Apostando al silencio

Rafael Uzcátegui

Como muchos otros, he estado siguiéndole la pista al comportamiento del archipiélago bolivariano esperando la expresión pública de sus diferencias. Como he planteado en distintos lugares el “chavismo”, aunque hay que conjugarlo en plural, nos guste o no, es una identidad política que aunque se reduzca a su mínima expresión continuará protagonizando la vida política del país. Por otro lado, como bien saben todos los que se montaron en el portaviones del zurdo de Sabaneta, el chavismo es un terreno electoral hoy en disputa. 4 millones de votos, o la mitad o un tercio de eso, es un sueño para cualquier organización política estadocéntrica. Por eso Marea Socialista, por citar la disidencia más conocida, no le habla a usted o a mí, sino a ese voto chavista descontento con la gestión de Nicolás Maduro, esperando capitalizarlo en algún momento.

Hasta el pasado 20 de octubre sostenía que cualquier proceso de transición debía incorporar a un sector del chavismo. Y si bien lo sigo pensando, mis expectativas al respecto han cambiado. Hasta ese jueves creía que una parcela del oficialismo, descontenta con la corrupción y el abuso de poder, plantearía públicamente su fidelidad al legado y, sin salir del gobierno, se identificaría como una facción nítidamente opuesta de las principales tribus rojas dominantes. Tras la suspensión de cualquier evento electoral hasta que el gobierno no pueda garantizarse resultados favorables, ante el apoyo activo o pasivo del universo rojo, la realidad me ha llevado a modificar mi posición: La gran mayoría de los chavismos se cohesionan ante la posibilidad de abandonar el poder. Y los disidentes, que los hay, son pocos. Y la mayoría ya los conocemos.

En este sentido el comportamiento de los chavismos endógenos es similar a la de sus pares internacionales. Aunque conocen el desvío, la corrupción, represión a la disidencia y la comisión de delitos de toda índole, lejos de criticar a viva voz han optado por el silencio. Las excepciones, que existen, son la confirmación de la regla. El sectarismo revolucionario no conoce de rectificaciones ni reconocimientos de no tener toda la verdad de su lado, pues hacerlo representa la implosión de todo el dogma. El madurismo, el chavismo burocratizado realmente existente, morirá con las botas puestas. Los chavistas originarios, quienes tuvieron expectativas con todo lo que significó el Socialismo del Siglo XXI, llevarán su procesión por dentro, de manera privada. Si bien no están conformes con la degradación del proyecto, siempre será mucho más fuerte su aversión a todo aquello que no se parece a ellos, que los medios estatales califican como “ultraderecha”.

Romper las falsas certezas de la prisión ideológica no es una tarea sencilla. La religión sabe que los seres humanos necesitamos esquemas simples para entender el mundo, ritos, supersticiones, una fe a la cual aferrarnos. Queda por ver si el postchavismo traerá la mayoría de edad política. No sólo para los bolivarianos, por cierto. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)

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