Nodos & Redes: Kurt Wilckens, el ángel vindicador

Rafael Uzcátegui

Un militar asesinado a sangre fría en medio de la calle. Así comienza la película “La Patagonia rebelde” (Argentina, 1974), cuyo guion se ha inspirado en los cuatro volúmenes de la obra “Los vengadores de la Patagonia trágica”, escrita por el historiador Osvaldo Bayer sobre las huelgas obreras ocurridas en La Patagonia en 1921. La víctima es el teniente coronel Héctor Benigno Varela, cuya orfandad frente al tirador podía despertar solidaridades equívocas de entrada, que el film se encarga de desmontar a través de su hora y 42 minutos de duración. Varela comandó una misión militar encomendada por el presidente Hipólito Yrigoyen para aplacar, por todos los medios posibles, las huelgas que protagonizaban los trabajadores rurales por la mejora de condiciones laborales. El resultado fue un aproximado de 1500 obreros muertos, la gran cantidad de ellos fusilados por el ejército argentino. Las narraciones sobre la carnicería despertaban la indignación del movimiento obrero en la capital del país, especialmente dentro del sector anarcosindicalista, impresas en diarios como “La Protesta”, cuyos cien mil ejemplares impresos cada 24 horas dan una idea de la popularidad de las ideas bakuninistas en la época.

Uno de los lectores de La Protesta era un pacifista, tolstoiano y vegetariano de origen alemán llamado Kurt Wilckens. Su dolor por lo que leía llegó al punto de preparar, de manera solitaria, un atentado contra el que consideraba el mayor responsable de la masacre. Para el 27 de enero de 1923 Wilckens lo tenía todo preparado. Al divisar a su objetivo, a la salida de su domicilio, en el barrio de Palermo de Buenos Aires, le arrojó una bomba y fracciones de segundo antes de que explotara vio horrorizado como una niña de 10 años, Maria Antonia Pelazzo, se atravesaba entre el artefacto y el militar. Lo que ocurrió describe por si sólo la naturaleza del alemán: Cubrió con su cuerpo a la menor por lo que sus graves heridas lo dejaron en el sitio. Aun así alcanzó a sacar una pistola y propinar 4 tiros al teniente coronel. En la cárcel, postrado en una cama, Wilckens es asesinado por un antiguo policía de la Patagonia y miembro de la Liga Patriótica Argentina, Ernesto Pérez Millán. Alegando demencia, Millán es recluido en un Hospicio, donde a su vez fue asesinado dos años después por un interno de nombre  Esteban Lucich. Las sospechas sobre la autoría intelectual de este crimen recayeron sobre el anarquista de origen ruso Germán Boris Wladimirovich, quien es torturado hasta la muerte. Su silencio estoico no revelaría si había urdido el plan en complicidad con otros.

Germano, místico y ácrata

La vida de Kurt Wilckens aumentó el aura romanticista que han hecho de los anarquistas los personajes individualistas utópicos preferidos en las películas de todos los tiempos. Sin embargo, para mucha de la juventud argentina es sólo el rostro que aparece en el disco “El arte del romance” de la banda de punk-hardcore Fun People.  El 21 de mayo de 1953, en una carta escrita desde prisión para explicar las motivaciones de su hecho, plasmó: “No fue venganza; yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. ¡Pero la venganza es indigna de un anarquista! El mañana, nuestro mañana, no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras; afirma vida, amor, ciencias; trabajemos para apresurar ese día”.

Como bien documenta Bayer en el cuarto volumen de su obra, Wilckens nació en 1886 en Bramstedt, Alemania. Hijo de la alta burguesía de la ciudad, hace el servicio militar en 1906 cuya experiencia lo hace repudiar todo lo relacionado con la guerra. En 1910 viaja a Estados Unidos, lee marxismo y recorre todo el país como mochilero, donde conoce otros transhumantes como él, pero de ideología anarquista. Es allí donde se interesa por las ideas libertarias y hace de León Tolstoi su autor favorito. Recorre fábricas como obrero y agitador. En una de ellas protagoniza un episodio memorable. En la fábrica de turno envasaban pescados en escabeche y en conserva con dos calidades: Una para los que podían pagar más y otra de bajo costo, con los residuos de la anterior, destinada a los consumidores de bajo salario. Durante varias semanas Wilckens confabuló para que las mejores partes fueran envasadas en las latas cuyo destino eran los almacenes obreros. Tras protagonizar diversos incidentes, es expulsado de Estados Unidos en 1920 hacia Alemania, donde aprovecha para una corta visita a su familia y rechaza, a favor de sus hermanos, la herencia materna que le hubiera deparado una vida sin preocupaciones materiales. A los días aborda un barco rumbo a la Argentina, cuyo puerto pisa el 29 de septiembre de 1920. Inmediatamente se inserta en el movimiento anarquista porteño, trabaja como peón y estibador, y vive en barrios obreros donde comienza a forjar una personalidad que, todos los que lo conocieron, describen como mística. Diego Abad de Santillán cuenta que con frecuencia se quitaba el pan de la boca para mandar dinero para los presos políticos.

En el 2007 visité, en el cementerio de la Recoleta de Buenos Aires, la tumba de Hector Varela la cual deben limpiar constantemente de los graffittis dejados por quienes aún recuerdan a Wilckens. En una de sus últimas cartas, dirigida al propio Santillán, escribió “No debemos intentar buscar lo malo en una acción o en una palabra que nos parece poco clara. Uno que anda a la pesca de lo malo, es por lo general incapaz de un buen pensamiento. El odio transforma a supuestos revolucionarios en enemigos, tal vez inconscientes, de la revolución. Sólo ama la verdad el que combate a la mentira”. (Publicado en Contrapunto.com)

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