Cheques en blanco

Una pareja se sienta frente a un mural del fallecido líder socialista de Venezuela, Hugo Chávez en Caracas
Una pareja se sienta frente a un mural del fallecido líder socialista de Venezuela, Hugo Chávez en Caracas. Imagen de archivo, 09 marzo, 2014. Con la entrada del general de brigada al amplio salón de clases de un instituto militar en Caracas, los estudiantes se ponen de pie a la voz de “¡Chávez vive!”. REUTERS/Jorge Silva

Rafael Uzcátegui

A finales de 1998 personas del activismo de izquierda criollo, en medio del furor del momento, intentaban explicar –y explicarse- su apoyo a ese fenómeno aluvional y desconocido llamado Hugo Chávez. Algunos, con pena por el origen militar y el escaso currículo revolucionario del personaje, afirmaron: “No votamos por la victoria de Chávez sino por la derrota del puntofijismo”. Seguidamente explicaban como el barinés sería, cito de memoria, el muro de contención a los viejos privilegiados, mientras detrás, en un supuesto espacio de autonomía, el movimiento popular construiría la “nueva política”. Como ya sabemos bien, eso no pasó. Y quienes lo argumentaron son parte de la nueva nomenclatura, bien aferrada a la “real politik”.


Algo similar podría afirmarse hoy. Otros me han dicho que no celebran la victoria reciente en las parlamentarias sino, precisamente, la humillante derrota de la cúpula madurista-cabellista y su forma demagógica de ejercer el poder. Y en humillante hacen énfasis. ¿Quiere decir que estamos, otra vez, repitiendo como comedia lo que alguna vez fue historia? Me atrevo a sugerir, a despecho de los críticos de eso que han llamado equívocamente “antipolítica”, que no. Y que al contrario estamos en el escenario político más interesante, vamos a ponerle una fecha, desde 1958.

En primer lugar porque, objetivamente, los casi 8 millones de votos del 2015 no fueron como los casi cuatro millones de 1998: Un cheque en blanco para un líder carismático. Los sufragios fueron una mezcla de los opositores de siempre con los de nueva data, más el de otros, incluyendo bastante “chavista-no-madurista”, que materializaron en el voto castigo su hartazgo sobre un estilo de gobernabilidad. En contraste, tanto en la MUD como en el PSUV atraviesan por una profunda crisis de representación que atenta contra su permanencia, como siglas, en el tiempo. Si el movimiento bolivariano fue más una continuación de la venezolanidad profunda que una ruptura, estaríamos -por primera vez en muchos años- ante la necesidad de transformar racionalmente nuestros mitos fundacionales, tanto en política (caudillismo, militarismo, la solidaridad de montoneras, la complicidad parasitaria) como en economía (el rentismo energético). Si asumimos estos desafíos, dejar de ser lo que hemos sido para ser algo mejor, estaremos en capacidad de entrar en el siglo XXI.

No es culpa de la “antipolítica” venezolana. En todo el mundo lo político ha dejado de ser monopolio de los partidos, debido a otras crisis transversales, como las de las ideologías omniabarcantes que los sustentaban. Ubíquese usted donde se sienta más a gusto: La academia, los movimientos sociales o populares, la creación cultural o las propias orgánicas proselitistas. La relación –o antagonismo- entre lo que algunos llaman “las fuerzas vivas” de la sociedad y el Estado debe, imperiosamente, cambiar. Y para que quede claro, no a lo que existía antes de Chávez.

Por padecerlo, ya tenemos suficientemente claro lo que no debería ser más. En 1999 aquellos intelectuales dieron un cheque en blanco y, con el tiempo, hicieron metástasis hasta el abucheo (como candidatos, en un centro electoral). Hoy, pareciera –por lo menos un día después del bochorno al autoritarismo, cuando escribo esto- que estuviéramos ya inmunizados de ciertos errores recientes. Ojalá. @fanzinero

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