Los muertos del hambre

Rafael Uzcategui

Al momento de escribir esta columna, Provea tiene en su base de datos 20 casos, con nombre y apellido, de personas que han fallecido por ingerir yuca amarga. Según la investigadora Susana Raffalli estas muertes esconden tres dramas. El primero es que, debido al hambre, a pesar de conocer el riesgo las personas no procesan bien la yuca para sacarles el veneno. El segundo drama es que la yuca dulce, usualmente la que llevamos a la mesa, también tiene cianuro pero en menos cantidad. Pero, si se cosecha antes de tiempo, “verde” por la desesperación ante el apetito, también puede ser letal. El tercer drama es que sea el que sea el nivel de cianuro, de cualquier de los dos tipos de yuca, la letalidad aumenta por mil en personas desnutridas, especialmente por desnutrición proteica.

Nada simboliza más la grave situación que padecemos en Venezuela que, para no hablar solamente de los fallecidos, las decenas de casos de personas envenenadas por comer esta variedad del tubérculo. La cadena de malas noticias han terminado por hacernos indiferentes ante las situaciones concretas. De la veintena de casos quiero recordar el de Kevin Lara Lugo, el adolescente que falleció el día de su cumpleaños número 16, una muerte que por sus características ocupó las páginas del New York Times en diciembre del 2016.

La madre y el padrastro de Kevin habían quedado sin trabajo, debido a la falta de materias primas en cada una de las empresas en las que laboraban. Tras acabarse la temporada de mangos, su único alimento en medio de la crisis, la situación de la familia comenzó a ser desesperada. Para el natalicio habían pedido a un vecino, que celebraría por esos días su nacimiento, una rebanada del pastel. Sin embargo, el día antes, como relató su madre, los Lara tenían tres días sin comer. Caminaron 45 minutos hasta un campo abandonado donde les habían dicho que había yuca amarga. Al salir con lo cosechado, fueron abordados por cuatro hombres armados que les robaron sus celulares. También volvieron a casa caminando.

Conocían los riesgos pero cocinaron la yuca para comerla, no lo suficiente como apunta Raffalli. A las horas la familia enfermó.  Como no contaban con auto propio, esperaron una hora hasta que un vecino pudo llevar a Kevin a un centro asistencial. Allí comenzó la segunda parte de la novela de horror: La falta de insumos hospitalarios y la ausencia de médicos para tratar a los pacientes. Tras horas sin atención, les pidieron comprar solución intravenosa, y como no tenían el dinero tuvieron que esperar hasta que otro paciente se las donara alguna. A las 4.45 de la madrugada de su cumpleaños, Kevin había perdido sus signos vitales. @fanzinero (Publicado por Tal Cual)

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