Soledades burocráticas sin ilusión

guy-and-raoul

Rafael Uzcátegui

En el año 1999 quien esto escribe tenía como compañeros de aula a muchos entusiastas que, como funcionarios, ingresaron en la nómina del gobierno bolivariano. En ese tiempo se abrieron las grandes alamedas del trabajo asalariado para los sociólogos, cosa que no pasa todo el tiempo, por lo que varios de mis colegas comenzaron a recorrer el país para enseñar metodologías de gestión de proyectos comunitarios. Bien por la teoría sociológica. Sin embargo, el detalle es que los camaritas no tenían ninguna experiencia práctica en la administración y organización de ninguna experiencia concreta de nada, ni siquiera en la organización de la verbena por el día del estudiante. Rebobinemos. Hasta 1998 la izquierda venezolana no superaba el 5% en elecciones nacionales y, a pesar de la década de conflictividad que protagonizó tras El Caracazo, sus emprendimientos concretos, las experiencias organizativas que protagonizaba, eran escasas (para no decir inexistentes). Fue así como pasó de un auditorio de un puñado de convencidos a los mítines multitudinarios en la Avenida Bolívar, en el portaaviones de “El Comandante”, sin pasar por Go ni cobrar los 200 bolívares.

Todo esto viene a colación por la retahíla de anuncios, planes y proyectos, surgidos de la burocracia de Estado, del escritorio y el aire acondicionado, y no por la vivencia y los aprendizajes realizados en un territorio determinado con gente de carne y hueso, que como sabemos es bien distinta al “hombre nuevo” imaginado por los delirios ideológicos. Uno no tiene nada en particular –todo lo contrario- contra la agricultura urbana, el trueque, el bricolaje o el hazlo tú mismo. Pero una cosa es que sea una propuesta promovida por un movimiento social, desde la base y entre pares, como búsqueda de alternativas que desde lo individual incida en lo colectivo, y otra muy distinta, una política de Estado, ordenada desde la cúspide del poder cuando se sufre una de las peores crisis económicas y sociales recordadas, como panacea milagrosa o como un hueso para el divertimento, y el alivio, de las organizaciones neoestatales y muy gubernamentales, por gente que además no tiene la más remota idea de cómo funciona eso fuera del perfecto mundo de las divagaciones teóricas.

La izquierda criolla hoy en el poder, como bien puede constatarlo cualquier investigación medianamente rigurosa, sólo tenía experiencia en el campo de la agitación y la propaganda, como bien demuestra la práctica de Estado, pero nulo conocimiento de la construcción de algo en la realidad. De allí, precisamente, su acriticismo y fidelidad con el fenómeno autoritario de la última década y media, pues sin las artes del barinés aún estuvieran encerrados en la Cátedra Pío Tamayo, de la UCV, discutiendo sobre si primero el huevo o la gallina. “Cada desplome de una figura del poder totalitario revela la comunidad ilusoria que la apoyaba unánimemente, y que no era más que un aglomerado de soledades sin ilusión”. Gracias Guy Debord. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)

 

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