Venezuela: De la protesta a la indignación no violenta

Rafael Uzcátegui

Durante el mes de abril Venezuela experimentó otro ciclo de protestas en el que, a pesar de las continuidades con respectos a ciclos de movilización anteriores, reflejaba importantes novedades. Para efectos analíticos vamos a contrastar lo que sucedió recientemente con lo que pasó en el año 2014. Para ello utilizaremos las categorías del sociólogo español Manuel Castells, para ubicar ambas dentro del tipo de acciones colectivas que se han venido desarrollando en diferentes partes del mundo en los últimos años.

Indignación y esperanza en red

Tras la publicación de su trilogía “La Era de la Información” (Siglo Veintiuno Editores, 1999), el científico social catalán Manuel Castells fue calificado como el Max Weber de nuestro tiempo. La obra analizaba los cambios en la economía, sociedad y cultura en el mundo tras la caída de la Unión Soviética, la expansión del capitalismo globalizado y la masificación de las tecnologías digitales de comunicación. Luego, enfocó su interés en el desarrollo e impacto de internet en las relaciones y comunicaciones entre las personas y, especialmente, en sus maneras de organizarse. De este esfuerzo de comprensión apareció “Comunicación y poder” (Alianza Editorial, 2009) y “Redes de indignación y esperanza” (Alianza Editorial, 2012). En este último texto analizaba movimientos como Occupy Wall Street, los indignados españoles o la Primavera Árabe, haciendo un inventario de sus características comunes:

Otra notable diferencia es el contexto en el que se realizan. En 2017 tenemos un gobierno que, tras sustituir la Carta Magna, erosionar la Asamblea Nacional y suspender indefinidamente el derecho a la participación electoral, se transformó en una dictadura.

1) Están conectados en red de numerosas formas: El uso de Internet y las redes de comunicación móvil es fundamental, incluye redes sociales online y offline, así como redes sociales ya existentes y otras formadas durante las acciones del movimiento.

2) Comienzan en las redes sociales, pero se convierten en movimiento al ocupar el espacio urbano, ya sea mediante la vigilia permanente de plazas públicas o por las manifestaciones continuadas.

3) Son locales y globales a la vez: Empiezan en determinados contextos, por sus propias razones, pero también son globales porque están conectados con todo el mundo, aprenden de las experiencias de los demás y se inspiran en ellas para movilizarse.

4) Son espontáneos en su origen, desencadenados por una chispa de indignación relacionada con un acontecimiento concreto o bien porque han llegado al límite de repugnancia ante el comportamiento de los gobernantes.

5) Son virales siguiendo la lógica de las redes de Internet. Esto no es sólo por el carácter viral de la difusión de los propios mensajes, sino por el “efecto contagio”: Ver y oír las protestas en otros sitios, incluso en contextos distantes y culturas diferentes, inspira la movilización porque dispara la esperanza en la posibilidad de un cambio.

6) La transición de la indignación a la esperanza se consigue mediante la deliberación en el espacio de la autonomía. La toma de decisiones se produce en asambleas y comisiones. De hecho, suelen ser movimientos sin líderes. No por falta de candidatos, sino por la desconfianza de la mayoría de los participantes hacia cualquier forma de delegación de poder.

7) Las redes horizontales multimodales dan lugar a la “unidad”. La unidad no es comunidad porque ella supone un conjunto de valores comunes, y éste es un trabajo que todavía se está haciendo en el movimiento, ya que la mayoría de la gente llega a él con sus propias motivaciones y objetivos, dispuesta a descubrir posibles puntos en común en la práctica del movimiento.

8) Son altamente autorreflexivos: Se interrogan constantemente sobre sí mismos como movimientos y como individuos sobre quiénes son, qué quieren, qué tratan de conseguir, a qué tipo de democracia y sociedad aspiran y cómo evitar las trampas y dificultades de tantos movimientos que han fracasado.

9) Estos movimientos son raramente programáticos.

2014, el año de la protesta descentralizada

No se había cumplido un año del arribo al poder de Nicolás Maduro cuando era evidente que su gestión no contaba con dos propiedades que sí tuvo Hugo Chávez. En primer término, una frágil legitimidad, a lo interno del universo bolivariano debido a la ausencia de autoridad sobre todos sus componentes. A lo externo a causa del escaso margen de diferencia, apenas el 1.7%, con el que había ganado la primera magistratura y que lo obligaba, según el sentido común, a promover un gobierno de entendimiento. Al apelar al estilo confrontacional y sectario que había dado dividendos políticos a Hugo Chávez, Maduro erosionó su débil legitimidad de origen, estimulando así la conflictividad.

La segunda dimensión ausente en Maduro era la abundancia de que caracterizó la gestión del “zurdo de Sabaneta”. Según datos del BCV al cierre del 2013 la inflación anual era de 51,5%, remontando 12 meses después a 68,5%. El retroceso de los precios del petróleo ocasionó no sólo el estancamiento de las “misiones”, sino también la desinversión en las empresas estatales, ocasionando importantes fallas en los servicios de electricidad, gas doméstico y agua en las ciudades del interior. Por otra parte, el desmantelamiento de las redes de distribución como PDVAL y MERCAL, así como la disminución de la cantidad de alimentos comprados a otros países, paradójica base de la política de “seguridad alimentaria” del Estado, provocó la aparición de los primeros síntomas de escasez y desabastecimiento de productos de la canasta básica del venezolano. Al privilegiar el abastecimiento y los servicios para Caracas las colas, apagones, fallas de agua y de bombonas de gas eran la cotidianidad para el resto del país.

Por tanto, la depauperización de la vida cotidiana en las ciudades del interior generó que el movimiento de protesta del año 2014 se generara de las márgenes al centro y que después del 12 de febrero las movilizaciones fuera de la capital fueran tan importantes como las que ocurrían en Caracas. Esto era novedad para un país de tradición centralista y presidencialista. El detonante, la chispa de indignación relacionada con un acontecimiento concreto: el asesinato de la actriz Mónica Spears. Las primeras protestas en San Cristóbal, comienzos de febrero, denunciaban el intento de violación de una estudiante universitaria.

De las 9 características de Castells las protestas del 2014 cumplen 8: Comenzaron en redes sociales y realizaron manifestaciones continuadas, conectadas en redes de numerosas formas. Eran locales y globales a la vez, pues los manifestantes replicaban las estrategias de otras latitudes, y luego lo que pasaba en otras ciudades, siguiendo la lógica viral de redes. Aunque se acusó a los partidos políticos de “La Salida”, lo cierto es que la represión a las primeras protestas generó una espiral de indignación, al cual se incorporaron las organizaciones partidistas más movimientistas. La gente se encontró en la calle por una diversidad de razones, en una “unidad” de acción que no era programática ni fruto de un acuerdo ideológico. También fue un movimiento sin líderes, donde había desconfianza hacia la representación política tradicional.

La característica que no se cumplió fue la auto-reflexividad, debido al vértigo de los acontecimientos, a pesar que se realizaron asambleas de ciudadanos, sin reflexionar “las trampas y dificultades”, que fueron usadas por el gobierno para desgastarlo y criminalizarlo.

2017: De la indignación a la rabia popular

En el 2014 las denominadas “guarimbas”, según los datos recopilados por las ONG, no fue la estrategia mayoritaria de los manifestantes, pero sí la que obtuvo más centimetraje de prensa. La “guarimba”, una estrategia potencialmente confrontativa en territorios considerados como seguros por los manifestantes -similar a la usada por los “encapuchados” en la década de los 80´s y 90´s en universidades públicas- fue parte de las 21 estrategias de protesta, una diversidad que buscaba expresar insatisfacción con la gestión de gobierno. Tres años después, los dos principales mecanismos usados, la marcha y la concentración, deseaban reflejar otro valor: la cantidad. La razón era simple: La internalización de la indignación, tras los resultados de las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre, de ser mayoritaria.

Otra notable diferencia es el contexto en el que se realizan. En 2017 tenemos un gobierno que, tras sustituir la Carta Magna, erosionar la Asamblea Nacional y suspender indefinidamente el derecho a la participación electoral, se transformó en una dictadura. La crisis económica no solamente llegó a Caracas, sino que se profundizó dramáticamente. La conocida como “dieta de Maduro” generó un movimiento de protesta policlasista, mientras que en el 2014 era parcial, y sólo en algunos estados con incorporación de sectores populares. Si bien se mantenía la movilización en todos los estados del país, tanto en ciudades como en algunos pueblos, Caracas recobraba el protagonismo mediático de las jornadas. En la capital las expresiones de descontento, incluyendo marchas, ocurrieron en el municipio Libertador y el oeste de la ciudad, desterritorializando la polarización impuesta durante muchos años.

En esta oportunidad ocurre una mayor auto-reflexividad, generada por el aprendizaje acumulado. Como afirmó la Fiscal, la mayoría de las protestas se mantuvieron dentro de la no violencia, algo que también se podía indicar para el 2014. El reconocimiento -de una institución que tres años antes repetía la narrativa oficial- provenía por el tipo de imágenes generadas y difundidas por las multitudes. Si el “guarimbero” había sido el símbolo de aquellos días, más recientemente el desnudo y la señora mayor frente a las tanquetas fueron los íconos que dieron la vuelta al mundo. Las movilizaciones intentaban forzar al gobierno a definir un cronograma electoral, porque los manifestantes estaban seguros de contar con la mayoría de los sufragios.

En el 2014 las manifestaciones contaron con una cobertura parcial de los medios de información, siendo el tuit con imágenes el mecanismo privilegiado para divulgar por internet. En el 2017 la hegemonía comunicacional invisibilizaba las protestas, por lo que el uso de redes sociales es mucho más intenso: A Twitter se sumaban transmisiones por Periscope, videos y mensajes de voz por Whatsapp.

La ofensiva contra el Parlamento logró que los diputados aprovecharan la oportunidad para recomponer su relación con sus bases de apoyo, participando en las protestas y sufriendo como el resto las consecuencias de la represión. Sin embargo, por nuestra experiencia en las movilizaciones, la relación es dialéctica y no unidireccional. Los asambleístas eran obligados por la indignación popular a mantenerse en la calle, y cuando este texto se cerraba, improvisando convocatorias para no ser desbordados por el descontento, que a pesar de las amenazas gubernamentales no cesaba su deseo de permanecer movilizado. (Publicado en la revista SIC)

 

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