el otro flanco estaban los que estaban en el mundo de la piratería editorial exclusivamente por negocio, usando la siempre corruptible policía venezolana para hacer operativos con mucha prensa, vaciar los galpones de Libros Apolo y así asegurarse lo que en términos capitalistas se conoce como monopolizar el mercado.

Guillermo falleció el 3 de julio de 2012 en Valencia. Sus restos, como deseó, fueron cremados. Durante dos décadas, por establecer un tiempo, fue el editor pirata más importante del país. Los lectores compulsivos del país deben tener en su estantería algún 1984, El coronel no tiene que le escriba, El arte de amar o Casas Muertas de su factura. En sus días de Nirgua me dijo, cuando la conversación giraba en torno al ateísmo agnóstico, que no era el alma de las personas la que trascendía, sino el recuerdo y la influencia de sus acciones en las personas que lo habían conocido. El tiempo ha demostrado la inconsistencia de los “revolucionarios” más estridentes y sectarios. Por mi parte, mantengo el referente de aquel individualista anarquista cuya propia vida demostró que la alteridad, a pesar del entorno hostil, era posible. (Publicado en Contrapunto.com)

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