Generación del Viernes Negro

SM

Rafael Uzcátegui

Quien esto escribe fue parte de la muchachada que en 1989, cuando los saqueos, mordía la pubertad y que en 1992, año de los dos golpes, pellizcaba su adolescencia. Ni X ni Y, la nuestra, con propiedad, puede denominarse “generación del Viernes Negro”. Bebés para recordar aquellos tiempos de pleno empleo y vacas gordas, pero con uso de razón para entender los trastoques de la devaluación del 82 en nuestra vida cotidiana. Fuimos testigos de la emergencia del “rock en español, y con ello los cultores criollos de la franquicia; de una Radio Nacional de Venezuela que los emitía a todos, en amplitud modulada a todos los rincones del país, así como de los dos programas especializados para el auditorio inquieto, Sonoclips y A Toque, este último en un canal de servicio público, Venezolana de Televisión, cuya programación estaba a la altura de sus pares en el orbe. Por esos días Paul Gillman aparecía en los mensajes navideños y antidrogas de Venevisión y coreaba, en Sábado Sensacional, “Adriana es una muchacha un poco diferenteeee” enfundado en sus licras de toda la vida.

Soy de aquellos que se identificaban más con una canción de Sentimiento Muerto que con los volantes que Bandera Roja, la gran escuela de cuadros políticos de la época, repartía en los liceos públicos. Fuimos parte de quienes internalizaron que lo normal era estar fuera, y en contra, de AD y Copei, y que su experiencia de participación política se forjó en las protestas improvisadas “contra el paquete”. Me cuento entre quienes, sin leer a Marta Harnecker, desarrollaron un sentido de pertenencia de clase, y cuando mataban a un estudiante nunca nos preguntamos si formaba parte de algo para protestar por su ausencia.

Nos jubilamos de clase, nos enamoramos, despechamos, reconocimos y creamos complicidades en el espacio público, en la calle. Íbamos a fiestas de las cuales volvimos siempre caminando a casa, a la hora que terminara. O que nos corrieran. Nos dejamos crecer el pelo y nos lo cortamos de todas las formas posibles. Vestimos de bacterías, jeanes con ruedos y franelas negras ovejita. Y fuimos a todos los conciertos que pudimos. En algunos nos dieron peinillazos. Pero si la Juventud Comunista hubiera podido, también nos hubieran reventado a trompadas. Por alienados y maricas.

Pedimos cola en alguna avenida para ir y volver a la playa -y a muchas otras partes-. Fotocopiamos suplementos, dimos serenatas, pintamos graffittis, jugábamos pelota de goma en la vereda: vivíamos como podíamos, a ratos intensamente. No conocimos a nadie que comiera perrarina y teníamos la certeza que nuestros compañeros de clase envejecerían con nosotros en el país. Nos aburría el cine de Chalbaud y el confort del izquierdismo en el Conac nos olía a naftalina.

Somos la generación del Viernes Negro, la que creció en crisis y extrañando una bonanza que no había vivido. No éramos felices y lo sabíamos, pero tratábamos desesperadamente de serlo. Sin embargo, no me jodan, tampoco vivíamos en un infierno. Nadie nos regaló un lugar, pero hoy tampoco lo tenemos. No fastidien camaritas. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)

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