La deriva dictatorial de la revolución bolivariana

Rafael Uzcátegui

La misma semana en que la Organización de los Estados Americanos (OEA) discutió un informe sobre la situación de Venezuela, el Tribunal Supremo de Justicia venezolano emitió, con pocas horas de diferencia, dos sentencias aboliendo de facto la Asamblea Nacional de esa nación.

Casi al mediodía del 30 de marzo el presidente del Poder Legislativo, el diputado Julio Borges, calificó la decisión como un golpe de Estado: “Esto es una dictadura y el mundo nos tiene que ayudar a los venezolanos a prender todas las alarmas”, afirmó. El viernes, la fiscal general Luisa Ortega Díaz, durante muchos años aliada del gobierno, dijo que las sentencias representaban violaciones a la constitución que constituían una “ruptura del hilo constitucional”.

En apenas 30 días el deterioro del escenario venezolano ha alcanzado una velocidad de vértigo. En el último trimestre de 2016 se realizaron inmensas movilizaciones en varias ciudades para apoyar un referendo revocatorio contra el presidente Nicolás Maduro, pero el gobierno utilizó ardides jurídicos para impedir su realización. El pesimismo y la desilusión de los venezolanos se generalizó cuando el gobierno llamó a un diálogo con la mediación del Vaticano. El gobierno no cumplió ninguno de los acuerdos y la población volvió a sus casas, mientras la crisis de alimentos y medicinas se profundizaba.

Los sectores “progresistas”, tanto del continente como del mundo, que hasta ahora se han mantenido en silencio —cómplice en algunos casos, ignorante en la mayoría— ante la destrucción de Venezuela ha permitido, para decirlo en términos tradicionales, que la narrativa sobre la deriva de la revolución bolivariana haya sido monopolizada “por la derecha”.

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