La pesadilla

Rafael Uzcátegui

Iván de la Vega, profesor de la Universidad Simón Bolívar de Colombia, realizó una investigación en la que determinó que en las últimas dos décadas, que coinciden con el despliegue de la caraqueña revolución bolivariana, 900.000 venezolanos -incluyendo los que tienen doble nacionalidad- se han instalado en las tierras de Santander. El ritmo de la migración, tímido al comienzo pero acelerado en los meses que van del 2017, ha hecho que para el presidente Juan Manuel Santos Venezuela se haya convertido en su “peor pesadilla”. Y es que el titular de la Casa de Nariño tiene algo claro: Si por la artimaña que sea Maduro es electo para 6 años más, el chavismo habrá cumplido quizás la única de sus profecías: Haberse transformado en río crecido… de personas cruzando el puente internacional sobre el rio Arauca.

Sin embargo esta sangría no tiene ningún costo para Miraflores. Los expatriados son tratados en las embajadas venezolanas por el mundo, literalmente, como enemigos. No existe ninguna política pública para informar a los connacionales de sus derechos al brincar la frontera. Y hasta el Defensor Constituyente se da el lujo de afirmar, sin ningún tipo de contestación, que son más los venezolanos que entran en relación a los que salen. La crisis instalada entre nosotros, agravándose mientras escribo este texto, ha viralizado el imaginario que sólo hace falta dejar atrás Maiquetía, San Antonio, Santa Elena de Uairén o Paraguaipoa para que todo, mágicamente, comience a resolverse. Sin embargo, la realidad no es única porque la migración venezolana son muchos mundos, tanto así que comienzan a clasificarse en oleadas. La primera de ellas el éxodo empresarial y de clase acomodada. Seguidamente la de clase media, que vendió carro y apartamento para apostarle a un presente mejor. Luego los migrantes populares, que llegan a los terminales de otros países con 200 dólares en la cartera y el ánimo de trabajar en cualquier cosa. Finalmente, se dice, la última marejada son los perseguidos políticos, que en Bogotá se hicieron conocidos por la llegada de Luisa Ortega Díaz y Antonio Ledezma.
Lo cierto es que los venezolanos, por ahora sin dolientes endógenos, se esparcen por toda la región, haciendo lo que pueden para sobrevivir y sufriendo, como todas las olas migratorias, de quienes ven en el tráfico de personas una oportunidad para la extorsión. Si usted piensa que es un drama que un ingeniero de sistemas o una profesora de física limpien y sirvan mesas en una cafetería, le cuento que hay muchísimo horror que desconoce: El de 8 paisanos viviendo en un cuarto por meses, vendiendo chicles en el Transmilenio o esclavos sexuales de pranes que les prometieron casa y trabajo, y que deben prostituirse para pagar los supuestos gastos de traslado e instalación. La migración venezolana, que no es más ni menos que ninguna otra, sufrirá en carne propia los rigores del destierro y la xenofobia.

Todos conocemos alguien que se ha ido. La nostalgia debe dar paso a la indignación, pues si no hay cambios entre nosotros los que partirán serán mucho más. Una noche extendida con su correspondiente pesadilla. @fanzinero (Publicado en Tal Cual)

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