Hegemonía y banalidad

hannah-arendt--644x362Rafael Uzcátegui

Intentando comprender las razones que habían conducido al Holocausto, la intelectual alemana Hannah Arendt llegó a una conclusión estremecedora: Las acciones más perversas pueden ser realizadas por individuos normales, sin ningún tipo de desviación psicótica, ubicados en un contexto burocratizado donde los actos son mecanizados y carentes de toda significación moral o ética sobre sus efectos. Como se describió en el libro “Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal”, el responsable de la llamada “solución final” no era un ser diabólico sino un eficiente funcionario, admirador de Kant, alérgico a la violencia y diligente en cumplir órdenes, un ser banal al que la irreflexión “le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo”.

Lo que pasa entre nosotros está años luz de la Alemania de principios de los cuarentas, pero la conducta delineada por la autora de “Los orígenes del totalitarismo” sirve para explicar la razón burocrática autoritaria hoy presente dentro del madurismo-cabellismo gobernante, cuando tras la ausencia de su único vínculo con la realidad –Hugo Chávez Frías- insisten con el argumento de la supuesta “guerra económica” para eludir el aumento de la exclusión política y social bajo su mandato, y en cambio sostener que estamos bajo el mejor de los gobiernos posibles.

Lo que ha sucedido, apuntamos, es que el ecosistema de medios que conforman la actual hegemonía comunicacional está, paradójicamente, acelerando la implosión de la supremacía política bolivariana. Lo que sirvió ayer para amplificar imagen y mensaje del zurdo de Sabaneta hoy aumenta la distancia entre la opaca burocracia que heredó su legado y sus bases de apoyo. Lo que hasta hace poco, en la lógica debordiana, era una relación social entre personas mediada por las imágenes épicas del “comandante supremo” hoy, roto el vínculo, es una caricatura de sí misma que no explica, ni entretiene, las penurias cotidianas. El burócrata madurista-cabellista, instalado en una zona de confort construida por el sistema nacional de medios corporativos, consume y cree cada una de sus realidades paralelas. De allí todos y cada uno de sus argumentos y decisiones banales.

La irreflexión bolivariana es un dogma de fe, la infantilización del pensamiento propio a esquemas maniqueos, la justificación de los medios por los fines llevado hasta sus últimas consecuencias. No obstante, como un torneo de odios mellizales la insensatez intenta ser balanceada con una de signo opuesto, resumida en el ya lugar común “éramos felices y no lo sabíamos”.

La crisis venezolana no es solamente un asunto de gobiernos, sino de una cultura política instalada en nuestras neuronas que asegura que como “somos un país bendecido” –por la historia, por el petróleo- debemos cultivar hábitos como el del menor esfuerzo, como ese del voluntarismo mágico instalado en los pasillos de Miraflores. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)

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