Uniforme mata participación

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Rafael Uzcátegui

En un cuartel no se debate: Se obedece. El campo en disputa actualmente en Venezuela es la posibilidad que las personas puedan incidir en las decisiones que los afectarán en sus vidas, que pueda cuestionar lo que le afecta y que su opinión sea tomada en cuenta. No es un asunto menor en un país que por su Constitución se define, precisamente, como “democracia participativa y protagónica” y que, como nunca antes, la representatividad llevada al extremo haya dado paso a la servidumbre.

La real y efectiva participación se ha convertido en un bien tan escaso como la harina de maíz precocida o el azúcar. Y no hablamos sólo de los obstáculos que se han colocado para que la gente, normal y corriente, active el único mecanismo de democracia directa presente en la híbrida Carta Magna vigente: El Referendo Revocatorio, o que el Ejecutivo pretenda que desapareciendo las elecciones regionales del debate público estas mágicamente terminen por convertirse en polvo cósmico, como gustaba decir el Supremo. Todas las políticas públicas promovidas en los últimos meses llegan al punto y aparte bajo el grito “¡Firrrr! Los gremios laborales se enteraron por Gaceta que les obligaban a un “Régimen Laboral Temporal”. A los sectores médicos, farmacéuticos, de trabajadores hospitalarios o a los pacientes tampoco les preguntan sus ideas sobre cómo superar la crisis sanitaria y de acceso a los medicamentos. En materia alimentaria, el gobierno insiste en medidas que han profundizado el desabastecimiento y la corrupción, haciendo oídos sordos a los planteamientos del sector agroalimentario no estatal y las organizaciones de derechos humanos. A golpe y porrazo, tras el trabajo de la infantería de Jorge Arreaza y los falsos aliados de la causa aborigen, los indígenas son obligados, de muchas maneras, a dar su apoyo a los proyectos de megaminería que destruirán su hábitat y su modo ancestral de vida. Como recuerda Arconada, Mosonyi y Lander (Edgardo, no Luis), cualquier atisbo de crítica desde sus propias filas tiene como destino la retaliación, la criminalización y el descrédito. Si Bertolt Brecht tuviera que ser confundido, por segunda vez, por un poema que no escribió, su primera línea declamaría “Primero vinieron a buscar a los opositores y no dije nada porque yo no era opositor”.

Los hechos nos vuelven a recordar, amargamente, que detrás de la personalización extrema del poder no hay ningún proyecto rupturista ni revolucionario, sino la aglomeración de las “soledades burocráticas sin ilusión” (Debord). Sin embargo, según la última encuesta Keller y Asociados, las Fuerzas Armadas han alcanzado un inédito 77% de desaprobación. Y como hay un universo de futuro después del bolivarianismo, tenemos la posibilidad de dejar atrás una de las taras fundacionales de la venezolanidad: El culto a las medallas y charreteras, comenzando a ponernos de acuerdo, fuera de los muros de los cuarteles físicos y mentales, sobre cómo reconstruir un país para todos y todas. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)

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