Exorcismo a la soberbia

karras

Rafael Uzcátegui

Cualquier propuesta que se quiera realizar para mejorar la situación del país debe hacer una análisis, profundo y descarnado, de porque hemos llegado al punto de quiebre actual. Cada quien escogerá el punto desde donde realizar esta mirada. Quien esto escribe prefiere la perspectiva desde los movimientos sociales.

La situación del tejido asociativo, cooperativo y solidario en nuestro país es de derrota, desmovilización y ausencia de agendas propias. Las causas son múltiples y exceden el espacio de esta columna. Sin embargo no voy a referirme a las responsabilidades de otros ni a las presiones del contexto sino a las culpas propias. Todos y todas hemos sido corresponsables de la huida hacia adelante en el despeñadero. Usted dirá que hay quienes tienen mucha más responsabilidad que los ciudadanos comunes y corrientes. Y tendrá razón. Pero si hubiéramos encontrado como sociedad una forma eficaz de enfrentar, de entender y abordar lo que se configuró como “movimiento bolivariano”, coincidirá conmigo en que la situación se hubiera canalizado hacia derroteros menos dramáticos.

No se trata de hacer un simple acto de mea culpa ni de relativización política. Lo que se necesita en los momentos actuales es la suficiente humildad para reconocer que fuimos humanos, demasiado humanos, en comprender la complejidad de las expectativas que llenaban las promesas del “Socialismo del Siglo XXI” y, que muchas de las cosas en las que participamos para intentar limitar su influencia tuvieron precisamente el efecto contrario. Usted contestará que contaron con muchos recursos, de todo tipo, para cimentar su proyecto autoritario. De nuevo estará en lo cierto. Pero a estas alturas no puede negar que faltó inteligencia, sagacidad y estrategia. Y mucha.

Uno escucha a los opinadores e intelectuales varios, de la acera de enfrente del oficialismo, y lo que exudan es soberbia. Y la arrogancia del análisis trae como consecuencia actuaciones igual de prepotentes. Nadie ha roto un plato, nadie se equivocó en esta década y media, los traidores siempre fueron otros: Ni los que se opusieron al chavismo desde 1998 ni los que lo abandonaron a medio camino y, mucho menos, los que están a punto de saltar la talanquera.

En cualquier país del mundo, menos en Venezuela, reconocer que se erró es sinónimo de honestidad y coherencia política. Por eso, en lo personal valoré escuchar recientemente a la sindicalista Marcela Máspero, en una sesión de la OIT en Ginebra, reconocer que la política de expropiación y estatización que ella misma había apoyado, hoy era un fracaso en todos los órdenes.

La manera de hacer política en nuestro país, a todos los niveles, debe renovarse. Lo que exacerbó el autoritarismo oficialista se encontraba en nuestro ADN sociopolítico. ¿O es que la viveza criolla y el compadrazgo ahora nos son ajenos? Sólo la vocación de Damien Karras podrá exorcizar la soberbia y ponernos, por fin, en el camino de una democracia que merezca ese nombre.

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