Ruido blanco

ruidoblancoRafael Uzcátegui

Hace algunas semanas atrás, en las páginas de este mismo semanario, Fernando Mires y Demetrio Boersner dialogaban sobre el término “socialdictadura”. La discusión es pertinente por varias razones. Hemos insistido que el análisis que ha hecho un importante sector de los no chavistas, sobre el fenómeno entre nosotros a partir de 1998, es a nuestro modesto juicio, poco feliz. Y a mal diagnóstico, peor estrategia. Lo segundo porque el uso de sufijos o prefijos para caracterizar fenómenos no es una moda sociológica sino la necesidad de acotar una situación que, aunque tiene símiles con lo conocido en el pasado, también rupturas y características propias y novedosas.

América Latina tiene una historia larga y reciente de dictaduras, donde el precio de los derechos civiles y políticos era el asesinato y la desaparición. Si se conjuga “dictadura”, ahora mismo, el imaginario latinoamericano muestra un panteón largo. Si usted califica como “dictadura” los gobiernos de Chávez y Maduro, sencillamente no podrá comunicarse con la mitad del continente. Si esto fuera una dictadura a secas este periódico no existiría, ni usted me estuviera leyendo. Sin embargo, coincidimos si planteamos que tienen vocación totalitaria y militarista, desvíos autoritarios y apetito por controlar mentes y cuerpos. Si no es una democracia –a nuestro juicio tampoco una revolución- ni tampoco una dictadura clásica a secas, entonces ¿qué es?

Por ahora aportaríamos que el bolivarianismo es un producto social legítimamente nuestro, una consecuencia de la matriz cultural y política que nos ha amalgamado como país. Los ingredientes estuvieron allí y se inocularon por mucho tiempo, en una configuración final que generó amplias expectativas en un espectro mayoritario de la población que la respaldó mediante el voto. Parece baladí reiterarlo, pero el chavismo no es una impostura cubana, rusa o de la inexistente amenaza internacional comunista. El “Proceso” es tan criollo como esa necesidad de adjudicarle la responsabilidad a un tercero. Chávez fue combinando, con astucia de prestidigitador, pulsiones presentes en el inconsciente colectivo como el cesarismo democrático, los mitos fundacionales de nuestro Estado-nación y la propensión igualitarista resultante de ser un país de renta petrolera. Sus referentes conductuales no hay que buscarlos en otra parte, sino en nuestro propio pasado. Por ejemplo en la actitud sectaria y polarizante que caracterizó a los adecos del trienio, 1945-1948.  

Hay quienes han denominado los años recientes como “populismo autoritario”, “neo-stalinismo”, “progresismo globalizado” o “capitalismo de Estado”, en la idea de poder conseguir una caracterización que permita incluir a Bolivia, Ecuador, Argentina y Nicaragua. Lo que rescato, de momento, es la coincidencia que hemos descrito a la Venezuela contemporánea con calificativos equivocados que no sólo no han aclarado lo que intentaban explicar, sino que generaron lo que mi amigo Alvaro Partidas describió en una charla reciente como “ruido blanco”: una onda de ruido cuyos valores no tienen nada que ver unos con otros. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)

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