La pifia de Britto García

Luis-Britto-GarcíaRafael Uzcátegui

El escritor venezolano Luis Britto García se ha convertido en uno de los representantes y defensores del Estado venezolano en organismos internacionales en materia de derechos humanos. El pasado 19 de octubre García estaba en primera línea en la mesa del gobierno venezolano en las audiencias de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Al tomar la palabra, y como intento de descalificar al mensajero obviando lo relativo al propio mensaje, el intelectual frunció el ceño y agitó sus manos en el aire para expresar grandielocuentemente: “Esta Comisión es un ente de quinta categoría porque no registra las violaciones de la potencia que más viola los derechos humanos: Estados Unidos”. A García el dinero público le había costeado un pasaje de avión hasta Washington, más hospedaje y viáticos, unos 3.000 dólares por la medida chiquita, para viajar tan lejos para repetir los textos de sus columnas de prensa. Una de ellas citando al presidente ecuatoriano increpando al órgano de protección dependiente de la OEA por, supuestamente, callar ante las atrocidades de Guantánamo. Sin embargo lo que no sabe Correa, y tampoco Britto García, es que –como se lo recordó en su cara el relator Felipe González- la CIDH ha realizado 11 audiencias sobre la cárcel estadounidense en territorio cubano y, recientemente, ha emitido un impactante informe multimedia –consultado por más de 3 millones de usuarios- en donde tras documentar las violaciones a derechos humanos piden, sin florituras, “cerrar la cárcel de Guantánamo”.

Gajes de la ideología madurista: Aunque la realidad esté distante de la ideología, mal por aquella que está equivocada. En estas lides anda el escritor irreverente de la Cuarta República, hoy embarcado en lo que el viejo Domingo Alberto Rangel llamaba “el gusto por los banquetes” por parte de la intelectualidad de izquierda.

Para Britto, y buena parte de los adeptos bolivarianos, sus críticos son clisé, una imagen fijada en el tiempo de la Guerra Fría, encorsetados bajo el rótulo de la “extrema derecha”, aunque ganen premios de poesía con el nombre García Lorca o se ubiquen bastante más a la diestra que los cultores de lo que Albert Camus llamaba “socialismo cesáreo y militar”. Sin embargo, hoy son las principales víctimas de esta caricatura. El exceso de monólogo, en zonas de confort, los ha encallejonado en contradicciones evitables ante la confrontación y el debate de un mínimo de nivel. Prisioneros de su propia hegemonía comunicacional, la masa crítica bolivariana languidece hasta el desierto, plagada de falsos lugares comunes con patas cortas en tiempos de Google y redes sociales.

Guy Debord decía que había que hacer la vergüenza más vergonzosa publicándola. Las costuras de Britto García se transmitieron en streaming y quedaron grabadas para la memoria youtube. Otro anónimo decía que una inconsistencia intelectual ponía en duda el resto de la obra del autor. La pifia de Britto García, ante un auditorio global e informado, fue objeto de sorna en twitter. Si su soberbia se lo hubiera permitido, se hubiera percatado del aviso gigante que había en la entrada del edificio de la CIDH, invitando a la presentación del informe sobre la cárcel de Guantánamo, ahorrándose el bochorno de ser desmentido de una manera tan evidente. @fanzinero

Historia a contrapelo

Elementos constitutivos del pueblo Barí.Rafael Uzcátegui

Algunos académicos y activistas, en otras latitudes, han planteado la necesidad de narrar una historia diferente a la difundida por los vencedores, postulando la pertinencia de contar la “historia a contrapelo”. El autor más conocido de esta idea es Walter Benjamin, quien ha reflexionado la utilidad de contraponerse a la historiografía basada en la causalidad, en la noción de progreso determinista y la concepción lineal del tiempo, que son los enfoques que priman en la historia contada en mayúsculas. Su propuesta es observar la evolución de las sociedades no como episodios lisos sino desde los conflictos, grietas y pliegues, para ubicar momentos inacabados y personajes olvidados cuyas iniciativas truncadas puedan generar constelaciones que conecten con las posibilidades del presente. De esta manera la imagen que se expresa en este tipo de narraciones es, según el filósofo alemán, “capaz de provocar asombro y reflexión. Se parecen así a las semillas que han estado encerradas bien herméticamente durante miles de años (…) han conservado hasta el día de hoy su capacidad de germinar”.

Estos episodios olvidados por los vencedores, o por los aspirantes a serlo, pueden convertirse en referentes hoy en momentos en que las ideologías, como cuerpos conceptuales de voluntarismo mágico, se encuentran en crisis. Pensando a contrapelo, en un país donde la riqueza petrolera ha sido mitificada tanto por conservadores como por (neo) guerrilleros, y los caminos de la transición deben llevarnos a un modelo de desarrollo post-extractivista, la revisión de la resistencia Barí a la instalación de las petroleras en el país puede convertirse en el hito fundacional del cuestionamiento a las supuestas bondades de ser una maquila de exportación energética. Este enfrentamiento fue sistemáticamente ocultado, no sólo por los libros sagrados de la “Gran Venezuela”, sino también por la retórica estadocéntrica de izquierda, para quienes la toma del poder y la “revolución” sería posible por la distribución clasista del maná petrolero.

Carlos Augusto Salazar, en uno de los pocos textos disponibles, divide en 3 los períodos de enfrentamiento: 1900-1930, inicio de la exploración y explotación, así como de las primeras escaramuzas; 1931-1960, intervención de las empresas y los gobiernos de Estados Unidos, Colombia y Venezuela para establecer yacimientos y doblegar el rechazo aborigen y 1961-1975, cuando los Barí buscan acuerdos con los gobiernos y las misiones religiosas, tras la victoria militar de las petroleras. A medida que se descubren, los episodios son cinematográficos. Johnny Alberto Alarcón, en un texto publicado en el boletín antropológico de la ULA, relata: “En 1924 se logra construir el ferrocarril y, además, rehicieron y construyeron varios caminos. Este campamento tuvo una duración de cuatro años hasta que fue abandonado debido a los repetidos ataques de los Barí. El campamento y los reconocimientos de la zona en lancha eran atacados por los indígenas en repetidas oportunidades”. Algunas referencias pueden conseguirse desperdigadas en la literatura costumbrista venezolana, pero el relato de este enfrentamiento es una tarea pendiente. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)