¿Qué podemos esperar del 10 de enero?

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Rafael Uzcátegui

Se acerca el día de la proclamación de Nicolás Maduro para un segundo período presidencial de 6 años. El 10 de enero, por tanto, se ha ido cargando de expectativas y temores, en medio de una persistente ola de rumores y litros de frustración irrigados a través de las redes sociales.

El pensamiento mágico ha visto en la fecha un nuevo hito para la posibilidad de emergencia de acontecimientos sobrevenidos. Los más febriles esperan que una intervención armada internacional impida el juramento, seguramente, ante la Asamblea Nacional Constituyente. Otros, que sea un golpe de Estado, clásico o a “la venezolana” –telefonazos a ver cuántos cuarteles están a favor y cuántos en contra- el que deje a Maduro con las ganas. Me podré equivocar, pero doy muy pocas posibilidades, poquísimas, a cualquiera de las dos.

Otros menos extremistas aspiran a que la Asamblea Nacional sin adjetivos desconozca la proclamación y anuncie la conformación de un gobierno paralelo, encabezado por el presidente del hemiciclo, generando con ello una reacción en cadena tanto dentro como fuera del país. Si esto no quiere quedar en los contornos de lo simbólico, como han sugerido otros antes que yo, el gesto de la Asamblea Nacional, legítima y sin apellidos, debería contar con el respaldo abierto de un sector de las Fuerzas Armadas, que con la amenaza del uso de la fuerza garantice que los diputados opositores continúen dentro del país y al tren ejecutivo del PSUV fuera del poder. Podré errar la puntería, pero tampoco veo la viabilidad y sensatez en esta dirección. Y básicamente porque no creo, a estas alturas, que existan sectores medios y altos de las Fuerzas Armadas honestos –lo que equivale a no corrompidos por los amplios y diversos negocios, posibles a la sombra del chavismo- comprometidos con la democracia. La depuración y prebendas de la cosecha del samán de güere han comprado demasiadas lealtades. Por otro lado, lo que es un secreto a voces, no existe ahora mismo ningún tipo de consenso entre los liderazgos partidistas opositores.

Un tercer tolete espera que Nicolás Maduro se juramente a sí mismo el 10 de enero, pero que la suma de los supuestos descontentos a lo interno del chavismo y las Fuerzas Armadas, la agudización de la crisis económica y la presión internacional hagan tan inviable el segundo mandato que el sismo de ingobernabilidad promueva su salida de Miraflores a corto plazo. Tampoco me cuento entre estos entusiastas. Desde el 2013 un sector del liderazgo opositor ha venido apostando a la implosión del gobierno, esperando que los mangos maduros, literalmente, caigan solitos del árbol, con ellos como actores del recambio. Este grupo, cercano a las maneras de hacer política que precisamente trajeron en hombros al bolivarianismo a la escena política nacional, son los mismos que trabajaron meticulosamente por la desmovilización de la gente durante los años 2014 y 2017. Un grupo de esta feligresía son los que han promovido la estrategia de “votar como sea”, pensando que el tsunami ocurra con ellos con el aparato electoral armado para postularse en mejores condiciones para las primeras elecciones postchavistas. Ciertos analistas ven señales esperanzadoras en el presunto malestar existente dentro de corrientes “renovadoras” del psuvismo, mientras que otros apuestan al pragmatismo de las Fuerzas Armadas, en su oportunidad de comprar impunidad para el hipotético día después en que la Corte Penal Internacional anuncie la apertura de su caso sobre Venezuela. Lo siento, soy escéptico.

Lo que sí creo es que Nicolás Maduro se va a juramentar el 10 de enero de 2019 y que lo más visible que veremos por esos días será a una serie de países haciendo acotaciones sobre la naturaleza democrática de su segundo período, cosa que en el lenguaje diplomático tiene demasiados matices. Algunos países podrán desconocer su investidura y retirar a sus embajadores de Caracas, pero como nos recuerda la experiencia cubana, los autócratas pueden mantenerse donde están durante muchos años aislados de la comunidad internacional, mezclando la victimización y la retórica épica antiimperialista, especialmente en un mundo cada vez más globalizado y multipolar.

La eficacia de cualquiera de las variables anteriores tiene como condición de ocurrencia la existencia de un sector antagonista cohesionado, con liderazgos legítimos y reconocidos, con capacidad de convocatoria en amplios sectores de la sociedad en su reclamo por el regreso de la democracia. Maduro podrá ser un gobierno todo lo débil que usted quiera, pero sin contrincantes en el campo seguirá, por lo menos por un tiempo, jugando solo en la cancha. La debilidad de los otros, incluya usted los sectores que desee, me hace pensar que la posible salida no será a corto plazo. La reconstrucción de los liderazgos políticos y sociales, sin los cuales cualquier tipo de cambio parece lejano, necesita tiempo. Sin presión popular en la calle, con un proyecto de país mínimamente compartido y una estrategia aceptada por varios, no hay transformación posible. Y eso no existe para el 10 de enero del 2019.

La crisis es un negocio rentable, y no sólo para oficialistas. El país ha venido amoldándose a funcionar bajo una economía de remesas y, como ha demostrado Miraflores, aún existe suficiente capacidad de maniobra para continuar comprando tiempo. A pesar de los 10 millones porcentuales de inflación, no veo colapso ni default a corto plazo. Todo lo contrario, mayor estatización de la vida cotidiana para cada vez mayores sectores de la población.

Como los rusos también juegan, es predecible que el gobierno utilice cualquiera de las reacciones al 10 de enero a su favor, para establecer mayores controles y mecanismos de neutralización de la disidencia y de la contraloría internacional independiente. Como bien lo refleja la situación nicaragüense, quienes han callado hasta ahora por los desmanes lo seguirán haciendo. La única obra visible de la gestión de gobierno de Nicolás Maduro es haber finalizado su primer período. Ese día tendremos imágenes que serán usadas reiteradamente por el sistema nacional público de medios para aumentar la desazón de la contestación democrática.

El 10 de enero nos obliga a comenzar un proceso de resistencia a largo plazo, que pasa por la reconstrucción del “nosotros”, paralelo a la transformación de “ellos”. Esto, que suena terrible, tiene su lado positivo. El chavismo, o su versión madurista, ha dejado desde hace tiempo de ser un movimiento social que enarbola una promesa de futuro. Esa posibilidad, esa esperanza, la somos nosotros. El segundo período de Nicolás Maduro ha dejado, por fin, desnudo al rey, mostrándolo como siempre fue: La vocación de poder por el poder mismo.