Esa secta llamada izquierda

secta

Rafael Uzcátegui

Para quienes venimos del pensamiento “de izquierda”, en cualquiera de sus vertientes, no es fácil reconocer que nuestras nociones son, por su propio origen, discriminatorias. Algunos hemos podido, mejor que otros, desarrollar los anticuerpos necesarios para limitar el sectarismo, pero en general lo “zurdo” se configuró como una identidad negativa, esquemáticamente “lo que no era”.

El término, recordemos, tuvo su origen en una votación realizada en septiembre de 1789 en el seno de la Asamblea Nacional Constituyente, un órgano surgido en la Revolución Francesa. Allí se discutía la propuesta de un veto absoluto del rey a la aprobación de leyes. Los diputados que estaban a favor de la propuesta, que suponía mantener el poder absoluto del monarca, se situaron a la diestra del presidente de la Asamblea. Los que estaban en contra, y defendían que el monarca sólo tuviera derecho a un veto limitado, se situaron a la siniestra. El término “izquierda” quedó asociado a las opciones políticas que abogaban por un cambio político y social, mientras que “derecha” quedó vinculado a los opuestos a que esas transformaciones se realizaran.

Esta dicotomía original comenzó a ser, rápidamente configurada, como una “ideología”. Una ideología es una representación teórica de la realidad que desarrolla una propuesta, también conceptual, para transformarla. Es como un croquis que se dibuja en la mente de una o varias personas y que luego se intenta trasladar a la vida concreta del resto. Y si la experiencia humana es, como afortunadamente es, extraordinariamente vasta y compleja debido a la cantidad de individuos diferentes que la conforman, una ideología –sea la que sea- sólo podrá ser la comprensión de una parte limitada de la realidad, la que sus teóricos conozcan, hayan vivido o puedan imaginarse. A pesar que las ideologías de izquierda se desarrollaron bajo el influjo de la razón, en el fondo había mucho más sentimiento religioso que el que los revolucionarios reconocían: La comunidad de los fieles contra la conspiración de los herejes. Pero más temprano que tarde, apóstata era cualquiera diferente a la autoridad ideológica de izquierda: No ser igual a mí era entendido a estar en contra. Es por eso que la historia de las izquierdas en el poder es un continuo de purgas sin fin, el eterno retorno del Trostky asesinado por la policía secreta rusa que él mismo inventó.

Todas las izquierdas, durante el siglo XX, se vendieron a sí mismas como portadoras del verdadero proyecto de transformación total de la humanidad. Cuando fueron gobierno, real o simbólico, una tras otra incumplieron sus promesas, algunas dejando un reguero de cadáveres detrás. A muchos y muchas nos costó 100 años entender que las personas tienen derecho a no ser como nosotros, y vivir y ser respetados en su diferencia y singularidad. Algunos y algunas, sin embargo, cuestionan la opción por lo diverso, complejo y fragmentado argumentando que es una moda posmoderna que deriva en el neoliberalismo y el libre mercado. No obstante, cualquier noción futura sobre el cambio social no puede dar la espalda a las lecciones del pasado. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)

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