Holocausto moderno

Rafael Uzcátegui

Hemos comenzado el año 2017 con varias malas noticias. Una de ellas ha sido el fallecimiento de Zygmunt Bauman sociólogo, filósofo y ensayista polaco de origen judío, que continuaba la tradición de intentar por sí mismo dentro de una globalidad cada vez más presa de las apariencias, “donde la única certeza es la incertidumbre”. En países donde las novedades del pensamiento habitan sus estanterías, Bauman se había convertido en un sociólogo de moda tras sus disertaciones sobre la “modernidad líquida”. No obstante, yo me quedaría con uno texto más antiguo, “Modernidad y Holocausto” (1989), que desde las ciencias sociales -en sintonía con los aportes de Hannah Arendt- es una de las explicaciones más interesantes sobre los crímenes del nacional-socialismo.

Bauman da cuenta del fracaso metodológico de sus colegas en explicar adecuadamente las razones que hicieron posible aniquilar en masa a millones de seres humanos en los campos de concentración bajo la Alemania Nazi. E incluso reprocha que luego de este horror se continuara especulando sobre teoría social como si nada hubiera pasado. Zygmunt apunta que el sacrificio nazi es un producto legítimo de la modernidad, y que aquellos actos fueron realizados o permitidos por personas como usted o como yo. “No pretendo decir (…) que la burocracia moderna produce necesariamente fenómenos parecidos al Holocausto. Lo que quiero decir es que las normas de la racionalidad instrumental están incapacitadas para evitar estos fenómenos”.

¿Cómo fue que alemanes corrientes se convirtieron en asesinos en masa? La respuesta es perturbadora. Según el autor cuando se cumplen tres condiciones: 1) Cuando la violencia -simbólica o física- está autorizada; 2) Cuando las acciones se encuentran dentro de una rutina, con normas de gestión y delimitación de funciones y 3) Cuando las potenciales víctimas han sido deshumanizadas. La comparación del bolivarianismo con el nacionalsocialismo siempre ha sido un despropósito, pero las tres circunstancias se encuentran entre nosotros, los venezolanos de comienzos del siglo XXI. De hecho el chavismo, incluso en su mediocre versión madurista, reitera que los delirios ideológicos también recuerdan los límites vetustos del pensamiento moderno.

Nos queda de Bauman los desafíos del pensamiento propio. También la necesidad de una nueva ética, que supere miopías conservadoras y revolucionarias, “distinta a las morales que conocemos, una ética capaz de ir más allá de los obstáculos socialmente levantados de la acción mediada y de la reducción funcional del ser humano”.  @fanzinero

Bauman y el imaginario rojo rojito

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Rafael Uzcátegui
El 22 de junio de 2013 el polaco Zygmunt Bauman tuvo una intervención en el evento que conmemoraba los 150 años de la carta fundacional del proyecto socialdemócrata alemán. En su ponencia, el sociólogo y filósofo versó sobre el triunfo de lo que calificó como el “imaginario burgués” –refiriéndose al termino desarrollado por Deleuze y Castoriadis- sobre las propuestas ubicadas a su izquierda. Leyendo los valores que afirma son propios de este esquema de pensamiento, uno podría utilizarlos para referirse a lo que hoy pasa en Venezuela.

Bauman establece tres supuestos como propios del “imaginario burgués”: El primero es el desarrollismo, el aumento de la producción en términos de Producto Interno Bruto, como precondición del desarrollo “moderno”. El propio Chávez resumió su propuesta como “socialismo petrolero”, donde aumentando la extracción de recursos energéticos tendría los recursos necesarios para encaminar el país a un estadio paradisíaco. De esta manera, en sintonía con la globalización económica, Venezuela se ha convertido en una maquila energética para el mercado mundial. Un segundo supuesto es que la felicidad humana consiste en ir de compras y que gozo es sinónimo de mayor consumo. El aparato de propaganda estatal, como recordaremos, ha afirmado que la dicha del venezolano era equivalente al aumento de su capacidad adquisitiva, incluso –como expresan los avisos en el Metro de Caracas- que los niños han crecido más gracias a ello. “Lo único que nos da placer son las compras” dice Bauman; “hay colas porque la gente en revolución tiene más dinero” expresa un creativo funcionario de la nomenclatura endógena.
El tercer supuesto planteado por el polaco es la “meritocracia”: Estar excluido no tendría nada que ver con los contextos, sino con la indolencia y negligencia de quienes “escogen” mantenerse en un plano subalterno. La meritocracia bolivariana tiene que ver con la fidelidad política y el acriticismo: Si usted es suficientemente “leal”, tendrá los puntos necesarios para escalar en la pirámide burocrática oficial. Que se haya desarrollado una masiva política de discriminación por razones políticas es una pataleta de “liberales”.

Sin embargo para Zygmunt Bauman lo que califica como “ideología del sentido común burgués” está en crisis en todo el mundo. No es posible el aumento infinito de la producción sin asumir los costos ecológicos, no es deseable igualar los niveles de consumo de los países más prósperos y las meritocracias, de izquierda o derecha, no han cumplido sus propias promesas. Pensando en venezolano, la propuesta bolivariana siempre fue más pasado que futuro. Nos toca asumir los retos del devenir, reflexionando apasionadamente sobre los errores cometidos, para aprender de la experiencia reciente y superarlos. @fanzinero