Anarquismo en América Latina hoy: El reto de abandonar las muletas

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Rafael Uzcátegui
(Colaboración para la revista Libre Pensamiento)

Si el anarquismo se forja en sus prácticas de lucha contra la dominación concreta, ubicada en un tiempo y lugar, no pudiéramos reflexionar sobre su situación en América Latina sin describir, aunque sea de modo general por razones de espacio, el momento socio-político vivido en los últimos años, y de cómo el universo libertario de este lado del mundo ha respondido, desde el hacer y el pensamiento, a situaciones –afortunadamente- siempre cambiantes.

Latinoamérica transita el final de la llamada “década progresista”, iniciado en 1999, en el cual una serie de gobiernos identificados como de izquierda llegaron al poder mediante el mecanismo electoral. De esta manera Hugo Chávez (Venezuela), Lula Da Silva (Brasil), Evo Morales (Bolivia), Daniel Ortega (Nicaragua), “Pepe” Mujica (Uruguay), Rafael Correa (Ecuador) y Nestor Kirchner (Argentina) conformaron un bloque regional que reivindicaba el universo de izquierda y se reclamaba como heredero de sus prácticas. No obstante este giro progresista del continente coincidió, y fue favorecido además, por otro momento que fue denominado como los “años de los commodities”, días de holgura económica debido al alto precio de los recursos energéticos y minerales en los mercados internacionales, que para darnos una idea fue cuantificado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) como responsable de un crecimiento regional del 4% entre los años 2004-2013 mientras el resto del mundo se declaraba en dificultades. Si el bloque progresista se diferenciaba políticamente del resto de países del continente, con mayor impronta neoliberal (México, Colombia, Chile, Perú), sin embargo todos coincidían en la profundización de un modelo de desarrollo basado en el extractivismo y en el rentismo primario-exportador para el mercado global (izado). Paradójicamente, entonces, fue la dinamización del capitalismo internacional lo que dio el sustento material para la promoción de políticas redistributivas, de corte populista además, a lo interno de los gobiernos progresistas. Por ello, la caída de los precios de los bienes extractivos coincide a su vez con el agotamiento, y previsible debilitamiento, del modelo de gobernabilidad promovido por el progresismo en el poder, como revelan sus recientes reveses electorales. Si fuera poco, debe sumarse a las tensiones sociales producto del incumplimiento de sus expectativas y promesas, en un abanico que va desde la crisis económica (Venezuela, Argentina), corrupción amparada por la fidelidad política (Brasil, pero también el resto) hasta políticas de discriminación y criminalización de la protesta que han generado amplias resistencias (Bolivia, Ecuador).

A este eclipse regional de la década progresista, como referente de posibilidad de construir alternativas al capitalismo global, se agrega la transición del Estado cubano a un momento que, a falta de mejores categorías para describirlo, apuntaríamos como “post-fidelismo”, y que tiene como cénit del deshielo del “Muro de La Habana” la visita de Barack Obama a la isla. El arreglo entre los dos Estados, el cubano y norteamericano, no sólo tendrá consecuencias políticas, económicas, sociales y diplomáticas que están por verse en toda su dimensión sino que, para el tema que nos convoca, un impacto simbólico al imaginario revolucionario que ha primado en las últimas décadas por estos lares.

¿Podemos seguir siendo tercamente iguales a nosotros mismos y obcecados más en la defensa conservadora de nuestro pasado que en la conquista creativa y transgresora de nuestro futuro? ¿Alguien puede sostener que los cambios no son fundamentales y nos obligan por sí mismos a un reordenamiento del campo teórico-ideológico del anarquismo clásico, al menos en el supuesto y en el deseo insoslayables de que nuestro movimiento sea capaz de disputar los caminos de reorientación de la historicidad específica en la que le ha tocado actuar?


Si como planteó el uruguayo Daniel Barret el anarquismo como movimiento sobrevive y se desarrolla en la medida que sepa ofrecerse en cuanto respuesta a opresiones, sojuzgamientos y miserias, no de cualquier tiempo sino del nuestro, ¿cómo hemos respondido a las variables locales descritas anteriormente? La respuesta, en nuestra opinión, es desconcertante: Mediante un despliegue de múltiples y diversas prácticas que demostrarían la vigencia y pertinencia de nuestros principios, unido en contaste a un escaso proceso de reflexión propio, integral y multidimensional, de actualización teórica y de respuesta a los dilemas de los días que corren.

Los sediciosos despertares

No es fortuito que nuestro texto dialogue con los de Rafael Spósito, el anarquista uruguayo que, firmando como Daniel Barret, representó hasta su temprano fallecimiento, el mejor intento reciente de pensar el anarquismo latinoamericano como movimiento desde y para el siglo XXI. Varios de sus textos fueron publicados recogidos bajo el título “Los sediciosos despertares de la anarquía” (Libros de Anarres, 2011) y la mayoría de las anotaciones que hacía para la fecha continúan vigentes hoy. En el escrito que da nombre al libro Barret daba cuenta, en sintonía con otros que también lo han hecho, del resurgimiento cuantitativo de las iniciativas y grupos libertarios en todo el globo, incluyendo América Latina: “Si hubiéramos intentado trazar el mapa del anarquismo latinoamericano en todos o en cualquiera de los quince o veinte años anteriores, seguramente nos habríamos encontrado con una presencia cada vez más raleada a medida que nos alejáramos del momento actual”.  Más adelante, en “Interludio reiterativo. El movimiento anarquista latinoamericano de nuestros días: Realidades y tareas” hace un inventario, aún ilustrativo, para describir el panorama entre el Rio Grande y la Patagonia. Resumamos: El movimiento experimenta un aumento numérico significativo en los años recientes, la gran mayoría de los emprendimientos son de reciente data –“sólo un pequeñísimo puñado de ellos puede reclamar un origen anterior a los años 80”- y se posicionan en una diversidad de tendencias: plataformistas, anarcopunks, anarcosindicalistas, insurreccionalistas, anarcoindigenistas, ecologistas, feministas, antimilitaristas “y demás colores del arcoiris libertario de nuestro tiempo”, ninguna de las cuales, con honestidad, pudiera presentarse como predominante o de ascendencia sobre el resto del conjunto. “La dispersión del movimiento anarquista –planteó el montevideano- debe ser interpretada como una consecuencia de nuestro circunstancial vacío paradigmático, pero siempre en íntima e indisoluble relación con procesos de segmentación y fragmentación sociocultural que nos desbordan holgadamente”.

Siendo esta diversidad de intereses una característica del movimiento anarquista en cualquier parte, y una oportunidad para la generación de masa crítica sobre la complejidad del capitalismo contemporáneo, Barret diagnosticaba empero la débil presencia de redes de intercambio y comunicación, más allá de los límites identitarios de los que formaban parte, en sus palabras con ausencia de un “esfuerzo compartido de reinvención”. ¿Qué ha detenido la creación de una trama de redes provisionales, superpuestas y de prioridades intercambiables entre los libertarios latinoamericanos? El uruguayo responde: “Es probable que las respuestas sean ingratas y haya que buscarlas en nuestro propio arsenal de limitaciones y de temores: entonces, habremos de encontrar algunos exclusivismos anacrónicos, algunas desconfianzas seculares y algunos sectarismos sin futuro; incluso aunque exista ya un abundante caudal de experiencias que vuelven irreal y mítica la idea de dilatar todo acercamiento hasta el momento en que sea posible reconocer en el otro el reflejo textual de la propia imagen o plasmar en una nueva suma teológica libertaria la absoluta semejanza de los puntos y comas”. Lamentablemente, sólo un texto de propaganda podría afirmar otra cosa para el anarquismo latinoamericano.

Deudas entre nosotros

Si bien el libro de Barret apareció en el año 2011 la mayoría de sus textos compilados corresponden al período 2002-2005 (su fallecimiento por cáncer ocurrió en el año 2009). Desde esa fecha, y es penoso reconocerlo, nadie ha intentado soñar y proponer cómo debería ser el movimiento ácrata de la región –independientemente de las singularidades presentes en cada país-, atendiendo a su diversidad y de cara a los dilemas del presente y frente a los retos del futuro. Si bien hay esfuerzos teóricos interesantes desde los diferentes particularismos, la ausencia del esfuerzo compartido de reinvención continúa sintonizado a la inexistencia de propuestas teóricas de construcción colectiva que sobrepasen los límites de cualquiera de las capillas, para usar un término provocador. Incluso, como sostendremos a continuación, el panorama regional antiautoritario ha dado pasos atrás debido a la perplejidad, omisiones y titubeos para responder a las tendencias que enlistamos al comienzo: El proyecto económico extractivista impuesto por la globalización a la región; La emergencia de gobiernos de signo progresista y, en último término, la revolución cubana como paradigma emancipatorio para la región. Las dos últimas, precisamente, forman parte de las cuestiones insuficientemente respondidas por los ácratas latinoamericanos en su historia reciente, y esta omisión ha pesado toneladas en los tiempos recientes.

Hagamos un inciso. Angel Cappelletti, en El Anarquismo en América Latina (Biblioteca Ayacucho, 1990) condensó en tres las causas de la decadencia del movimiento alrededor de la década de los 30´s del siglo pasado, tras la edad de oro del anarcosindicalismo latinoamericano. La primera la serie de golpes militares experimentados por la región, seguida por una fuerte represión que desmembró el conjunto del tejido social, incluyendo los nucleamientos anarquistas. En segundo lugar la fundación de los partidos comunistas y su proyección como referente revolucionario “exitoso”, con una base material de la cual no disponían las organizaciones libertarias gracias al soporte de la Unión Soviética, primero, y luego del castrismo cubano. Finalmente por la aparición de corrientes nacionalistas-populistas, más o menos vinculados a las Fuerzas Armadas. Estas dos últimas, precisamente, se han mezclado en el fenómeno progresista de reciente data.

Sería todo un tema para otro artículo las dudas que, con excepciones, tuvo el anarquismo internacional -incluyendo el latinoamericano-, para cuestionar la “revolución cubana”, incluso en momentos en que sus activistas en la isla eran perseguidos, encarcelados y fusilados. Nunca dejaremos de recordar, con bochorno, la falta de solidaridad ante la represión contra el movimiento libertario en el país insular, un silencio que fue especialmente ensordecedor en América Latina. Entre nosotros la razón fue simple: A falta de un pensamiento propio, el “atraso teórico” según el propio Barret, el anarquismo en la región fue progresivamente colonizado por la visión antiimperialista de las luchas de liberación nacional, de signo marxista, que tenían a La Habana como principal referente. Al ser un tema “políticamente incorrecto” en los círculos que frecuentaban, los anarquistas latinoamericanos –con salvedades que confirman la regla-  no hablaron, ni en una dirección ni en otra, de lo que pasaba bajo el fidelismo. Y de esto da cuenta tanto la escasa literatura producida en la región como el hecho que el libro de Frank Fernández El anarquismo en Cuba (Fundación Anselmo Lorenzo, 2000) tenga ediciones en diferentes sitios e idiomas ¡salvo en América Latina! Un segundo detalle para reforzar el tabú del tema en nuestros propios círculos. El propio Daniel Barret escribió copiosamente sobre el tema cubano, sin embargo en la compilación que estamos citando, misteriosamente, ninguno de esos escritos fue reproducido.

Una segunda deuda fue las vacilaciones para entender, primero, y luego responder la aparición de los populismos nacionalistas en el siglo pasado, reactualizados en los gobiernos progresistas del siglo XXI. Los anarcosindicalistas latinoamericanos, que tantos aciertos tuvieron en la expansión del movimiento obrero en estas latitudes, con herramientas teóricas pensadas para los contextos europeos, simplificaron como “fascistas” a gobiernos nacional-populares como el de Juan Domingo Perón en Argentina. Y a mal diagnóstico peor estrategia. Posteriormente, la hegemonía del marxismo entre los años 1960 a 1988 allanaron el camino para la confusión, por decirlo elegantemente, y falta de herramientas propias de cuestionamiento y contestación a los progresismos en el poder, pues si bien a partir de esa fecha había caído el Muro de Berlín, generando condiciones para el resurgimiento libertario en todo el planeta, en América Latina el Muro de la Habana, oxigenado temporalmente por el bloque progresista, seguía contando con buena salud.

A pesar de los retos y limitaciones encontrados el análisis que hacía Barret sobre el anarquismo latinoamericano, a comienzos de este siglo, el horizonte era prometedor pues eran los tiempos de la aparición de redes de acción descentralizadas y horizontalizantes a lo interno del emergente movimiento antiglobalización, valores que se viralizaban al resto de movimientos sociales: “Las complejas y diversas razones que mediatizaron a los movimientos sociales –durante un período más o menos largo, pero que se sintió como interminable- parecen haber sido superadas una a una y el ánimo de la revuelta recorre una vez más estas tierras. Son las sociedades lúcidas y corajudamente movilizadas las que buscan nuevos derroteros para la protesta, superan las barreras de la represión y el miedo, pasan por encima de los bretes y promesas de una izquierda burocratizada e integrada al sistema”, escribió. Sin embargo, y la hipótesis es nuestra, la expansión del fenómeno progresista, el marketing de sus éxitos en materia redistributiva así como el mantenimiento de altos caudales electorales, neutralizó el crecimiento, cualitativo y cuantitativo, que el movimiento autonomista y no estadocentrico –donde ubicaríamos al anarquismo- prometía para Latinoamérica en los albores del siglo XXI. Parafraseando al uruguayo el horizonte de cambio revolucionario fue aplazado por una nueva forma de dominación institucionalizada, el progresismo, y por sus caminos proclives a la institucionalización, los frentes populares electorales y la defensa, calificada como circunstancial y táctica, del Estado.

El “Estado libertario”

Si hemos sostenido que ante el modelo cubano el anarquismo latinoamericano no generó una respuesta colectiva mínimamente compartida, ¿qué pasó con las otras dos interrogantes planteadas? En nuestro entender la de los gobiernos progresistas equivocadamente respondida, mientras que la del modelo de desarrollo capital-extractivista hecha parcial y tardíamente. Empero, un vacío condujo al otro, ratificando lo expresado por Barret: “El proceso de renovación que consideramos imprescindible (…) no ha consumado todavía un cuerpo de ideas que pueda funcionar como paradigma revolucionario, como referente en el que encontrar un conjunto de respuestas básicas articuladas y también una matriz desde la que procesar los problemas sobrevinientes y las elaboraciones por venir”.

La aparición de los gobiernos progresistas dividió al anarquismo latinoamericano en tres tendencias: Quienes opinaron que había enfrentarlos como una variante de la dominación capitalista, quienes fieles a los principios no los apoyaban pero tampoco los cuestionaban abiertamente y, finalmente, los sectores más colonizados por el marxismo que bajo la lógica del “enemigo mayor”, el gobierno norteamericano, asumieron su apoyo para intentar “anarquizarlos” desde adentro. Este último, intentando cabalgar sobre la gloria del progresismo en sus mejores años, se sumó a la estrategia de conformación de frentes populares “de izquierda” –no siempre en nombre de la plataforma de Archinov-, promoviendo la bandera del “poder popular” y un anarquismo con el adjetivo “organizado” y “clasista” que, en sus palabras, antagonizaba con el resto, según “individualista” y “a-histórico”. Detallar las razones de porqué un sector del anarquismo apoyó gobiernos, organizaciones armadas autoritarias y llamó a votar por sus candidatos nos tomaría un artículo entero.

Lo cierto es que la falta de referentes comunes, exacerbada en la década progresista, también impidió una respuesta coherente grupal a la expansión del capitalismo extractivista en la región. A pesar que los Estados progresistas, a diferencia de la etapa neoliberal de los 90´s, habían recuperado sus capacidades regulatorias y de atracción de capitales, siendo los principales promotores del aumento de las fronteras extractivas dentro de sus territorios y generando condiciones favorables para la inversión foránea, un marxismo exultante por la recomposición geopolítica de la región aseguró, y lo hace hasta el día de hoy, que el continente seguía resistiendo a un inamovible “Consenso de Washington”, coro al cual se sumó una parte del movimiento, que si bien no era mayoritaria, desplegó una estrategia de comunicación para mostrarse como el “anarquismo bueno” frente a sus socios, un ejercicio libertario de la lógica del poder. Entonces pasó a no cuestionarse que el extractivismo progresista era “benévolo” porque 1) La soberanía de los Estados debía ser fortalecida y protegida a toda costa, lo cual incluía sus empresas energéticas; 2) Bajo el argumento de la construcción de un “mundo multipolar”, todas las inversiones que no tuvieran la bandera norteamericana debían ser bienvenidas y 3) El dinero de la renta extractiva permitía el desarrollo de políticas redistributivas de combate a la pobreza. Claro que hubo respuestas y participación de anarquistas, tanto en sus grupos específicos como en coaliciones más amplias, en los conflictos contra la minería que se extendieron por todo el continente. Pero se estuvo lejos, y bastante, de entender el fenómeno por el conjunto como para que su rechazo significara un lenguaje centrípeto común, como por ejemplo sí lo fue la reacción al neoliberalismo en los 90´s.

Posibilidades y horizontes

Además de la diáspora de prácticas anarquistas en los más diversos temas, bajo la lógica prefigurativa, encontramos en América Latina el desarrollo de un movimiento que podemos denominarlo como de “anarquistas extramuros” –grupos e individuos que funcionan bajo prácticas libertarias sin reconocerse como ácratas- que forman parte del movimiento autonomista cuyo principal referente es la experiencia zapatista en México y uno de sus intelectuales John Holloway, autor de “Cambiar el mundo sin tomar el poder”. El conjunto de emprendimientos que podemos identificar bajo ese rótulo si bien poseen instancias organizativas flexibles de articulación, han generado una serie de reflexiones bajo la etiqueta “Más allá del Estado y el Capital”, cuyas vinculaciones con los anarquistas varían de país en país, pero de la cual podemos nutrirnos todos y todas, y aportar, mucho.

El deshielo del capitalismo de Estado cubano, su desdibujamiento como ejemplo emancipatorio, el eclipse de los progresismos en el poder –y con ello las contradicciones y límites de la revolución estadocentrica- y la comprensión de las nuevas modalidades policéntricas de dominación propias del capitalismo globalizado, objetivamente, en este lado del mundo, las mismas condiciones para el protagonismo de las ideas libertarias que para Europa se plantearon posterior a la caída del Muro de Berlín y que en nuestros predios se congelaron debido al “giro a la izquierda” de los gobiernos latinoamericanos. Volvemos entonces a las potencialidades descritas por Barret: “Es la fusión de esta producción teórica-ideológica renovada, de esas formas organizativas a plasmar, de esas prácticas ajustadas a los requerimientos de nuestro tiempo y de esa recuperación de protagonismo en los espacios sociales en lucha lo que constituye ese nuevo paradigma revolucionario que hoy estamos exigidos a construir”.

Los retos son tan grandes como las posibilidades. Parafraseando a Daniel Barret ¿Podemos seguir siendo tercamente iguales a nosotros mismos y obcecados más en la defensa conservadora de nuestro pasado que en la conquista creativa y transgresora de nuestro futuro? ¿Alguien puede sostener que los cambios no son fundamentales y nos obligan por sí mismos a un reordenamiento del campo teórico-ideológico del anarquismo clásico, al menos en el supuesto y en el deseo insoslayables de que nuestro movimiento sea capaz de disputar los caminos de reorientación de la historicidad específica en la que le ha tocado actuar?. Para ello debemos tener la valentía de quitarnos las muletas –del marxismo, la pereza intelectual y el sectarismo- y aventurarnos a caminar con nuestros propios pies.

 

 

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