Welcome to Latin America

Donald Trump

Rafael Uzcátegui

Sentados en el Barrio Chino de Washington, mi amiga disfruta sus noodles mientras me intenta resumir cómo Donald Trump (DT) terminó siendo candidato presidencial en Estados Unidos. Con mucha seriedad, en su español practicado en su activismo por América Latina desde los tiempos de solidaridad con el sandinismo, me dice: “Gane o pierda, DT significa el fin del Partido Republicano”. Pensé que tal énfasis era el preludio de las puertas de casa que tocaría como voluntaria en la campaña por Hillary Clinton. Cuando me describía como el empresario inflamaba el racismo latente en los estadounidenses profundos la mesonera del local, una migrante hondureña, interrumpió para decirnos “No es odio lo que sentimos hacia el señor Trump, sino ofensa”. El mismo verbo que utilizó Vicente Fernández en el corrido que compuso en apoyo a la candidata demócrata.

Días después le pregunté a un profesor de la Universidad William & Mary, en Virginia, si estaba de acuerdo con aquella afirmación. “La campaña de DT –afirmó- cambió las reglas de las contiendas electorales en Estados Unidos. Él no utiliza el lenguaje habitual de la clase política”. En otra respuesta sobre la misma cuestión, un académico de la Universidad George Washington completó la descripción que se había iniciado sobre un plato de tallarines: “El Partido Republicano ya no es un partido. Hay una pugna interna entre la ideología de DT y las posiciones más centristas”. Varias de las personas con las que conversé en Estados Unidos coincidían en que Trump atraía el voto de los descontentos con la clase política tradicional. Por eso el énfasis, en los dos debates presidenciales, en recordar que Hillary es corresponsable de los actuales problemas del país. La clase obrera norteamericana, anteriormente demócrata, piensa que el desempleo es responsabilidad de quien ha permitido que las empresas se vayan del país. Según, la estrategia del aspirante republicano es hablarle sólo a los votos suficientes para ganar los colegios electorales que le den la primera magistratura, mientras siembra desconcierto en las filas de su oponente.

A dos militantes del partido republicano interpelé sobre sus sentimientos sobre el candidato. Los dos dijeron que no les gustaba Trump, pero que su desconfianza por Hillary y la fidelidad partidaria era mayor. Uno de ellos, casi como una confesión, me dijo que el Congreso sería la barrera de contención hacia sus dislates.

Escribo esto un día después del segundo debate entre ambos contendientes, donde los argumentos fueron eclipsados por los escándalos y acusaciones mutuas. “Lo mío fueron sólo palabras –expresó DT sobre el video de 2005 donde alardeaba grotescamente sobre su virilidad- pero lo de Bill Clinton fueron acciones”, aludiendo al capítulo Lewinsky. La política estadounidense de la campaña hoy gira en torno al resentimiento y al “voto en contra”. Mientras escuchaba a mis interlocutores no dejaba de pensar: “Bienvenidos a Latinoamérica”. @fanzinero

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