Venezuela: Cuando la izquierda dejó la cancha sola y libre para el imperialismo

Rafael Uzcátegui

Hasta el mes de octubre de 2016 era válida una interpretación del conflicto venezolano como una disputa entre dos burguesías por imponer su modelo de dominación. En ese momento hubo una transformación estructural de la disputa, cuando el gobierno de Nicolás Maduro decidió convertirse en una dictadura. La democracia, con todas y sus limitaciones, era el terreno de juego donde todas las fuerzas políticas y sociales podían impulsar una transformación, teniendo como herramientas esas libertades democráticas que, como sabemos, costaron mucha sangre, sudor y lágrimas alcanzarlas. Si la policía asesinaba a un compañero, podíamos denunciarlo ejerciendo la libertad de prensa y expresión y tener la expectativa que los asesinos algún día serían castigados precisamente por esa justicia formal, con todos los adjetivos que deseemos acompañarla. En dictadura sencillamente había que abandonar esas ilusiones y prepararnos o para la resistencia o para la dominación.

Desde ese día hicimos muchas cosas para alertar, adentro y afuera, la gravedad de lo que estaba pasando. En el 2017 fuimos parte de la multitud que en toda Venezuela se movilizó por un cambio, pagando un precio muy alto por ello, en muertos, heridos y exiliados sociales. No fue sino hasta que los miles de venezolanos migrantes llegaron a los países de la región que algunas organizaciones comenzaron a escuchar lo que denunciábamos. Durante mucho tiempo, pero especialmente bajo la dictadura de Maduro, las fuerzas y grupos internacionales de izquierda, salvo excepciones, nos dejaron solos, le dieron la espalda al creciente rugir del pueblo venezolano, hoy una absoluta mayoría, por una transformación del estado de las cosas. En este camino muchos de los jóvenes que protestaban en la calle no podían encontrar referentes en las izquierdas, muchas de ellas por ser cómplices es su silencio, otras abiertamente apoyando, hasta última hora, al autoritarismo y la coerción por hambre y humillación.

Luego de la muerte de Chávez y hasta enero de 2019, para muchos de los progresismos Venezuela se convirtió en un tema incómodo, políticamente incorrecto en su deriva totalitaria. Se dejó de hablar sobre la revolución bolivariana porque era mejor pasar la página. Ahora muchos de los que callaron, conscientemente, ahora denuncian el protagonismo “de las derechas” y del “imperialismo” en la resolución del drama en nuestro país. Los mismos que dejaron la cancha sola, que nunca tuvieron la intención de salir de la camisa de fuerza de las ideologías para escuchar el sufrimiento de las personas de carne y hueso y tener una respuesta a ello.
Hoy, cuando las muchedumbres están desesperadas por un cambio de rumbo, que los saque de la agobiante miseria que padecen y que los obliga a irse, literalmente, caminando sobre la frontera, el liderazgo lo ha asumido la presidencia de la Asamblea Nacional, que guste o no, fue votada por 14 millones de personas. Quien contiene al autoritarismo desbocado del madurismo no es ninguna coalición de fuerzas izquierdistas, sino los países del mundo que por sus propias razones han decidido darle fecha de caducidad al bolivarianismo en el poder. Esta cartografía del conflicto la definió, para volverlo a reiterar, la inacción de las izquierdas y progresismos del mundo, que razonaron y actuaron dejando a su suerte al pueblo venezolano.

No es lo mismo la democracia, imperfecta todo lo que se argumente, a la dictadura. No me cabe en la cabeza ningún activista que, en la España de los cincuentas, hubiera balbuceado siquiera la consigna “Ni Dictadura ni Transición”. O pongámoslo más cerquita, en el Perú de los 90´s, “Ni Fujimori Ni Toledo”. A este despropósito es el que nos convocan, algunos, el día de hoy.

Se puede ser todo lo anti Trump que se desee y, a su vez, estar en contra de todo lo que representa Nicolás Maduro. Yo mismo lo soy. Lo intolerable es asumir una posición que se niegue a incidir en los acontecimientos. Cualquier contención la podemos construir con las multitudes en movimiento. Pero para eso hay que estar en la calle junto a ellas. No invitándolas a la pasividad y la desmovilización.

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