Rebelión electoral

Rafael Uzcátegui

A pesar de su retórica rupturista, Hugo Chávez llegó a la primera magistratura por los votos del pueblo venezolano y con el apoyo de un sector de los poderes fácticos en aquel 1998. A partir de allí el bolivarianismo constituyó su mito fundacional sobre dos pivotes: a) Representar la voluntad de las mayorías y b) Dicha subjetividad se expresaba en los sufragios, lo cual hacía al tinglado rojo “invencible en elecciones”. Esta narrativa daba legitimidad a todas las siguientes. Esto fue así hasta el 6 de diciembre de 2015, cuando después que las curvas de votación entre chavismo y oposición casi se encontraron en la liza que convirtió en Presidente de la República a Nicolás Maduro, en la siguiente cita el universo bolivariano pasó a ser minoría electoral con dos millones de votos debajo de sus contrarios, haciendo añicos su grandielocuencia.

Lo curioso –aunque se explica por la crisis de la modernidad y su subproducto, la implosión de las ideologías- es que internacionalmente muchos movimientos de extrema izquierda, que habían promovido durante toda su trayectoria el abstencionismo insurreccional como táctica y estrategia, repetían lo de la “invencibilidad en elecciones” a la hora de expresar su apoyo al llamado Socialismo del Siglo XXI de Hugo Chávez. Sin crítica ni verificación, buena parte de la intelectualidad zurda se transformó en amplificadora de las ficciones emanadas desde Miraflores. Chavistas endógenos y gringos, al unísono, condenaron todas las estrategias extraparlamentarias que pudieran erosionar el poder de la nueva hegemonía política venezolana, orbitando una y otra vez alrededor del golpe de Estado de abril de 2002 protagonizado por el empresario Carmona Estanga. Fue así como todas las estrategias de lucha y movilización del movimiento popular latinoamericano fueron proscritas y criminalizadas en nuestro país: Desde los cierres de calle, las movilizaciones hasta el centro simbólico del poder en la capital de la nación, la existencia de sindicatos y organizaciones sociales autónomas, huelgas de trabajadores –por cualquier causa-, cacerolazos y un largo etcétera. Quienes, dentro y fuera de nuestras fronteras habían teorizado sobre las debilidades y limitaciones del sufragio y la representatividad, cuando opinaban sobre Venezuela sólo aceptaban “la soberanía popular emanadas de las elecciones”. Nobel a la coherencia.

Si cualquier cosa que no sea votar es sinónimo de golpismo, la respuesta inteligente es, como ya se viene promoviendo, la convocatoria a la “rebelión electoral”. Esta indignación asume un cariz particular en el marco de un proceso destituyente como lo es la realización de un Referendo Revocatorio. Si la primera regla del Poder es activarse como dispositivo incesante de autopreservación, el madurismo -el chavismo burocratizado realmente existente- continuará inventando cualquier cosa para impedir el único mecanismo de democracia directa presente en la Carta Magna. @fanzinero (Publicado en Tal Cual. Escrito antes del 20 de octubre)

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