Trump y Chávez como síntomas

Rafael Uzcátegui

En Venezuela se califica como “antipolítica” a quienes han señalado, desde diferentes ángulos, el agotamiento de los partidos políticos en el país. Los críticos de esta “antipolítica” señalaban a la institucionalidad democrática estadounidense como ejemplo del deber ser del estado de derecho y la protección de los derechos individuales. Sin embargo, desde el arribo a la presidencia del país de Donald Trump, estas certezas han quedado sin asidero.

Que la política contemporánea esté siendo protagonizada por personajes ajenos a la política misma es un síntoma que, con diferentes expresiones, nos revela la presencia de una tendencia: la crisis de la modernidad.

La Revolución Industrial inauguró el reinado del pensamiento científico en todo el mundo. Atrás quedaba un orden de las cosas delineado por el pensamiento religioso. La racionalidad administrativa estimuló la creación de los Estados-nación como modelo de dominación territorial. La Biblia, el texto que explicaba el pasado, y profetizaba el futuro, fue sustituido por los escritos fundacionales de las diferentes ideologías, ese universo conceptual coherente en sí mismo, que si era aplicado a la vida de hombres, mujeres y niños aseguraría la felicidad humana. De manera similar a la religión, cada una de las ideologías fue promovida por una iglesia diferente, los partidos políticos, en la búsqueda de una feligresía en cantidad tal que les permitiera imponer hegemónicamente el credo.

Sin embargo, ni la ciencia ni las ideologías cumplieron sus promesas. Incluso crearon monstruos más perversos que los que decían combatir. Los campos de concentración nazis, los gulags soviéticos y la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki inauguraron la necesidad de superar los límites de la modernidad, una época calificada como posmoderna.

El eclipse de las ideologías es el reconocimiento de las limitaciones y finitud del pensamiento de los seres humanos, en un mundo en permanente cambio. Al descubrirse las ideologías como explicaciones imperfectas de la realidad, también sus portavoces, los partidos políticos, dejaron de tener el protagonismo de antaño. Es por eso que la era de los grandes programas de los partidos políticos ha quedado atrás. Nos guste o no, como la generación del 28 no habrá nunca más.

Hay un vínculo entre Hugo Chávez y Donald Trump, mucho más profundo que los lugares comunes. Y no estamos sugiriendo que los partidos políticos en ambos países desaparecerán, sino que como organizaciones doctrinarias han perdido centralidad como motores de cambio. Lo que algunos califican como “antipolítica” es el signo de nuestros tiempos: La política, en mayúsculas, está siendo protagonizada cada día más por actores no tradicionales. @fanzinero   (Publicado en Tal Cual)

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