Experiencia ajena, dilemas propios

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Rafael Uzcátegui

Si se concretan en votos los resultados que vienen reiterando las encuestas, una mayoría electoral de signo opositor, la recomposición del escenario geopolítico del país tendrá efectos demoledores para la hegemonía del autoritarismo en el control institucional del país. Y esto sucederá, especulamos, aunque el margen de diferencia no sea lo abrumador que sugieren algunos voceros de la llamada “Unidad”.
Una mayoría de votos de signo no bolivariano, en primer término, evaporaría el mito de la invencibilidad electoral del chavismo, argumento que repite –incluso- la extrema izquierda insurreccional internacional que, en sus propias realidades, desprecia la representatividad emanada del sufragio. En segundo lugar, la pretensión de continuar siendo, como en algún momento si lo fue, representativos del sentir mayoritario de la población. El madurismo-cabellismo, estadio del chavismo realmente existente hoy, se ha convertido en una promesa cargada de pasado.

La orfandad del caudal electoral, además, permitiría que a partir del 7 de diciembre, sin el chantaje unitario que había sido efectivo hasta un día antes, puedan expresarse las diferentes tendencias que conviven dentro del bolivarianismo, y que podamos entonces distinguir, y hablar, de los chavismos en plural. No sólo porque esas tensiones serían útiles para la democratización del propio Socialismo del Siglo XXI criollo, sino porque también permitiría separar la paja del grano (los oportunistas de los mínimamente decentes) y allanaría un fenómeno que, repetimos, es necesario para la derrota de la soberbia: La división y fragmentación del universo bolivariano en parcelas irreconciliables entre sí. Quiero dejarlo suficientemente claro: Los chavismos son iniciativas políticas absolutamente legítimas, y es políticamente (en el sentido social y amplio del término) que deben ser superadas y contestadas.

Escribo el párrafo anterior volviendo del Perú, donde las primeras encuestas, a 6 meses de elecciones nacionales, dan a Keiko Fujimori una ventaja tal que no se iguala con la suma de todos los candidatos restantes. Y esto ocurre cuando apenas han transcurrido 20 años de lo que se pensó era la derrota del Fujimorismo, cuando su principal representante fue puesto tras las rejas. Es decir, el movimiento multiforme que derrotó al “Chino” dejó intactas las expectativas que su propuesta generaba en un sector importante de la población. Y hoy, un fujimorismo renovado y a tono con los tiempos, se ha convertido –de nuevo- en la primera opción de poder en la nación inca. A pesar de las heridas y traumas recientes.
En la mayoría de los casos no se aprende por experiencia ajena. La ausencia de un discurso opositor dirigido al chavista-no-madurista descontento; la reiteración, en algunos lados, de la frase “Éramos felices y no lo sabíamos” y el revanchismo autosuficiente que se cocina en otros, congela neuronas e inocula pesimismo. Afortunadamente, no sólo el chavismo tendrá que rendirles cuenta a sus propios demonios tras el 6-D. La transición continuará su marcha. El dilema es hacia dónde. @fanzinero

(Publicado en Tal Cual)

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