La aridez de la solidaridad vertical

EvangelicosProtestaRafael Uzcátegui

El pasado 4 de agosto alrededor de 1500 personas evangélicas marcharon en Caracas para expresar su rechazo a la posibilidad que se legalizara el matrimonio entre personas del mismo sexo. La movilización, que llegó hasta la sede de la Asamblea Nacional, entregó 153 mil firmas para avalar la opinión de este sector contra lo que consideran “una aberración satánica”. A pocas cuadras de llegar a su destino, un puñado de activistas por la diversidad sexual, integrantes del universo bolivariano, realizaban una menguada contramanifestación. Estos promotores de la diversidad sexual habían alcanzado notoriedad en los últimos años, bajo el paraguas del Socialismo del siglo XXI. Días después, el 10 de agosto, informaban que las dos personas que habían postulado, por el llamado “poder popular”, a las candidaturas del PSUV a las elecciones de diputados y diputadas, habían sido excluidas de la fórmula electoral oficial. “Nosotros aquí en el PSUV perdimos una batalla contra la Homofobia” expresó Rummie Quintero, una de las que no logró su aspiración a optar por un curul en la Asamblea. Una cosa fue consecuencia de la otra. El partido socialista oficial, dado los números, se decantaba por no espantar los votos de la comunidad religiosa ante la inminencia de la cita del 6-D.

Lo sucedido con el sector GLBT del PSUV es, a nuestro juicio, un avance de lo que pasará con los movimientos sociales del país en momentos de transición postchavista. A pesar que el PSUV ya había dado muestras de un apoyo instrumentalizado a la causa gay, la diversidad chavista intentó durante varios años ganarse un espacio propio, dentro del movimiento bolivariano, con los dudosos méritos de ser activos agentes descalificadores de los GLBT que se identificaban con la oposición. Es decir, antes que mantener vínculos con los sectores que, con sus diferencias y particularidades, podían hacer causa común en las reivindicaciones contra la cultura homofóbica, la sexodiversidad roja apostó a la estrategia de criminalizarlos y arrimarse al árbol que, en el resto del mundo, no da sombra al activismo gay: Los militares. Como decía el barinés supremo: Quien tenga ojos que vea. Bajo esa extraña estrategia no lograron incidir en las políticas públicas que beneficiarían a su comunidad, ni siquiera en decisiones que están tomando el resto de países de la región. Y de ñapa, con un tejido asociativo severamente fracturado por una agenda polarizada impuesta, hay que decirlo todo, por la heterosexualidad cupular dominante. Porque no era con los militares o estalinistas que debían promover los cambios culturales necesarios para acabar con el estigma de su manera de ser y amar, sino con sus pares. Esos mismos que atacaron con tanta vehemencia en la última década.

Variantes de esta situación ocurrirán con otros sectores (pro-indígenas, ecologistas, defensores de derechos humanos, cooperativistas, rockeros, etc) que, bajo la lógica polarizada –falsa y estéril como hemos insistido antes- prefirieron dinamitar las relaciones con los más próximos para optar, equivocadamente, por la solidaridad vertical y ciega con el poder. @fanzinero

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